19 Marzo 2006 Seguir en 
Ya no están los proyectos enloquecidos, las ideas arriesgadas, las propuestas que entusiasmaban por lo irrealizables. También se fue con él ese empuje colosal capaz de vencer las trabas de la burocracia o las limitaciones presupuestarias de un medio mezquino con el arte. Se extrañan el consejo exacto y la observación aguda para que el actor encuentre la solución y resuelva su personaje. El silencio ha reemplazado a las charlas en el camarín o en el café, después de los ensayos, que luego de transitar los más diversos temas derivaban fatalmente en el teatro. Pero sorprende comprobar cómo a cada instante surgen las cosas que decía, la forma en que encaraba los problemas, las frases con las que tonificaba el ánimo de los integrantes de su elenco. Carlos Olivera fue un maestro, y ellos nunca nos dejan, aunque ya no estén.
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