11 Junio 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El ya indisimulado divorcio entre el presidente Néstor Kirchner y su ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, puso de manifiesto algo más que modificaciones en el tablero político nacional y obliga a hurgar en los amplios listados de economistas locales para ver cuántos son los que pueden enrolarse como kirchneristas químicamente puros.No está de más remontarse a los primeros días de abril de 2003, cuando desde el comando de campaña del candidato Kirchner se lanzó un anuncio que reforzó las aspiraciones presidenciales del entonces gobernador santacruceño: Lavagna, por entonces ministro de Economía de Eduardo Duhalde, continuaría en la función en caso de un triunfo electoral del patagónico.
El anuncio no sólo identificaba a Kirchner como hombre de Duhalde (quien le aportaría también otras figuras de peso en el gabinete) o marcaba un reaseguro de continuidad en la política económica que, después de estrepitoso derrumbe del primer semestre de 2002, mostraba signos de crecimiento y, por si fuera poco, reducción de la inflación a un dígito anual y una cotización del dólar en declive.
También mostraba que Kirchner, a diferencia de otros candidatos, como Carlos Menem, Ricardo López Murphy o Elisa Carrió, no contaba con un equipo económico medianamente homogéneo para afrontar el desafío de gobernar el país por cuatro años.
Por entonces se enfatizó más lo primero que lo segundo, pero no fue la primera ni la última vez que la necesidad se presentó como virtud.
Los límites entre la política y la economía son más frágiles que lo que se supone y así se hizo notar en los tres años posteriores. La postura de marginar a quien no hiciera profesión de fe de un oficialismo cerrado se tradujo en un poder de convocatoria cada vez más escaso a la hora de contar con economistas de fuste. A tal punto que la designación de Felisa Miceli en reemplazo de Lavagna fue interpretada desde diferentes ámbitos como una decisión de Kirchner para manejar directamente la política económica sin intermediarios.
Raúl Alfonsín se dio cuenta de que sería suicida conformarse con los equipos económicos del viejo tronco radical que hibernaba desde los tiempos de Arturo Illia y abrió el juego a profesionales como Juan Sourrouille, el entonces justicialista José Luis Machinea y Aldo Ferrer, quien asesoraba al Partido Intransigente.
Menem, reconversión ideológica mediante, hizo lo propio sucesivamente con Bunge y Born, la Fundación Mediterránea y el CEMA, quienes no solo aportaron a los ministros Miguel Roig, Néstor Rapanelli, Domingo Cavallo y Roque Fernández, sino a equipos de trabajo que excedieron los límites del Palacio de Hacienda.
La Alianza UCR-Frepaso, antes aún de la conformación de la fórmula De la Rúa-Alvarez, presentó a la sociedad una carta de adhesión de medio centenar de economistas de diferentes procedencias. Algunos de ellos se encuentran en estos momentos desempeñando funciones en el gobierno de Kirchner, pero no precisamente en el Ministerio de Economía.
Sobran los dedos de una mano para identificar a los economistas que el kirchnerismo ha sumado luego de tres años de construcción política: Martín Redrado en el Banco Central, algunas coincidencias expresadas por Javier González Fraga, otras con menor entusiasmo por Orlando Ferreres, y la cuenta termina ahí.
Desde el otro rincón del espectro la suerte no es diferente, si se tienen en cuenta las diferencias expresadas permanentemente por el diputado Claudio Lozano, uno de los pocos (¿o el único?) legislador que presentó un proyecto alternativo de Presupuesto.
"Parece que tan plurales no somos", fue la irónica respuesta del ex ministro Lavagna, luego de recibir la andanada de críticas a sus declaraciones por parte de diferentes funcionarios en sugestiva coordinación. ¿Serán nada más que apariencias?







