La ausencia de Nancy

La misteriosa desaparición de Nancy Godoy, una maestra rural de Corrientes, conmueve y multiplica los interrogantes sobre su destino. Pero el caso también expone una realidad mucho más profunda: el abandono de los docentes que trabajan en escuelas aisladas, sin recursos ni condiciones mínimas de seguridad.

Mientras escribo esto, Nancy Godoy es un gran misterio. Uno hecho de numerosas preguntas.

¿Dónde está? ¿Está viva o está muerta?

¿Cuándo salió de su escuela? ¿Salió sola o acompañada? ¿La sacaron engañada? ¿Alguien la apremiaba? ¿Intentó enviar un mensaje por su teléfono pero se lo impidieron o, como era habitual en aquellos andurriales, el aparato no tenía señal? ¿Nadie la vio salir? Pasar por aquella vieja puerta carcomida por la humedad, atravesar el patio invadido por el barro, quizá pasar junto al arbolito en cuya sombra solía dar clases a sus cuatro alumnos los días de calor y sin electricidad, quizá escudriñar el malezal en busca de una presencia que la salvara, ¿nadie la vio?

Los interrogantes cunden por todas partes. En televisores, en radios, en las redes, en la calle. Ocupan espacios destacados en los periódicos. Esta mañana, un taxista me habló del tema. Mi mujer me contó que en un consultorio médico oyó cierta hipótesis descabellada al respecto. Los comentarios denotan aflicción, como corresponde, porque una maestra rural sola en los confines del mundo y desaparecida sin dejar rastros lógicamente nos conmueve. Mientras tanto, fotografías de Nancy circulan sin cesar, y se publicaron algunos datos suyos: 52 años, contextura mediana, tez morena, cabello castaño oscuro, corto y recogido, ojos marrones, aproximadamente 1,65 de altura, pequeña cicatriz en la mejilla izquierda. Y trascienden datos de su historia, su entorno, sus hábitos. Y los fiscales y los policías se muestran en las pantallas exhaustos por tanta actividad, y la gente organiza marchas de protesta por la lentitud de la investigación.

Pero la ausencia de Nancy Godoy no se reduce a un misterio. Exige que reflexionemos sobre lo que dicha ausencia representa. Quizá el aspecto más absurdo y vergonzoso de nuestra maltrecha educación pública. Parecerá demasiado previsible, pero hay que decirlo.

Maestros rurales perdidos en la nada. Trabajando en un absoluto desamparo. Expuestos a peligros tremendos y constantes. Escuelas aisladas, a las que sólo se arriba a pie o a caballo después de viajar kilómetros interminables por desiertos llenos de amenazas, y en las que hay que subirse al techo para comunicarse (tal vez) a través de un teléfono. Escuelas que todavía funcionan con “personal único”. Donde no llegan los inspectores y si llegan no sirven para nada.

He ahí lo que la ausencia de Nancy Godoy representa. La causa de fondo de su desaparición. Cuando ella se hundió en el misterio lo hizo como una consecuencia casi natural de tal realidad. Podía no haber sucedido, pero sucedió y -circunstancias secundarias al margen- ahora se ve como casi lógico que haya sucedido.

Una realidad que en estos tiempos de supertecnologías, inteligencia artificial, proyectos de turismo espacial y autos voladores amerita que sintamos el más visceral desprecio por sus culpables.

¿Cuáles culpables? ¿Cómo se llaman? Nunca lo sabremos, por supuesto. Se hallan muy bien protegidos por los laberintos de la burocracia y del poder. A lo sumo mencionaremos algunos nombres y cargos sintiendo que en mayor o menor medida somos injustos, por falta de pruebas suficientes y porque la lista se extiende incalculablemente. Y a lo sumo se producirá una renuncia que sólo nos permitirá corroborar el dicho de que el hilo se corta siempre por lo más fino.

Sin embargo, debemos mantener la perspectiva. Evitar que el caso de Nancy Godoy, cualquiera sea su resolución, se desdibuje como un simple episodio policial. Y desde ya abstenernos de edulcorar el caso con la mirada romántica que ve en Nancy una heroína (nadie necesita ese tipo de héroes, necesitamos docentes sanos y salvos, y en condiciones propicias para impartir una enseñanza eficaz).

Tal vez así ayudaremos a que algún culpable “de fondo” sienta su culpa y evite que ocurra un hecho similar. Y así lo que le pasó a Nancy por lo menos tendrá un sentido.

© LA GACETA

José Gabriel Ceballos – Escritor.

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