15 Agosto 2006 Seguir en 
“Es mentira. Betty no conoce esa casa. No sé qué motivo tuvieron los vecinos para decir que la vieron allí con un hombre. Por ahí vieron a alguien parecido”. Con estas palabras refutó Julio Navarro, ex pareja de Angela Beatriz Argañaraz, la versión de que la maestra (desaparecida desde el 31 de julio) estuvo en la casa de fin de semana de El Cadillal que pertenece a Nélida Fernández y a Susana Acosta, únicas detenidas por el caso. La información fue confirmada a LA GACETA por vecinos de El Cadillal entrevistados el domingo.
“Ella no tenía relación con ningún hombre -enfatizó Navarro-. En eso nuestra relación es muy sincera, a pesar de que ya no somos pareja. Hace años la llamaba un conocido, pero ella no quería; le decía que no tenía ganas de salir”, aseguró.
Según Navarro, la docente era muy reticente a dejar su vivienda de El Manantial fuera de su horario de trabajo. “Los fines de semana estábamos en casa; eso lo pueden confirmar nuestros vecinos, que nos veían pasar juntos a hacer las compras”, enfatizó.
Ultimamente ni siquiera iban a visitar a amigos. “Antes, organizábamos algún asado en casa, o íbamos a cumpleaños. Pero en los últimos tiempos, ni siquiera eso. Las vacaciones de verano las pasamos acá. Queríamos irnos unos días a Tafí del Valle, pero no nos alcanzó la plata, así que en pleno enero nos pusimos a arreglar el techo con uno de sus hermanos”, contó.
“Yo salía más que ella. Betty se pasaba la semana trabajando. Arrancaba a las 5; volvía una hora al mediodía y otra vez al colegio, y luego al gimnasio. Llegaba, fundida, a las 10 de la noche, y se iba a dormir. Por eso después no tenía ganas de salir. No salía con sus amigas íntimas, mucho menos con estas mujeres, que eran apenas conocidas”, añadió.
Navarro, que convive con la maestra desde hace 15 años, contó que ambos fueron invitados a la casa de El Cadillal, pero la propia Argañaraz se negó. “Nos invitaron a pasar el día, después de una fiesta del colegio Padre Roque Correa, pero Betty no quiso ir”, señaló el hombre.
La vida de Argañaraz estaba centrada en su trabajo como maestra de los colegios Padre Roque Correa, en el que había sido elegida como directora, y San Francisco, donde trabajaba por la tarde. También dedicaba varias horas a la semana a hacer gimnasia. “No era que estuviera obsesionada con la belleza, sino que se cuidaba para sentirse bien”, dijo Navarro.
Los vecinos de El Manantial sueñan con verla regresar a salvo, aunque mantener las esperanzas sea más difícil a medida que pasan los días. “Para nosotros esto es un enigma. Estamos en el aire”, dijo Juan Roque Brandán, un vendedor de golosinas que vive en la esquina de la casa de Betty.
“Siempre se los veía juntos (a Betty y a Julio). Iban a hacer las compras al almacén o a la feria”, comentó Romelia Brandán.
“Estoy segura de que va a volver viva”, se esperanzó Marisa de Ruiz, dueña de un almacén ubicado a metros de la parada donde Betty tomó el colectivo 103 el día que desapareció. En el tranquilo barrio, a cinco cuadras de la plaza principal de El Manantial, algunas costumbres se han modificado desde la desaparición de la maestra. “Mi hijo cumplió años el lunes, y por respeto no quiso poner música”, contó la almacenera.
“Ella no tenía relación con ningún hombre -enfatizó Navarro-. En eso nuestra relación es muy sincera, a pesar de que ya no somos pareja. Hace años la llamaba un conocido, pero ella no quería; le decía que no tenía ganas de salir”, aseguró.
Según Navarro, la docente era muy reticente a dejar su vivienda de El Manantial fuera de su horario de trabajo. “Los fines de semana estábamos en casa; eso lo pueden confirmar nuestros vecinos, que nos veían pasar juntos a hacer las compras”, enfatizó.
Ultimamente ni siquiera iban a visitar a amigos. “Antes, organizábamos algún asado en casa, o íbamos a cumpleaños. Pero en los últimos tiempos, ni siquiera eso. Las vacaciones de verano las pasamos acá. Queríamos irnos unos días a Tafí del Valle, pero no nos alcanzó la plata, así que en pleno enero nos pusimos a arreglar el techo con uno de sus hermanos”, contó.
“Yo salía más que ella. Betty se pasaba la semana trabajando. Arrancaba a las 5; volvía una hora al mediodía y otra vez al colegio, y luego al gimnasio. Llegaba, fundida, a las 10 de la noche, y se iba a dormir. Por eso después no tenía ganas de salir. No salía con sus amigas íntimas, mucho menos con estas mujeres, que eran apenas conocidas”, añadió.
Navarro, que convive con la maestra desde hace 15 años, contó que ambos fueron invitados a la casa de El Cadillal, pero la propia Argañaraz se negó. “Nos invitaron a pasar el día, después de una fiesta del colegio Padre Roque Correa, pero Betty no quiso ir”, señaló el hombre.
La vida de Argañaraz estaba centrada en su trabajo como maestra de los colegios Padre Roque Correa, en el que había sido elegida como directora, y San Francisco, donde trabajaba por la tarde. También dedicaba varias horas a la semana a hacer gimnasia. “No era que estuviera obsesionada con la belleza, sino que se cuidaba para sentirse bien”, dijo Navarro.
Los vecinos de El Manantial sueñan con verla regresar a salvo, aunque mantener las esperanzas sea más difícil a medida que pasan los días. “Para nosotros esto es un enigma. Estamos en el aire”, dijo Juan Roque Brandán, un vendedor de golosinas que vive en la esquina de la casa de Betty.
“Siempre se los veía juntos (a Betty y a Julio). Iban a hacer las compras al almacén o a la feria”, comentó Romelia Brandán.
“Estoy segura de que va a volver viva”, se esperanzó Marisa de Ruiz, dueña de un almacén ubicado a metros de la parada donde Betty tomó el colectivo 103 el día que desapareció. En el tranquilo barrio, a cinco cuadras de la plaza principal de El Manantial, algunas costumbres se han modificado desde la desaparición de la maestra. “Mi hijo cumplió años el lunes, y por respeto no quiso poner música”, contó la almacenera.










