30 Abril 2006 Seguir en 
Por Alfonso de Prat Gay - Ex Presidente del Banco Central de la República Argentina
Padre de las cuentas nacionales y fundador del Banco Central de la República Argentina (BCRA), Prebisch fue el economista más importante de Argentina del siglo XX. Don Raúl fue, ante todo, un profundo observador de la realidad que se proponía modificar.
El pensamiento y la acción eran para él dos dimensiones de la misma vocación. Sus teorías se enriquecían con la evidencia empírica de la que partían y a la que inevitablemente retornaban. Sus acciones y recomendaciones eran hijas del estudio minucioso, nunca de la improvisación.
Su agudo análisis le permitió identificar las inconsistencias de la ortodoxia económica de su tiempo, y su omnipresente pragmatismo, adaptar lo mejor de dichas teorías a las circunstancias particulares de las naciones en vías de desarrollo, muy diferentes, por cierto, de aquellas imperantes en los centros en los que se elaboran dichas teorías. Reaccionó, como Keynes, contra las recetas del liberalismo neoclásico que dejaba todas las soluciones en manos de mercados a los que por entonces se les asignaba un funcionamiento perfecto. Y para manifestar su oposición, prefirió la silenciosa fortaleza de los argumentos antes que los ruidosos golpes de puño sobre la mesa.
Su teoría de la tensión entre el "centro" (naciones desarrolladas) y "periferia" (naciones en desarrollo) - vigente más que nunca hoy en las inexplicables barreras comerciales y los subsidios agrícolas del hemisferio norte- es quizás el mejor exponente de esa capacidad de Prebisch de identificar las contradicciones de las recetas en boga y adaptarlas a las condiciones locales: los beneficios del comercio internacional no se distribuían equitativamente si antes no se aseguraba un funcionamiento competitivo de los mercados de materias primas.
Para él, comprar la receta externa sin reparos llevaba a más desigualdad y dependencia, precisamente el resultado opuesto al de los postulados de David Ricardo que el resto de sus colegas aceptaba sin reparos.
Soñó un banco central adaptado a las circunstancias particulares que vivía el país en los años de la Gran Depresión, poniendo especial énfasis en la importancia de la estabilidad de la moneda como institución. Para ello, no sólo le dedicó varios años de estudio previos a su fundación sino que se comprometió con su obra asumiendo la responsabilidad ejecutiva más importante del Banco Central durante los primeros 8 años de su existencia.
Impacto internacional
Como tantos otros próceres, su prédica tuvo mucho más impacto en los foros internacionales que en las decisiones de política económica que se adoptaban en su querido país y en la región.
En efecto, pocos años después de su muerte, la hiperinflación de 1989 terminó de hacer añicos su sueño de una moneda estable para todos los argentinos, especialmente los más pobres. Tampoco tuvo que ser testigo, por suerte, de cómo Latinoamérica ignoró durante la década siguiente su consejo de integrarse inteligentemente a los mercados internacionales. La estrategia opuesta elegida por casi todos los gobiernos de la región nos encontró a fines de los `90 con indicadores sociales más subdesarrollados y una creciente fragmentación.
Al iniciar nuestra gestión al frente del BCRA, una de mis primeras preguntas en aquellos tiempos de crisis fue, "dónde está el retrato de Prebisch?" Abundaban los de ex presidentes de la institución, pero en ningún lado pudimos encontrar un retrato de su padre fundador. Una muestra más de la miopía de los argentinos y de nuestro énfasis en recorrer vericuetos estériles de una historia insoportablemente circular (e injusta). Un impedimento para proyectarnos hacia el largo plazo apoyándonos en los hombros de los gigantes que nos precedieron.
Al país le hace mucha falta reencontrarse con las enseñanzas de Raúl Prebisch. El creía en instituciones estables y confiables; en la cooperación regional a partir de lazos económicos antes que ideológicos; en el poder cuando está acompañado de argumentos; en los beneficios de largo plazo para todos, antes que en las ventajas de corto plazo para unos pocos favorecidos.
Seguiremos ignorando sus consejos? El retrato que ahora le hace justicia en la pared de una importante sala del Banco Central es a la vez un símbolo y un testigo silencioso. Dios quiera que suceda con Don Raúl lo que a veces ocurre con otros próceres: que los argentinos nos animemos a escuchar sus enseñanzas ahora que ya hace más de veinte años que no está con nosotros.
Padre de las cuentas nacionales y fundador del Banco Central de la República Argentina (BCRA), Prebisch fue el economista más importante de Argentina del siglo XX. Don Raúl fue, ante todo, un profundo observador de la realidad que se proponía modificar.
El pensamiento y la acción eran para él dos dimensiones de la misma vocación. Sus teorías se enriquecían con la evidencia empírica de la que partían y a la que inevitablemente retornaban. Sus acciones y recomendaciones eran hijas del estudio minucioso, nunca de la improvisación.
Su agudo análisis le permitió identificar las inconsistencias de la ortodoxia económica de su tiempo, y su omnipresente pragmatismo, adaptar lo mejor de dichas teorías a las circunstancias particulares de las naciones en vías de desarrollo, muy diferentes, por cierto, de aquellas imperantes en los centros en los que se elaboran dichas teorías. Reaccionó, como Keynes, contra las recetas del liberalismo neoclásico que dejaba todas las soluciones en manos de mercados a los que por entonces se les asignaba un funcionamiento perfecto. Y para manifestar su oposición, prefirió la silenciosa fortaleza de los argumentos antes que los ruidosos golpes de puño sobre la mesa.
Su teoría de la tensión entre el "centro" (naciones desarrolladas) y "periferia" (naciones en desarrollo) - vigente más que nunca hoy en las inexplicables barreras comerciales y los subsidios agrícolas del hemisferio norte- es quizás el mejor exponente de esa capacidad de Prebisch de identificar las contradicciones de las recetas en boga y adaptarlas a las condiciones locales: los beneficios del comercio internacional no se distribuían equitativamente si antes no se aseguraba un funcionamiento competitivo de los mercados de materias primas.
Para él, comprar la receta externa sin reparos llevaba a más desigualdad y dependencia, precisamente el resultado opuesto al de los postulados de David Ricardo que el resto de sus colegas aceptaba sin reparos.
Soñó un banco central adaptado a las circunstancias particulares que vivía el país en los años de la Gran Depresión, poniendo especial énfasis en la importancia de la estabilidad de la moneda como institución. Para ello, no sólo le dedicó varios años de estudio previos a su fundación sino que se comprometió con su obra asumiendo la responsabilidad ejecutiva más importante del Banco Central durante los primeros 8 años de su existencia.
Impacto internacional
Como tantos otros próceres, su prédica tuvo mucho más impacto en los foros internacionales que en las decisiones de política económica que se adoptaban en su querido país y en la región.
En efecto, pocos años después de su muerte, la hiperinflación de 1989 terminó de hacer añicos su sueño de una moneda estable para todos los argentinos, especialmente los más pobres. Tampoco tuvo que ser testigo, por suerte, de cómo Latinoamérica ignoró durante la década siguiente su consejo de integrarse inteligentemente a los mercados internacionales. La estrategia opuesta elegida por casi todos los gobiernos de la región nos encontró a fines de los `90 con indicadores sociales más subdesarrollados y una creciente fragmentación.
Al iniciar nuestra gestión al frente del BCRA, una de mis primeras preguntas en aquellos tiempos de crisis fue, "dónde está el retrato de Prebisch?" Abundaban los de ex presidentes de la institución, pero en ningún lado pudimos encontrar un retrato de su padre fundador. Una muestra más de la miopía de los argentinos y de nuestro énfasis en recorrer vericuetos estériles de una historia insoportablemente circular (e injusta). Un impedimento para proyectarnos hacia el largo plazo apoyándonos en los hombros de los gigantes que nos precedieron.
Al país le hace mucha falta reencontrarse con las enseñanzas de Raúl Prebisch. El creía en instituciones estables y confiables; en la cooperación regional a partir de lazos económicos antes que ideológicos; en el poder cuando está acompañado de argumentos; en los beneficios de largo plazo para todos, antes que en las ventajas de corto plazo para unos pocos favorecidos.
Seguiremos ignorando sus consejos? El retrato que ahora le hace justicia en la pared de una importante sala del Banco Central es a la vez un símbolo y un testigo silencioso. Dios quiera que suceda con Don Raúl lo que a veces ocurre con otros próceres: que los argentinos nos animemos a escuchar sus enseñanzas ahora que ya hace más de veinte años que no está con nosotros.







