10 Septiembre 2002 Seguir en 
Pocos argentinos están conscientes del significado, para el mundo entero, de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Lo ocurrido afecta material y moralmente a toda la Humanidad civilizada, por los motivos que siguen:
1) Dichos atentados fueron los más masivos, hasta el momento, de un fenómeno que asomó a principios de la década del 90: el megaterrorismo globalizado, de inspiración extremista islámica. Esta nueva forma de violencia ya había golpeado anteriormente. En 1992 y 1994 los ataques principales se produjeron en Buenos Aires, primero contra la Embajada de Israel y después contra una institución argentina, la AMIA. También en Moscú, a fines de 1999, se produjo una seguidilla de atentados emparentados con una red de redes del terror, de la que Al Qaeda es sólo parte.
2) Las diversas organizaciones terroristas que responden al panislamismo extremista están articuladas entre sí. Imad Mughniyeh, por ejemplo, ha sido simultáneamente lugarteniente de Osama Bin Laden en Al Qaeda y jefe de las operaciones de ultramar del Hezbollah, la fuerza terrorista chiíta cuyas células están en nuestra Triple Frontera. Además, el libanés Mughniyeh tiene pedido de captura por su presunta vinculación con el atentado de Buenos Aires de 1992. El flexible entrelazado de estas organizaciones les otorga una presencia global.
Obtención de armas
3) Esta red de redes del terror ya posee armas de destrucción masiva, por lo menos químicas y bacteriológicas. Debido a la ruptura en la cadena de mandos de la Federación Rusa (una consecuencia del colapso de la URSS), durante esa década agentes de Estados exportadores de terrorismo y de organizaciones delictivas recorrieron todo el territorio del ex imperio soviético para comprar las más letales armas y tecnologías. Militares hambrientos y científicos desempleados estaban dispuestos a vender, al mejor postor, materiales para fabricar armas nucleares, y metodologías y sustancias para armas químicas y bacteriológicas.
4) El caso de las armas bacteriológicas es quizá el más ilustrativo. Durante su apogeo, la Unión Soviética empleaba más de 70.000 científicos en programas descentralizados para su desarrollo y producción. "Biopreparat", uno de ellos, había desarrollado 52 agentes biológicos diferentes en 1992, y había armado misiles balísticos intercontinentales apuntados a EE.UU., con cabezas de peste bubónica, ántrax y viruela. Otro programa era el de Obolensk, cerca de Moscú. Entre 1990 y 1996 esta fábrica perdió al 54% de sus técnicos y científicos. Su paradero es desconocido. La mayoría trabajaría hoy para grupos terroristas.
Guerra necesaria
5) Si a este factor lo potenciamos con la metodología del suicidio asesino de raíz mística que caracteriza a estas organizaciones y que no se presta a la disuasión, tenemos un problema de dimensiones apocalípticas. Quien está dispuesto a la auto inmolación no puede ser parte de un "equilibrio del terror" producto de una "destrucción mutuamente asegurada", como lo fueron Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Un enemigo de estas características, dotado de armas de destrucción masiva en cantidad suficiente, puede destruir el mundo en aras de su impía guerra santa.
Cada mes, cada año, cada década que transcurren sin su eliminación aumenta las probabilidades de un holocausto humano. La guerra, por lo tanto, es necesaria, y lo es en el interés de toda la humanidad, no sólo de EE.UU.
Un país periférico como el nuestro poco puede contribuir a esta gesta. Lo menos que se nos puede pedir es no interponer obstáculos a quienes luchan por una causa, que es de todos y que también se libra en nuestro territorio. Es imperioso el máximo grado de cooperación. La propuesta del Gobierno actual, de dar inmunidad diplomática a las fuerzas norteamericanas que desarrollen maniobras militares en la Argentina, contribuye a sentar las bases de una alianza que no sólo puede ser útil sino que constituye una obligación moral.
1) Dichos atentados fueron los más masivos, hasta el momento, de un fenómeno que asomó a principios de la década del 90: el megaterrorismo globalizado, de inspiración extremista islámica. Esta nueva forma de violencia ya había golpeado anteriormente. En 1992 y 1994 los ataques principales se produjeron en Buenos Aires, primero contra la Embajada de Israel y después contra una institución argentina, la AMIA. También en Moscú, a fines de 1999, se produjo una seguidilla de atentados emparentados con una red de redes del terror, de la que Al Qaeda es sólo parte.
2) Las diversas organizaciones terroristas que responden al panislamismo extremista están articuladas entre sí. Imad Mughniyeh, por ejemplo, ha sido simultáneamente lugarteniente de Osama Bin Laden en Al Qaeda y jefe de las operaciones de ultramar del Hezbollah, la fuerza terrorista chiíta cuyas células están en nuestra Triple Frontera. Además, el libanés Mughniyeh tiene pedido de captura por su presunta vinculación con el atentado de Buenos Aires de 1992. El flexible entrelazado de estas organizaciones les otorga una presencia global.
Obtención de armas
3) Esta red de redes del terror ya posee armas de destrucción masiva, por lo menos químicas y bacteriológicas. Debido a la ruptura en la cadena de mandos de la Federación Rusa (una consecuencia del colapso de la URSS), durante esa década agentes de Estados exportadores de terrorismo y de organizaciones delictivas recorrieron todo el territorio del ex imperio soviético para comprar las más letales armas y tecnologías. Militares hambrientos y científicos desempleados estaban dispuestos a vender, al mejor postor, materiales para fabricar armas nucleares, y metodologías y sustancias para armas químicas y bacteriológicas.
4) El caso de las armas bacteriológicas es quizá el más ilustrativo. Durante su apogeo, la Unión Soviética empleaba más de 70.000 científicos en programas descentralizados para su desarrollo y producción. "Biopreparat", uno de ellos, había desarrollado 52 agentes biológicos diferentes en 1992, y había armado misiles balísticos intercontinentales apuntados a EE.UU., con cabezas de peste bubónica, ántrax y viruela. Otro programa era el de Obolensk, cerca de Moscú. Entre 1990 y 1996 esta fábrica perdió al 54% de sus técnicos y científicos. Su paradero es desconocido. La mayoría trabajaría hoy para grupos terroristas.
Guerra necesaria
5) Si a este factor lo potenciamos con la metodología del suicidio asesino de raíz mística que caracteriza a estas organizaciones y que no se presta a la disuasión, tenemos un problema de dimensiones apocalípticas. Quien está dispuesto a la auto inmolación no puede ser parte de un "equilibrio del terror" producto de una "destrucción mutuamente asegurada", como lo fueron Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Un enemigo de estas características, dotado de armas de destrucción masiva en cantidad suficiente, puede destruir el mundo en aras de su impía guerra santa.
Cada mes, cada año, cada década que transcurren sin su eliminación aumenta las probabilidades de un holocausto humano. La guerra, por lo tanto, es necesaria, y lo es en el interés de toda la humanidad, no sólo de EE.UU.
Un país periférico como el nuestro poco puede contribuir a esta gesta. Lo menos que se nos puede pedir es no interponer obstáculos a quienes luchan por una causa, que es de todos y que también se libra en nuestro territorio. Es imperioso el máximo grado de cooperación. La propuesta del Gobierno actual, de dar inmunidad diplomática a las fuerzas norteamericanas que desarrollen maniobras militares en la Argentina, contribuye a sentar las bases de una alianza que no sólo puede ser útil sino que constituye una obligación moral.







