10 Agosto 2006 Seguir en 
Por Thomas Burmeister, columnista de la agencia DPA
Londres.- Occidente, advirtió ya hace pocos días Tony Blair, se confronta con una guerra completamente no convencional, con un extremismo que abarca todo el mundo.
Ahora, poco más de un año después de los atentados del 7 de julio de 2005 en los metros de Londres, el miedo al terrorismo y el horror busca acomodo de nuevo en Gran Bretaña.
En realidad, no estalló ninguna bomba, pero la mera imaginación causa temor: en algún lugar sobre las nubes, quizás en el vuelo hacia las vacaciones, los terroristas suicidas pretendían detonar un nuevo material líquido altamente explosivo.
“Un asesinato en masa a una escala inimaginable” se hubiera desatado en el aire, según las palabras del comisionado Paul Stephenson, número dos de Scotland Yard, cuyos comandos especiales lograron evitar la operación.
Si los terroristas hubieran conseguido introducir en diez aviones el nuevo material explosivo, hacer la mezcla de los componentes y detonarlo, entonces la catástrofe podría haber llegado a las dimensiones de la del 11 de septiembre de 2001.
“El Reino Unido se encuentra ahora al máximo nivel de alerta terrorista”, advirtió hoy el ministro del Interior británico, John Reid. Y la población sabe lo que significa nivel de alarma crítico: el peligro de un ataque espantoso es grave.
De hecho, más de 20 sospechosos fueron detenidos por las autoridades, aunque las capturas en diversas partes del país dejan claro que podrían seguir existiendo células terroristas con capacidad para atacar en cualquier lugar.
Si no en aviones, entonces quizá de nuevo en el metro o en autobuses o en edificios públicos.
“Desgraciadamente tenemos que aprender a vivir con el miedo”, dijo una mujer bloqueada en el aeropuerto londinense de Heathrow. Como la mayoría, antes que enfado, mostró comprensión por la cancelación de su vuelo como medida de seguridad.
“Mejor esperar que no llegar”.
Pero el miedo no reina sólo en los aeropuertos. La presencia policial en el metro londinense o en las estaciones se ha reforzado claramente y se han activado unidades especiales con perros entrenados en la detección de explosivos.
El que puede, permanece en su casa tras las noticias hechas públicas esta mañana.
“Es sencillamente horrible”, confesó un hombre mayor en la estación Victoria. Que alguien pueda introducir explosivos en un avión en frascos de champú o loción de afeitar y luego hacerlos explotar es para él el horror en estado puro.
El jefe de la unidad antiterrorista de Scotland Yard, Peter Clarke, oculta sus sentimientos y procura mantener la calma. Los expertos de la policía, en colaboración con los servicios secretos del MI5, decidieron intervenir en la madrugada del jueves “al llegar a un punto crítico”.
Clarke aseguró que no podía ser más explícito, pues “las investigaciones se encuentran poco avanzadas”. Lo que sí es seguro, dijo, es que el material explosivo debió ser fabricado en el Reino Unido.
Que los suicidas potenciales hayan podido crecer en Gran Bretaña, como los que perpetraron los ataques de Londres hace un año, provoca también mucha intranquilidad. (DPA).
Londres.- Occidente, advirtió ya hace pocos días Tony Blair, se confronta con una guerra completamente no convencional, con un extremismo que abarca todo el mundo.
Ahora, poco más de un año después de los atentados del 7 de julio de 2005 en los metros de Londres, el miedo al terrorismo y el horror busca acomodo de nuevo en Gran Bretaña.
En realidad, no estalló ninguna bomba, pero la mera imaginación causa temor: en algún lugar sobre las nubes, quizás en el vuelo hacia las vacaciones, los terroristas suicidas pretendían detonar un nuevo material líquido altamente explosivo.
“Un asesinato en masa a una escala inimaginable” se hubiera desatado en el aire, según las palabras del comisionado Paul Stephenson, número dos de Scotland Yard, cuyos comandos especiales lograron evitar la operación.
Si los terroristas hubieran conseguido introducir en diez aviones el nuevo material explosivo, hacer la mezcla de los componentes y detonarlo, entonces la catástrofe podría haber llegado a las dimensiones de la del 11 de septiembre de 2001.
“El Reino Unido se encuentra ahora al máximo nivel de alerta terrorista”, advirtió hoy el ministro del Interior británico, John Reid. Y la población sabe lo que significa nivel de alarma crítico: el peligro de un ataque espantoso es grave.
De hecho, más de 20 sospechosos fueron detenidos por las autoridades, aunque las capturas en diversas partes del país dejan claro que podrían seguir existiendo células terroristas con capacidad para atacar en cualquier lugar.
Si no en aviones, entonces quizá de nuevo en el metro o en autobuses o en edificios públicos.
“Desgraciadamente tenemos que aprender a vivir con el miedo”, dijo una mujer bloqueada en el aeropuerto londinense de Heathrow. Como la mayoría, antes que enfado, mostró comprensión por la cancelación de su vuelo como medida de seguridad.
“Mejor esperar que no llegar”.
Pero el miedo no reina sólo en los aeropuertos. La presencia policial en el metro londinense o en las estaciones se ha reforzado claramente y se han activado unidades especiales con perros entrenados en la detección de explosivos.
El que puede, permanece en su casa tras las noticias hechas públicas esta mañana.
“Es sencillamente horrible”, confesó un hombre mayor en la estación Victoria. Que alguien pueda introducir explosivos en un avión en frascos de champú o loción de afeitar y luego hacerlos explotar es para él el horror en estado puro.
El jefe de la unidad antiterrorista de Scotland Yard, Peter Clarke, oculta sus sentimientos y procura mantener la calma. Los expertos de la policía, en colaboración con los servicios secretos del MI5, decidieron intervenir en la madrugada del jueves “al llegar a un punto crítico”.
Clarke aseguró que no podía ser más explícito, pues “las investigaciones se encuentran poco avanzadas”. Lo que sí es seguro, dijo, es que el material explosivo debió ser fabricado en el Reino Unido.
Que los suicidas potenciales hayan podido crecer en Gran Bretaña, como los que perpetraron los ataques de Londres hace un año, provoca también mucha intranquilidad. (DPA).







