30 Abril 2006 Seguir en 
Muchos creen que ser líder es una cuestión de ir primero en una competencia, ser gerente, dirigente, destacar en una actividad, ser jefe, vender más que otro o manejar un proceso. Inclusive otros incluyen a estadistas, jefes de bancadas políticas, jefes de organismos gremiales e inclusive a deportistas destacados. Pero veamos,¿qué hace la diferencia para ser un líder? No es la cantidad de cursos y títulos que posea, su posición jerárquica, sus orígenes o sus redes de contacto. No es su edad, sexo u ocupación, sino su preocupación por las necesidades de otros, su forma de encarar los desafíos con los cuales se enfrenta. Es su entusiasmo en mejorar las cosas, en crear nuevas oportunidades.
El líder tiene pasión por una causa y desea dar algo de retorno para la sociedad. Este obtiene su recompensa por servir a otras personas. Para lograr dar esperanza, el líder debe ser capaz de vender una visión positiva del porvenir, que sirva de puente entre el presente incierto y un futuro esperanzador. El liderazgo es un diálogo y no un monólogo, lo cual implica desarrollar cada vez más las habilidades de comunicación que las técnicas.
La gente apasionada que desea liderar conforma una generación pujante que crece vertiginosamente, en forma rebelde y contestataria, como una reacción natural de rechazo a una sociedad que se sustenta en la racionalidad, en las normas, en las regulaciones y en el poder del Estado.
Personas como las descritas arriesgan su reputación, sus posiciones y su situación económica al seguir el camino de una nueva solución fundamentada en una decisión no racional, saltando desde un territorio iluminado y conocido a uno desconocido y sin claridad, sin saber, como en el caso de Colón, si están al borde de un continente o en una pequeña isla. En síntesis, actuar más con el corazón que con la cabeza.
El líder tiene pasión por una causa y desea dar algo de retorno para la sociedad. Este obtiene su recompensa por servir a otras personas. Para lograr dar esperanza, el líder debe ser capaz de vender una visión positiva del porvenir, que sirva de puente entre el presente incierto y un futuro esperanzador. El liderazgo es un diálogo y no un monólogo, lo cual implica desarrollar cada vez más las habilidades de comunicación que las técnicas.
La gente apasionada que desea liderar conforma una generación pujante que crece vertiginosamente, en forma rebelde y contestataria, como una reacción natural de rechazo a una sociedad que se sustenta en la racionalidad, en las normas, en las regulaciones y en el poder del Estado.
Personas como las descritas arriesgan su reputación, sus posiciones y su situación económica al seguir el camino de una nueva solución fundamentada en una decisión no racional, saltando desde un territorio iluminado y conocido a uno desconocido y sin claridad, sin saber, como en el caso de Colón, si están al borde de un continente o en una pequeña isla. En síntesis, actuar más con el corazón que con la cabeza.







