Hay momentos en que el clima se pone arisco para recordarle a la política que el poder es, antes que nada, una veleta inestable. Y si hay alguien a quien por estos días parece perseguirlo una racha de esas que harían dudar al más optimista de los gurúes, es a Javier Milei. En unas pocas semanas, la red de afinidades internacionales que cultivó con altísimo fervor ideológico empezó a deshilacharse rápido, mientras la llegada del Papa se le viene encima para recordarle al Presidente que la pobreza es una ignominia. León XIV no le podrá hacer demasiados cargos por la pesada herencia recibida, pero sí lo apestillará hacia adelante para que busque soluciones rápidas y certeras para que la condición humana ingrese de una buena vez en la hoja de cálculo.
No lo dirá de modo tan directo, tal el lenguaje de la Iglesia, pero se ocupará de exponerlo. Y aunque Milei retruque que los fondos del ministerio de Capital Humano hoy se usan con holgura para ese menester, el reclamo será más profundo: hay que incentivar las oportunidades hacia el futuro comenzando desde ahora por lo básico, la generación de trabajo y espacios para la educación. En medio de ese complicado frente de tormenta, el eventual repliegue de Milei hoy no parece ser solo ético ni doméstico, sino también geopolítico a nivel internacional.
Las dificultades y los reveses que acorralan a varios de sus referentes predilectos, como Flávio Bolsonaro, Benjamin Netanyahu o el propio Donald Trump, no explican por sí solos los problemas de la Casa Rosada, pero le quitan ese colchón de épica global, justo cuando más falta le hace. La señal más cercana y ruidosa llegó antes del fin de semana desde Asunción: la abrupta destitución y encierro para Santiago Peña -a quien el oficialismo exhibía como el gran socio de sintonía libertaria en la región-dejó a la Argentina sin su principal punto de apoyo en el vecindario.
A todos esos contrastes exteriores en cascada, se le sumó un sainete diplomático con aroma a comedia de enredos: el apretón de manos frío y a regañadientes con Pedro Sánchez y el posterior desdén de la Corona española en Madrid que lo dejó a Milei sin reunión con Felipe VI. Un saldo internacional más que preocupante para quien convirtió la política exterior en la tarima principal de su batalla cultural.
Desde lo práctico, está claro que en la ventanilla de los mercados, la que atiende en Wall Street, no corren los pergaminos ideológicos y, por eso, el cachetazo que recibió Trump en los Estados Unidos repercutió de inmediato en la pantalla del riesgo-país argentino. El impacto dejó al desnudo que el ansiado salvavidas externo hoy parece tener el canal cerrado hacia adelante. A eso se le sumó la demanda de mayor flexibilidad de los mercados y el FMI para asegurar las elecciones, algo a lo que la ortodoxia presidencial se resiste. Gobernar siempre exige hacerlo en medio de imprevistos y restricciones, pero está claro que el temporal se vuelve bastante más severo cuando el viento en contra de afuera coincide con el oleaje que se acelera en el frente doméstico.
Con todo, las turbulencias y tensiones no se agotan en los radares de la economía ni en la intemperie exterior. En los despachos de Balcarce 50 el aire también se volvió espeso por las fichas que se mueven puertas adentro del oficialismo. Quien viene marcando el ritmo de esa incomodidad es Patricia Bullrich desde su trinchera en el Senado, perfilada ya como una alternativa para 2027 por si la pasividad y los tropiezos de la economía doméstica terminan de licuar el capital político del Presidente. Con el olfato afinado para detectar las costuras flojas de la gestión y medir la temperatura emocional del electorado, la senadora aceleró un juego propio que en la cima del poder leen con abierta desconfianza. Fotos de grupo con la mesa chica, guiños al “círculo rojo” y la sombra de una pulseada que va mucho más allá del día a día pusieron en guardia a Karina Milei y a su entorno.
El distanciamiento dejó de ser un mero murmullo de pasillo para instalarse de lleno en el temario legislativo. En un claro desvío respecto de la ortodoxia fiscal que pregona la Casa Rosada, la senadora empujó en la semana el dictamen sobre Discapacidad, a contramano de las objeciones de Economía, al tiempo que pregona a diario la defensa de la libertad de prensa, tras los cruces e insultos del Presidente hacia el periodismo. En el entorno presidencial la lectura no admite doble faz: la jefa del bloque empezó a priorizar su propio armado por sobre la disciplina y la cohesión del espacio.
La estocada más audaz de la senadora se cocinó en la antesala del desembarco pontificio. Al apurar el tratamiento de la ley contra la ludopatía infantil -un expediente que el oficialismo cajoneaba desde hacía dos años- Bullrich se alineó tácticamente con un histórico reclamo de la Iglesia, dejando al bloque libertario al menos descolocado. La jugada no solo expuso las grietas del Senado, sino que le imprimió un condimento espeso al menú oficial: mientras el descalabro exterior amenaza con desbordarlo todo y el frente interno cruje, el Gobierno recibe a León XIV con la obligación urgente de correr el eje y de rediscutir el relato frente a lo que serán las demandas papales para encontrar quizás allí algún aire que devuelva el foco a la gestión.
Por eso, la visita vaticana promete convertirse en uno de los hechos políticos y sociales más relevantes de los próximos meses. Camino a las elecciones. No tanto por los gestos protocolares ni por las inevitables especulaciones partidarias, sino porque pondrá frente a frente dos maneras muy diferentes de concebir el vínculo entre la economía, la comunidad y el Estado. El contraste salta a la vista en la Argentina actual: mientras el oficialismo presenta al mercado como principal organizador de la vida social y desconfía de casi toda intervención pública, la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia sostiene que la economía debe estar subordinada a la dignidad humana y al bien común. La discusión, por lo tanto, excede largamente la coyuntura ya que se trata de una disputa sobre valores.
La singularidad del debate es que no enfrenta al Gobierno con la izquierda tradicional, sino con una institución que defiende la propiedad privada, rechaza el socialismo y, al mismo tiempo, reclama límites éticos para el funcionamiento del capital. Desde León XIII hasta el actual Pontífice, la Iglesia ha sostenido que el éxito económico no puede desligarse de la situación concreta de los más vulnerables. En un país donde la recuperación macro convive con fuertes tensiones sociales, ese mensaje adquiere forzosamente un inmediato espesor político.
También la llegada del Papa despertará entre políticos una competencia silenciosa por su cercanía simbólica y quizás en esa situación está la explicación de la negativa de Francisco de venir a la Argentina: no quería ser utilizado. León no tiene esa traba, aunque igualmente esta vez oficialismo y oposición intentarán asociarse, de una u otra manera, a una figura que conserva atributos cada vez más escasos en la vida pública: autoridad moral, prestigio internacional y capacidad de convocatoria. La fotografía junto al Pontífice puede representar una oportunidad, pero también encierra un riesgo ya que quien busque beneficiarse de su legitimidad va a quedar expuesto fatalmente a las preguntas que, de modo ineludible, acompañan su prédica sobre la pobreza, la exclusión, la convivencia democrática y la responsabilidad del poder.
Sin embargo, el protagonismo principal no estará en las tribunas de la política. A diferencia de lo que ocurrió en Uruguay debido a su tradición laica, serán cientos de miles las personas que se movilizarán por razones sencillas y profundas a la vez, más allá de la fe. En una sociedad golpeada por las penurias cotidianas, la incertidumbre financiera y la fatiga anímica, la figura del Pontífice funciona para ella como una voz capaz de recordar que detrás de las estadísticas hay gente de carne y hueso. No porque la calle espere un milagro para pagar la tarjeta, sino porque el Papa entrega algo que urge cuidar tanto como los dólares del Banco Central: atención, escucha y un poco de aire fresco en medio del agobio.
Quizás allí resida la verdadera importancia de la visita. León XIV difícilmente modifique por sí solo el rumbo de la Argentina, pero puede volver a instalar preguntas que la política suele archivar: qué lugar ocupan los que quedan al margen, cuánto vale la cohesión social en tiempos de sacrificio y qué responsabilidades acompañan al ejercicio del poder. Después llegará el momento de las respuestas. Y, como siempre, dependerán menos del mensajero que de quienes deberían escucharlo.












