21 Mayo 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- La decisión del presidente Néstor Kirchner de cancelar todas la deuda que el país mantenía con el Fondo Monetario Internacional (FMI), colocó al Banco Central de la República Argentina (BCRA)en el compromiso de recomponer las reservas a niveles más o menos similares a los previos al millonario desembolso concretado a principios de año.
La tarea se viene llevando adelante desde entonces y la autoridad monetaria ya completó más de la mitad de su propósito, si se tiene en cuenta que se alcanzaron los 24.000 millones de dólares.
Pero la misión es mucho más complicada que la simple emisión de pesos para adquirir dólares. Tratar de combinar un robusto nivel de reservas con un tipo de cambio alto, una inflación inferior a la registrada en 2005, la continuidad del crecimiento de la actividad económica y el pago de la deuda reestructurada, implica un desafío que excede los límites temporales del actual gobierno, con eventual reelección incluida.
Si el pago de la deuda se cumple puntualmente, finalizará cuando Kirchner sea nonagenario. La estrategia de recuperar el nivel de reservas choca con el peligro de provocar una disparada del circulante.
La emisión acumulada en lo que va del año para la compra de dólares equivale a más de la cuarta parte del total de la base monetaria, lo que obliga al Banco Central a valerse de una batería de instrumentos para evitar el riesgo señalado, entre las que sobresalen especialmente la cancelación de los redescuentos por parte de las entidades financieras y la licitación de Letras y Notas.
El resultado es auspicioso si se lo mide en cuanto a la inflación en dólares que en lo que va del año fue en declive por primera vez desde el segundo semestre de 2002, y relativamente aceptable si se considera el índice de precios en pesos, aunque marca una señal de preocupación para los partidarios de un dólar alto como condición del crecimiento económico.
Es que el aumento de las reservas y las medidas de contracción monetaria generaron una caída del 18% en el cociente entre base y reservas desde el momento del pago de la deuda al FMI, que pasó de 3,11 pesos por dólar en enero a 2,57 en la actualidad. Una actualidad, vale la pena acotar, en la que la liquidación de exportaciones y el fortalecimiento del euro podrían empujar esa relación a niveles aún menores.
El programa de "matching" por el que los bancos cancelan los redescuentos que les concedió el Banco Central aún cuenta con unos 6.000 millones de pesos de capital para devolver, más o menos equivalentes a los dólares que el Central compra en cinco semanas.
Una vez que los compromisos sean definitivamente cancelados, la autoridad monetaria nacional deberá recurrir a otras herramientas de esterilización, entre las que las subas de las tasas de interés -algo tímidamente adelantado en los últimos meses- figuran en primer lugar.
En ese aspecto, el escenario internacional no ayuda y los mercados de todo el planeta están tomando nota de ello por estos días, en previsión de nuevas subas de la tasa por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Será entonces el momento de una nueva disyuntiva: ¿priorizar la continuidad del crecimiento económico o apuntar todos los dardos al combate a la inflación? En caso de inclinarse por la segunda opción, el oficialismo debería abandonar una de sus principales banderas, como es el crecimiento de la actividad que se registra desde la segunda mitad de 2002.
Pero elegir la primera posibilidad abriría las puertas a otro problema, ya que una inflación creciente potenciaría los niveles de la deuda pública, que en gran parte está indexada por medio del Coeficiente de Estabilización de Referencia (CER).
Casi como al pasar, este dilema fue puesto de manifiesto días atrás por el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Luciano Miguens, quien lo vinculó con los acuerdos de precios que el Gobierno nacional realiza con diferentes sectores de la actividad económica.
Es decir que la preocupación oficial por la evolución de la inflación no radica solamente en el interés por resguardar el poder adquisitivo de la población, sino también el de no alimentar el principal factor de potenciación de una deuda reestructurada cuyos pagos comenzaron a normalizarse hace apenas 13 meses.
Del futuro de la cotización del dólar y los instrumentos a utilizar para fijarla dependerá la suerte de diferentes actores. Como en el viejo dilema de la manta corta, habrá que analizar cómo atender a asalariados, productores, consumidores, exportadores y acreedores. (DyN)
La tarea se viene llevando adelante desde entonces y la autoridad monetaria ya completó más de la mitad de su propósito, si se tiene en cuenta que se alcanzaron los 24.000 millones de dólares.
Pero la misión es mucho más complicada que la simple emisión de pesos para adquirir dólares. Tratar de combinar un robusto nivel de reservas con un tipo de cambio alto, una inflación inferior a la registrada en 2005, la continuidad del crecimiento de la actividad económica y el pago de la deuda reestructurada, implica un desafío que excede los límites temporales del actual gobierno, con eventual reelección incluida.
Si el pago de la deuda se cumple puntualmente, finalizará cuando Kirchner sea nonagenario. La estrategia de recuperar el nivel de reservas choca con el peligro de provocar una disparada del circulante.
La emisión acumulada en lo que va del año para la compra de dólares equivale a más de la cuarta parte del total de la base monetaria, lo que obliga al Banco Central a valerse de una batería de instrumentos para evitar el riesgo señalado, entre las que sobresalen especialmente la cancelación de los redescuentos por parte de las entidades financieras y la licitación de Letras y Notas.
El resultado es auspicioso si se lo mide en cuanto a la inflación en dólares que en lo que va del año fue en declive por primera vez desde el segundo semestre de 2002, y relativamente aceptable si se considera el índice de precios en pesos, aunque marca una señal de preocupación para los partidarios de un dólar alto como condición del crecimiento económico.
Es que el aumento de las reservas y las medidas de contracción monetaria generaron una caída del 18% en el cociente entre base y reservas desde el momento del pago de la deuda al FMI, que pasó de 3,11 pesos por dólar en enero a 2,57 en la actualidad. Una actualidad, vale la pena acotar, en la que la liquidación de exportaciones y el fortalecimiento del euro podrían empujar esa relación a niveles aún menores.
El programa de "matching" por el que los bancos cancelan los redescuentos que les concedió el Banco Central aún cuenta con unos 6.000 millones de pesos de capital para devolver, más o menos equivalentes a los dólares que el Central compra en cinco semanas.
Una vez que los compromisos sean definitivamente cancelados, la autoridad monetaria nacional deberá recurrir a otras herramientas de esterilización, entre las que las subas de las tasas de interés -algo tímidamente adelantado en los últimos meses- figuran en primer lugar.
En ese aspecto, el escenario internacional no ayuda y los mercados de todo el planeta están tomando nota de ello por estos días, en previsión de nuevas subas de la tasa por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Será entonces el momento de una nueva disyuntiva: ¿priorizar la continuidad del crecimiento económico o apuntar todos los dardos al combate a la inflación? En caso de inclinarse por la segunda opción, el oficialismo debería abandonar una de sus principales banderas, como es el crecimiento de la actividad que se registra desde la segunda mitad de 2002.
Pero elegir la primera posibilidad abriría las puertas a otro problema, ya que una inflación creciente potenciaría los niveles de la deuda pública, que en gran parte está indexada por medio del Coeficiente de Estabilización de Referencia (CER).
Casi como al pasar, este dilema fue puesto de manifiesto días atrás por el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Luciano Miguens, quien lo vinculó con los acuerdos de precios que el Gobierno nacional realiza con diferentes sectores de la actividad económica.
Es decir que la preocupación oficial por la evolución de la inflación no radica solamente en el interés por resguardar el poder adquisitivo de la población, sino también el de no alimentar el principal factor de potenciación de una deuda reestructurada cuyos pagos comenzaron a normalizarse hace apenas 13 meses.
Del futuro de la cotización del dólar y los instrumentos a utilizar para fijarla dependerá la suerte de diferentes actores. Como en el viejo dilema de la manta corta, habrá que analizar cómo atender a asalariados, productores, consumidores, exportadores y acreedores. (DyN)






