Por José Gabriel Ceballos
Para LA GACETA - CORRIENTES
Los recientes casos del escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien y del peruano David Silva Rojas nos obligan a preguntarnos sobre el futuro de la literatura.
Una novela de Thélyson Orélien competía por el Premio Goncourt, el máximo galardón literario de Francia. Los organizadores del concurso descubrieron que el texto habría sido escrito mediante la IA, o que existiría casi un cien por ciento de posibilidades de ello, y retiraron su nominación. Lo de Silva Rojas parece aún más grave. Su novela corta “Donde el agua trabaja” había ganado el premio Almadía Ventosa-Arrufat, imponiéndose a 2.200 candidatas. Cuando la editorial respectiva iba a presentar el libro en Madrid y otras ciudades de España, se descubre que habría habido una decisiva intervención de la IA en la escritura del texto. La editorial suspendió las presentaciones.
Ahora bien: no perdamos de vista que en principio se trata de dos libros muy atractivos, o no hubiesen alcanzado tales posiciones en concursos tan relevantes. Libros sumamente aptos para conquistar lectores y que, por ende, cualquier editor querría incluir en su catálogo. Un detalle que, de ser verdad la imputación que se hace a sus autores, justifica que los escritores que creamos literatura sin abusar de la IA nos alarmemos. ¿Qué futuro le espera a nuestro oficio? ¿Cómo competir con quienes escriben a través de la Inteligencia Artificial? ¿Estamos condenados a desaparecer? Un peligro más que concreto, evidente. Y que nos demanda una actitud concienzuda.
Cuánto ceder
Hay que comenzar por admitir que en mayor o menor medida, con o sin las evaluaciones pertinentes, la generalidad de los autores ya usamos la Inteligencia Artificial directa o indirectamente. Desde luego que me refiero a un uso marginal, limitado a operaciones secundarias. Buscar, por ejemplo, el significado de una palabra o un sinónimo, o disipar una duda gramatical.
Si antes recurríamos para eso a auxiliares de papel (diccionarios, libros de gramática) y después sustituimos tales herramientas por el WordReference y el DRAE, hoy operamos en dichas búsquedas con la IA. Resulta, incluso, inevitable. Casi todas las herramientas virtuales hoy se hallan conectadas a la IA.
Pero lo esencial del asunto, creo, es determinar hasta qué punto vamos a ceder espacio, en nuestra actividad de escritores, a la ayuda inconmensurable que nos ofrece la Inteligencia Artificial. Y aquí corresponde analizar un poco en qué consiste el acto de escribir literatura.
Se dice que la escritura literaria cumple una función catártica, si se quiere terapéutica, y una función de comunicación. En mi opinión, no por esquemática la idea carece de visos validez.
En cuanto a la catarsis, tratándose de poesía la cuestión casi no requiere explicaciones. Tratándose de narrativa, veamos:
El proceso de “sacar” lo oculto en nosotros (nuestras “oscuridades interiores” -deseos, frustraciones, traumas, fantasmas, obsesiones-) y ponerlo en nuestros personajes y sus acciones funcionaría como en el psicoanálisis, sólo que el liberador, en lugar del psicoanalista, sería un ente inventado por uno mismo. O conviene decir: el liberador sería el impulso creativo; el personaje y sus acciones resultarían una especie de cristalización de la catarsis. Lo habría confesado Flaubert: “Madame Bovary soy yo”. En un reciente reportaje, en la revista Letralia, el escritor Alejandro Bovino Maciel expresó que para él hacer literatura “es el mejor modo de hablarme a mí mismo sin tener que pagar una terapia”, y conste que Bovino Maciel es psiquiatra. Existirán, desde luego, grados, grises, y niveles de autorreconocimiento o aceptación, y excepciones, pero se advierte con bastante claridad que por lo menos en lo atinente a los personajes psicológicamente más fuertes algo de eso pasa. Pero debemos añadir algo más sobre esa catarsis: ella guardaría una estrecha relación con la pasión con que escribimos. La pasión constituiría una condición básica para que se produzca la catarsis y, a su vez, la segunda alimentaría a la primera. Catarsis y pasión mantendrían un vínculo indisoluble en el acto de escribir. “Escribir con las tripas”, una metáfora válida tanto para la pasión como para la catarsis. Saber dónde radica la causa y dónde el efecto excede al propósito de esta nota, y además, en esas honduras de la mente no me meto.
La función de comunicar difícilmente amerite discusión. Escribimos para comunicarnos con nuestros semejantes, o no nos interesaría publicar. Cito a Mario Levrero: “Lo esencial en el arte es la comunicación. El arte atiende a ciertos niveles de comunicación, a los más profundos (…) Al escribir ya no soy yo, no estoy solo con la perturbación, tratando de liberarme de ella, sino que soy yo tratando de comunicarme, creando una estructura que me representa ante otro ser.” Y aquí me permito agregar que la perspectiva de comunicar es lo que nos obliga a la tarea de mejorar la forma. Sin ella, nuestros afanes por corregir, por pulir lo que redactamos, perderían su sentido.
Pues bien, yo pienso que el esquema “escritura literaria = catarsis + comunicación” tal vez sirve para determinar hasta qué punto cederemos espacio a la Inteligencia Artificial sin deslegitimarnos como escritores. Que la función catártica -léase también: la pasión- constituiría el límite. Me refiero a usar la IA en cuanto a la función de comunicar pero sin dejar que ella menoscabe la catarsis y por lo tanto tampoco nuestra pasión por escribir, degradándola a especulación. Los escritores no ignoramos cuándo trabajamos sin pasión y sin catarsis. No necesitamos una sensibilidad extraordinaria para sentirlo.
Sin las tripas
Imaginemos que renunciamos a escribir “con las tripas”. Entonces sí que empezaríamos a transformar la literatura en algo muy distinto a lo que hoy nos abarca. En algo capaz de prescindir de escritores que prefieren no abusar de la IA.
¿Valdrá la pena esa resistencia? Sin duda, sí. Porque, aunque los lectores, atraídos por la supuesta calidad formal, corran tras las obras producidas más allá del antedicho límite, y los editores se empeñen en publicar obras de ese tipo (puesto que lo suyo es vender con inversiones bajas) y de los premios literarios desaparezcan los escrúpulos contra la IA, los escritores “no artificiales” necesitaremos seguir escribiendo como hasta hoy, movidos por la pasión y expresándonos mediante la catarsis. Y si traicionamos nuestra vocación y nuestro oficio ya no lograremos hacerlo en ninguna medida.
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José Ceballos - Escritor, Su último libro es La obstinada sombra del Furia Vargas.







