09 Marzo 2006 Seguir en 
Ambientada en un mundo lleno de misterio y exotismo que aún hoy sigue hechizándonos a todos, la historia tiene lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando una niña japonesa es separada de su humilde familia para trabajar como sirvienta en una casa de geishas. A pesar de que se cruza en su camino una rival traicionera, que casi consigue quebrar su entereza, la niña se convierte en la legendaria geisha Sayuri (Zhang Ziyi). Hermosa y dotada de un gran talento, Sayuri cautiva a los hombres más poderosos, pero sobre ella se cierne la sombra de un amor secreto, un hombre al que ella no puede aspirar.
Si de atracción visual se trata, el filme que dirigió Rob Marshall (el mismo realizador de "Chicago") es innegable que posee un cuidado estético que, por momentos, termina por desesperar al espectador; es más, se puede pensar que la verdadera protagonista del filme es, justamente, su dirección fotográfica, seguida muy de cerca por la banda musical compuesta por John Williams, usual colaborador de Steven Spielberg, quien ocupa aquí el rol de productor.
A lo largo de dos horas y media, el espectador asiste a una sucesión de estampas bellamente fotografiadas, y musicalizadas, del Japón que guarda los recuerdos de una geisha. Desde el procedimiento del racconto, Sayuri nos cuenta su historia desde niña, su obligado abandono del lecho familiar y la forzosa servidumbre a la que se ve sometida. Su vida niña y solitaria será, en determinado momento, iluminada por la atención y la bondad de un desconocido (Ken Watanabe), motivación afectiva que llevará a Sayuri a querer ser como una de sus damas de compañía. De allí en más, la pequeña perseguirá el objetivo soñado, cuya meta será el reencuentro con el caballero de sus recuerdos.
Ser geisha no es ser cortesana, pero tampoco significa ser esposa. La geisha se asume como una suerte de divinidad.
Si de atracción visual se trata, el filme que dirigió Rob Marshall (el mismo realizador de "Chicago") es innegable que posee un cuidado estético que, por momentos, termina por desesperar al espectador; es más, se puede pensar que la verdadera protagonista del filme es, justamente, su dirección fotográfica, seguida muy de cerca por la banda musical compuesta por John Williams, usual colaborador de Steven Spielberg, quien ocupa aquí el rol de productor.
A lo largo de dos horas y media, el espectador asiste a una sucesión de estampas bellamente fotografiadas, y musicalizadas, del Japón que guarda los recuerdos de una geisha. Desde el procedimiento del racconto, Sayuri nos cuenta su historia desde niña, su obligado abandono del lecho familiar y la forzosa servidumbre a la que se ve sometida. Su vida niña y solitaria será, en determinado momento, iluminada por la atención y la bondad de un desconocido (Ken Watanabe), motivación afectiva que llevará a Sayuri a querer ser como una de sus damas de compañía. De allí en más, la pequeña perseguirá el objetivo soñado, cuya meta será el reencuentro con el caballero de sus recuerdos.
Ser geisha no es ser cortesana, pero tampoco significa ser esposa. La geisha se asume como una suerte de divinidad.








