Dramático relato de una noche cargada de tensión

José Valdez, ex delegado de la Dirección de Azúcar, da detalles del operativo militar. "Los ómnibus iban con las luces apagadas".

DESPLIEGUE. En ese mes de agosto, LA GACETA se ocupó de cubrir los hechos, como lo refleja la edición del 22. ARCHIVO LA GACETA
DESPLIEGUE. En ese mes de agosto, LA GACETA se ocupó de cubrir los hechos, como lo refleja la edición del 22. ARCHIVO LA GACETA
21 Agosto 2006
“En 1966 tuve la desgraciada oportunidad de estar en el centro de la aplicación de las decisiones que demolieron drásticamente el horizonte productivo de Tucumán, con el cierre de muchos de sus ingenios. La actividad en la provincia no sólo había alcanzado un gran desarrollo, hasta convertirse en la primera industria pesada del país del siglo XX, sino que, bajo una concepción nacional, había logrado un eficiente entramado de contención social en el que hasta sus actores más débiles podían acceder a una vida digna”. De esta forma comienza uno de los capítulos del libro “Soca Ochenta, raíces firmes y sentido nacional, de un tucumano en el país azucarero” (en prensa), de José Raquel Valdez, quien fue delegado regional de la Dirección Nacional de Azúcar y funcionario liquidador del ingenio Santa Ana, por la Caja Popular de Ahorros, hace cuatro décadas. Valdez envió a LA GACETA extractos del libro y su opinión sobre aquellos dramáticos momentos.
“Al atardecer del día anterior al de los cierres, Virgilio Pinali (el delegado que envió la Nación a la Dirección de Azúcar) y yo volvíamos de una visita a un par de fábricas. Me pidió ir a mi oficina para hablar por teléfono. Después salió y me dijo: ‘El decreto de intervención de los ingenios acaba de ser firmado’. Y enseguida me ordenó: ‘necesito ya 40 empleados’, relata Valdez . El experto cuenta que intentó explicarle al funcionario que era domingo y que iba a ser difícil juntar tanta gente. Pero -dice- la orden fue que los consiguiera como fuera. “Eran, por entonces, las 20 del 21 de agosto del 66. Nos llevó casi cuatro horas reunir a los empleados, buscándolos uno por uno en sus casas. Luego, acompañé a Pinali hasta el Comando del Ejército, en Laprida y avenida Sarmiento, a donde habíamos enviado a nuestra gente”, explicó. Allí, según Valdez, se le anticipó al jefe de la guarnición militar, general Delfor Otero, la intervención a los ingenios.
“En la explanada del Comando estaban listos para partir los ómnibus, uno o más por cada ingenio, con un despliegue militar prácticamente inédito en Tucumán. Después de las dos de la mañana del lunes 22, empezaron a salir. Todos iban con precisas instrucciones para lograr sus objetivos. El primer grupo que partió fue el que intervendría el Santa Ana. Los ómnibus salían del Comando por calle Laprida con las luces internas apagadas para que nadie supiese a quiénes llevaban adentro. Así, disimulados por la oscuridad, iban policías, gendarmes y uno o dos empleados de la Dirección de Azúcar en cada vehículo. Salvo en el ingenio Esperanza, el operativo casi no encontró oposición”, indicó.