08 Julio 2005 Seguir en 
Una gran parte de la comunidad artística sufrió un duro golpe con la muerte de Fued Amin, a la edad de 82 años. Artista y docente, enseñó a distintas generaciones de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes, y fue uno de los plásticos más destacados de la provincia.
Ayer fue incesante, durante toda la mañana, la visita de amigos y discípulos para darle el último adiós al "maestro del color", como lo denominó Eugenia Juárez. "Fue un gran maestro y un amigo. Era un ser muy simple pero de gran profundidad y humanidad. Cuando hablaba de arte gozaba inmensamente, y lograba transmitir a través de las menores cosas, o de los detalles", recordó la directora de la Escuela de Bellas Artes de la UNT, donde enseñó Amin durante muchos años. Juárez relató que el artista nunca se cansaba de representar naturalezas muertas. "Nos decía que jamás iba a dejar de pintarlas; él tenía una verdadera pasión por el arte, y también por el tango", sostuvo.
Inesperadamente
Miguel Isas, su médico personal y amigo, comentó: "murió inesperadamente porque este era el momento en que mejor se sentía; estaba mejor que hace unas semanas; había soportado con gran fortaleza una enfermedad larga y terrible". "Yo le decía que había que llegar a agosto, para remontar como los volantines, pero desgraciadamente se lo llevó el general invierno", añadió.
El doctor, emocionado, aseguró que el artista era un ser maravilloso. "Y estaba acompañado por una familia que también es maravillosa", dijo.
EVOCACION
"Sin amor no hay nada"
Por Roberto Espinosa
Los pinceles se callaron casi a la medianoche. Una secuencia de milongas y tangos despeinó la tristeza de los caballetes en llanto. En la calle Maipú 514, la calva generosa de 82 años dejó de soñar naturalezas muertas y abstracciones.
Fued Amin había bebido el óleo del arte y de la vida de Benjamín Nemirovsky, Julio Oliva, Renato Droghetti, Julio Terragni, Timoteo Navarro y José Nieto Palacios, maestros que engrandecieron al Tucumán del siglo XX.
El tango, el cine, las historietas y Boca Juniors deslumbraron su alma niña. Sin embargo, no pudo entregarle su corazón al bandoneón. La pintura y la docencia lo aguardaban y él no las defraudó.
Ganó premios, pero estos no lo envanecieron. Le costaba seleccionar sus obras para exponer. Con su esposa Elba, comenzó a enseñar en el hospicio del Carmen. "Marta, ganadora del primer premio de pintura, acostumbraba a escaparse del hospital para irse a su pueblo y, después de varios meses, regresaba embarazada. Cuando daba a luz, el hijo le era retirado. Una vez desató un pañuelo y me dijo: ?Este es mi hijo?. Era un pedazo de cordón umbilical. Pude comprender a los enfermos y darme cuenta de que todo es una cuestión de amor. Sin amor no hay nada", recordaba.
Entusiasta, generoso, optimista, mantuvo una fecunda amistad con el crítico Ramón Alberto Pérez, que se tradujo en tres libros. "Yo no buscaba transmitir nada en especial. Para mí pintar era un acto de amor, un regodeo y si lograba algo, que fuera bello", decía.
"El Pila" Amin era una de esas personas que si se caía, podía lastimarse en cualquier momento. Porque corazón le ocupaba todo el cuerpo.
Ayer fue incesante, durante toda la mañana, la visita de amigos y discípulos para darle el último adiós al "maestro del color", como lo denominó Eugenia Juárez. "Fue un gran maestro y un amigo. Era un ser muy simple pero de gran profundidad y humanidad. Cuando hablaba de arte gozaba inmensamente, y lograba transmitir a través de las menores cosas, o de los detalles", recordó la directora de la Escuela de Bellas Artes de la UNT, donde enseñó Amin durante muchos años. Juárez relató que el artista nunca se cansaba de representar naturalezas muertas. "Nos decía que jamás iba a dejar de pintarlas; él tenía una verdadera pasión por el arte, y también por el tango", sostuvo.
Inesperadamente
Miguel Isas, su médico personal y amigo, comentó: "murió inesperadamente porque este era el momento en que mejor se sentía; estaba mejor que hace unas semanas; había soportado con gran fortaleza una enfermedad larga y terrible". "Yo le decía que había que llegar a agosto, para remontar como los volantines, pero desgraciadamente se lo llevó el general invierno", añadió.
El doctor, emocionado, aseguró que el artista era un ser maravilloso. "Y estaba acompañado por una familia que también es maravillosa", dijo.
"Sin amor no hay nada"
Por Roberto Espinosa
Los pinceles se callaron casi a la medianoche. Una secuencia de milongas y tangos despeinó la tristeza de los caballetes en llanto. En la calle Maipú 514, la calva generosa de 82 años dejó de soñar naturalezas muertas y abstracciones.
Fued Amin había bebido el óleo del arte y de la vida de Benjamín Nemirovsky, Julio Oliva, Renato Droghetti, Julio Terragni, Timoteo Navarro y José Nieto Palacios, maestros que engrandecieron al Tucumán del siglo XX.
El tango, el cine, las historietas y Boca Juniors deslumbraron su alma niña. Sin embargo, no pudo entregarle su corazón al bandoneón. La pintura y la docencia lo aguardaban y él no las defraudó.
Ganó premios, pero estos no lo envanecieron. Le costaba seleccionar sus obras para exponer. Con su esposa Elba, comenzó a enseñar en el hospicio del Carmen. "Marta, ganadora del primer premio de pintura, acostumbraba a escaparse del hospital para irse a su pueblo y, después de varios meses, regresaba embarazada. Cuando daba a luz, el hijo le era retirado. Una vez desató un pañuelo y me dijo: ?Este es mi hijo?. Era un pedazo de cordón umbilical. Pude comprender a los enfermos y darme cuenta de que todo es una cuestión de amor. Sin amor no hay nada", recordaba.
Entusiasta, generoso, optimista, mantuvo una fecunda amistad con el crítico Ramón Alberto Pérez, que se tradujo en tres libros. "Yo no buscaba transmitir nada en especial. Para mí pintar era un acto de amor, un regodeo y si lograba algo, que fuera bello", decía.
"El Pila" Amin era una de esas personas que si se caía, podía lastimarse en cualquier momento. Porque corazón le ocupaba todo el cuerpo.







