En el ensayo se ajustan las tensiones y los conflictos, con métodos diferentes para lograr la meta. Y algunos de esos tanteos son realmente curiosos.El actor, docente y director, Juan Tríbulo cuenta que siempre se dejó conducir y ha confiado en las propuestas que le hacían durante los ensayos. Y recuerda que una vez le ataron las manos. "En mis primeros años de aprendiz, en Buenos Aires, ensayaba bajo la dirección de Pedro Asquini, en Nuevo Teatro, una escena de ?Sempronio?, de Agustín Cuzzani. Asquini me señaló el error reiterado de mover demasiado las manos, acentuando cada palabra, cada frase, una o dos veces, y me pidió que las dejara quietas. Yo no tenía estrategia alguna a la que recurrir para inmovilizarlas. No poseía todavía nociones de objetivo, intención, acción cotidiana en qué apoyarme y sólo obedecía dócilmente a las marcaciones del director. Entonces tomó una cuerda y me ató las manos por las muñecas y por detrás, como a un delincuente esposado y me ordenó que continuara con mi texto. La estrategia me cayó como una agresión. Y por supuesto mi hipersensibilidad estalló. Las lágrimas comenzaron a asomar y el nudo en la garganta me impidió seguir con la escena", relató.
El director Leonardo Goloboff señala que en todos los procesos de ensayo media una serie de razones objetivas (y de las otras) que han terminado por establecer una distancia entre la concepción y el resultado. "Cuando esa distancia es corta, me considero exitoso", dijo.
Es que el proceso no es sencillo. "Uno concibe en casa, en soledad, y luego confronta sus fantasías no con una ?súper- marioneta? sino con entidades humanas muy concretas, como son los actores, el escenógrafo, el músico... ¡el presupuesto! y, finalmente, el público, nunca homogéneo. Para peor, uno ya viene de pelear con el autor... y, a veces, de perder. Es un combate incruento donde cada uno disputa por su menguado espacio de representatividad o de poder. Si el texto espectacular se presenta seductor para el elenco, si el ?convenio? de partida ha sido bien consensuado y explicitado, si la asignación de roles es acertada, y hubo un buen acuerdo, entonces el equipo puede llegar a funcionar como tal, de modo casi unívoco. De lo contrario hay que confiar en los milagros y de tanto en tanto se dan", agregó.
DETRAS DEL TELON
SILENCIO EN LA SALA: El pianista Bruno Gelber concurrió el jueves al teatro San Martín, para ensayar; se había propuesto hacerlo de 14 a 18. Cuando llegó, se encontró con que obreros de la DAU estaban trabajando en los camerinos. De inmediato pidió que se retiraran: "necesito total silencio", reclamó. El responsable de esas tareas le pidió al menos 10 minutos, confiando que podían estirarse a 30. Pero no fue así: con el ojo en el reloj, Gelber controló exactamente los minutos.
LA CASUALIDAD.- La casualidad es sumamente creativa, opina Leonardo Goloboff. "Dirigía los ensayos de ?Las nieves del tiempo?. Quince días antes del estreno nos trajeron dos viejas máquinas de coser previstas por Guillermo de la Torre en el diseño escenográfico. Pero el ruido era infernal. Cuando ya desesperábamos, alguien advirtió que graduando la velocidad del pedaleo se modificaba el sonido a voluntad. Lo que había sido un problema se transformó en un efecto a favor, en un subrayado dramático no planificado, en una energía imprevista que hizo mucho más rica la puesta. Casos como éste se dan en todos los procesos, incluyendo por supuesto la propia dramaturgia", dijo.







