16 Julio 2006 Seguir en 
"Crecer en el seno de una familia de artistas, tiene sus bemoles, en toda la extensión del término. En casa, por ejemplo, todos cantaban y ?artisteaban? a tiempo completo". La afirmación pertenece al actor, autor y director Víctor Hugo Cortés, hijo del actor Víctor Cortés (que falleció el año pasado) y padre de Luciano, también actor, que está formándose en los escenarios porteños.
"En mi casa, la risa y la fantasía estuvieron siempre presentes, ya sea a la hora del almuerzo, a la siesta o cuando caía la noche y las anécdotas de los artistas populares como mi padre le ganaban tiempo al sueño", cuenta Cortés. "De muy niño -recuerda-, mamá Yolanda, que nos enseñó a amar el arte y la vida, me enviaba al teatro San Martín, de pantalones cortos, a aprender declamación en la escuela de Luz Pérez Rojas. Poco después acompañé a mi padre a las emisiones radiales que con público en la sala se ofrecían en LV7 de ese clásico de la radiofonía tucumana que fue ?El fogoncito criollo de Don Abraham Cancha?, con libretos del recientemente fallecido Plácido Paz. Y eso terminó de marcarme para siempre".
Con todos esos antecedentes, sumado al devenir de sus hermanas, sumidas en el mundo del canto o de las letras, y al de su propia madre -dedicada en la última etapa de su vida a la promoción de espectáculos escénicos-, a Cortés le resultó imposible sustraerse a la influencia del arte y la cultura. "Tras cumplir el mandato paterno que, merced a los sinsabores de la vida de artista, me conminaba a seguir una carrera ?con futuro?, me recibí de Agrimensor en la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología, sólo para dedicarme con más ahínco a mi pasión: el teatro", agregó.
De hecho, no sólo se dedicó a escribir sus propias obras de teatro -gran parte destinada a los más chicos-, sino que también se animó a transmitir su experiencia con la formación de actores jóvenes. "No pude escapar a mi destino", finalizó.
"En mi casa, la risa y la fantasía estuvieron siempre presentes, ya sea a la hora del almuerzo, a la siesta o cuando caía la noche y las anécdotas de los artistas populares como mi padre le ganaban tiempo al sueño", cuenta Cortés. "De muy niño -recuerda-, mamá Yolanda, que nos enseñó a amar el arte y la vida, me enviaba al teatro San Martín, de pantalones cortos, a aprender declamación en la escuela de Luz Pérez Rojas. Poco después acompañé a mi padre a las emisiones radiales que con público en la sala se ofrecían en LV7 de ese clásico de la radiofonía tucumana que fue ?El fogoncito criollo de Don Abraham Cancha?, con libretos del recientemente fallecido Plácido Paz. Y eso terminó de marcarme para siempre".
Con todos esos antecedentes, sumado al devenir de sus hermanas, sumidas en el mundo del canto o de las letras, y al de su propia madre -dedicada en la última etapa de su vida a la promoción de espectáculos escénicos-, a Cortés le resultó imposible sustraerse a la influencia del arte y la cultura. "Tras cumplir el mandato paterno que, merced a los sinsabores de la vida de artista, me conminaba a seguir una carrera ?con futuro?, me recibí de Agrimensor en la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología, sólo para dedicarme con más ahínco a mi pasión: el teatro", agregó.
De hecho, no sólo se dedicó a escribir sus propias obras de teatro -gran parte destinada a los más chicos-, sino que también se animó a transmitir su experiencia con la formación de actores jóvenes. "No pude escapar a mi destino", finalizó.











