La misa de hoy: recibir al Papa desde la unidad de los argentinos

El mandamiento del amor puede convertirse en el fundamento espiritual de la unidad argentina y la venida del Papa León XIV, ser una oportunidad providencial para reconstruir los vínculos entre los argentinos. En el Evangelio de hoy, Mateo 22, 34-40, Jesús une dos amores inseparables: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. ¿Cómo podemos decir que amamos a Dios si no somos capaces de reconocernos como hermanos?

1- Amar a Dios es aprender a mirar a la Argentina con los ojos de Dios. Jesús revela el corazón de toda la vida religiosa: el amor. Amar a Dios significa reconocerlo como el fundamento de nuestra existencia, de nuestra dignidad y de nuestra esperanza. Pero ese amor tiene consecuencias. Quien descubre que Dios es Padre comienza a mirar a los demás ya no solamente como personas que piensan igual o diferente, sino como hombres y mujeres que poseen una dignidad que no depende de sus ideas, sus recursos ni sus circunstancias.

Durante demasiado tiempo, nuestras diferencias pueden convertirse en distancias, nuestras discusiones en enfrentamientos y nuestras convicciones en motivos para descalificar a quienes no las comparten. El problema no es que pensemos diferente. Una sociedad viva necesita el pluralismo, el debate y la confrontación de ideas. Todo comienza cuando dejamos de reconocer la dignidad de quien piensa diferente.

La unidad nacional es aprender a reconocernos como hermanos aun pensando diferente. Nos preguntemos si estamos dispuestos a convertir nuestra manera de mirar, de hablar y de relacionarnos. No podemos pedirle a Dios que bendiga a la Argentina si contribuimos a que los argentinos se desprecien entre sí.

2. El argentino que piensa diferente también es mi prójimo. Quizás este sea el punto más desafiante del Evangelio para nuestra situación. Es relativamente fácil hablar del amor al prójimo en términos generales. Lo difícil es amar al prójimo concreto: al que me contradice, al que cuestiona mis ideas, al que vota de otra manera, al que interpreta la realidad desde otra experiencia o al que considero responsable de los problemas que estamos viviendo. El Evangelio no nos exige renunciar a nuestras convicciones, sino algo más profundo: que nuestras convicciones nunca nos hagan renunciar al amor.

Podemos disentir con firmeza, denunciar injusticias, exigir responsabilidades, disentir sobre modelos económicos, políticas públicas y proyectos de país; pero no debemos convertir al otro en un enemigo cuya desaparición es necesaria para que el país pueda salir adelante.

La preparación de la visita papal podría convertirse en una gran escuela de fraternidad, en una oportunidad para que familias, comunidades, dirigentes, trabajadores, empresarios, educadores y jóvenes se pregunten qué palabras debemos dejar de utilizar para humillar al otro; sobre los prejuicios nos impiden escucharnos: sobre las heridas a reconocer; y sobre lo que podemos hacer juntos sin pensar igual.

3- Una oportunidad para que la Argentina se reencuentre. La Conferencia Episcopal Argentina ha presentado la visita de León XIV como una oportunidad para el reencuentro, la esperanza, el diálogo y la comunión nacional. El lema elegido es “Bienvenidos todos. Vayan y anuncien”. Es importante detenernos en la palabra todos.

El Papa no viene solo para quienes participan habitualmente de la Iglesia. Puede ofrecer un mensaje a católicos practicantes, creyentes alejados, personas de otras confesiones y hombres y mujeres que buscan sinceramente el bien de nuestro país. La Iglesia debe saber recibirlos sin preguntarles de qué sector vienen, qué posición sostienen o qué diferencias los separan. La hospitalidad cristiana comienza por abrir las puertas y reconocer en cada uno a alguien digno de ser escuchado. Nos reunimos para salir transformados y asumir una misión. Si la visita produce entusiasmo, pero seguimos alimentando el desprecio, habremos perdido una parte de su potencial evangelizador.

4. De la grieta a la fraternidad: una conversión del corazón argentino. La unidad de una nación no se construye negando sus conflictos, silenciando las diferencias ni exigiendo que todos acepten una única interpretación de la realidad; sino cuando existe el reconocimiento de que compartimos una misma dignidad y una responsabilidad por el futuro común. La reconciliación tampoco significa olvidar la historia, renunciar a la justicia o dejar de señalar los errores, sino impedir que las heridas del pasado determinen nuestras relaciones futuras.

El amor al prójimo es una decisión que debe hacerse visible en nuestras palabras, acciones y responsabilidades públicas. La venida del Papa puede ayudarnos a recuperar esta convicción: la Argentina no es solamente un territorio que compartimos; es una comunidad humana cuya suerte nos compromete a todos. No todos tenemos las mismas responsabilidades, pero cada ciudadano puede contribuir a una cultura de respeto, justicia y fraternidad. Que cada uno haga su parte sin dejar de reconocer al otro como hermano.

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