La capacidad de la cárcel de mujeres está desbordada

Hay 38 internas y seis niños en pabellones con lugar para 20 personas. Todas aseguran que cuando recuperen la libertad intentarán recomponer sus familias.

MATERNIDAD ENTRE REJAS. Mientras purga su condena, Mirta mira crecer a Ramón Angel, de dos años. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
MATERNIDAD ENTRE REJAS. Mientras purga su condena, Mirta mira crecer a Ramón Angel, de dos años. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
27 Febrero 2006
La llave gira y el candado cede. La puerta de entrada se abre ante un pasillo iluminado por los fuertes rayos del sol, que anuncian la llegada de un mediodía agobiante. Los resonantes pasos del alcalde desafían el silencio que, por esas horas, se adueña del edificio. Aunque el reloj marca las 13, la siesta ha caído hace rato en el Centro de Rehabilitación de Mujeres “Santa Ester”, en Lastenia, más conocido como “la cárcel de mujeres”, donde 44 personas conviven en un espacio con capacidad para 20, según dijo su directora, Silvana Martínez.
Una tonada venezolana se escucha al fondo de las salas. Es la novela que, religiosamente, sigue la mayoría de las internas durante sus horas de descanso. El trabajo matutino comenzó muy temprano -desde las 8 hasta las 12.30 asisten a distintos talleres que continúan luego de la siesta- y, mientras algunas aprovechan el recreo para dormir en los flacos colchones, otras prefieren olvidar sus penas atendiendo los enredados culebrones televisivos.
Susana es la excepción. Sentada en un fresco rincón del comedor, la joven acusada de robo agravado está terminando el cotillón que aprendió a hacer en un taller, y que luego venderá por encargo.
“No tengo tiempo para descansar porque me encanta hacer plata. Estoy ahorrando para darme muchos gustos cuando salga de aquí”, cuenta.
La muchacha enchufa una radio y de ella salta un cuarteto cordobés. La alegría que le produce la música se empaña cuando comenta que la espera de la libertad se le hace interminable. “Los días que recibimos visitas -miércoles y domingos- son el único momento en que nos olvidamos de este encierro. Mi novio siempre viene; es un divino; cuesta conseguir a alguien que te peche las rejas (sic)”, asegura.
El director de Institutos Penales, Ernesto Salas, admite que hay que hacer obras de infraestructura, porque hay un aumento de delitos entre las mujeres.

“Nunca más”
 La asistente social Rosario Díaz comenta que gran parte de las reclusas tiene la primaria completa. “Algunas optaron por continuar sus estudios aquí y una, inclusive, está siguiendo una carrera universitaria. Sólo dos mujeres son analfabetas”, expresa.
Rosita es una de ellas. Mientras acaricia su panza de 8 meses, la mujer de 40 años cuenta, pausadamente y sin vergüenza, que recién está aprendiendo a leer. “Hace seis años que estoy acá y me faltan tres más. Cuando salga, voy a recomponer mi familia junto a mi marido, que está en Villa Urquiza, y a mis dos hijos. Deseo trabajar y olvidarme de todo esto”, exclama, con la mirada clavada en una nube libre.
Sus compañeras asienten. Todas anhelan pagar rápidamente su culpa y acceder a una segunda oportunidad. Claudia, una interna que traficaba drogas en la frontera con Bolivia, parece tenerlo bien claro. Con voz quebrada y la expresión de quien no tiene nada que perder, dice: “pienso portarme muy bien cuando salga. La desesperación por mi libertad me hace prometer minuto a minuto que nunca más voy a volver a este lugar”.