Cartas de lectores: ¿quién está pensando por tu hijo?

Hace no tantos años, muchos de nosotros pasábamos largas tardes resolviendo tareas de Lengua con un diccionario de papel entre las manos. Hoy, para un niño de la misma edad, aquella escena puede resultar casi impensable, ¿no? Después de todo, la inteligencia artificial es capaz de ofrecerle una respuesta perfectamente elaborada en cuestión de segundos. Y todo esto ocurre en una cultura regida por la inmediatez, la gratificación instantánea y una creciente intolerancia al esfuerzo. La búsqueda, la duda y hasta la frustración parecen pertenecer a otra era... Hay algo particularmente extraño en nuestra época. Hemos alcanzado un desarrollo tecnológico sin precedentes y, sin embargo, pareciera que cada nuevo avance viene acompañado de una menor disposición a realizar aquello que ahora puede hacer una máquina por nosotros. Durante siglos intentamos reducir el esfuerzo físico; hoy, por primera vez a esta escala, también podemos delegar parte de nuestro esfuerzo intelectual. No le suena esto extremadamente peligroso señor lector? No deja de resultarme inquietante que esto ocurra precisamente en una sociedad que ha convertido la inmediatez en una necesidad casi fisiológica. El homo sapiens, cuya supervivencia dependió durante milenios de su capacidad de adaptación, parece encontrarse ante una nueva forma de comodidad: la posibilidad de acceder a respuestas sin necesariamente participar en su elaboración. Jean Piaget sostenía que el conocimiento no se recibe pasivamente, sino que se construye mediante la interacción con el entorno. Durante la infancia, equivocarse, experimentar, formular hipótesis y enfrentarse a problemas forman parte del desarrollo de las estructuras cognitivas. La educación primaria es una etapa decisiva para la formación del razonamiento, la autonomía intelectual y las funciones ejecutivas. ¿Qué haremos entonces, señor lector, ante una herramienta  que puede anticiparse constantemente a esos procesos? ¿Estamos facilitando el aprendizaje o anulándolo? Como tantas cosas en esta vida, sería un error caer en el absurdo absolutismo de afirmar que la inteligencia artificial constituye únicamente una amenaza para nuestra sociedad. Pero igual de absurdo sería asumir que todo avance tecnológico representa, por sí mismo, un progreso para la humanidad. No pretendo romantizar la educación de generaciones anteriores. Lo que me preocupa es la naturalidad con la que estamos incorporando una tecnología de semejante alcance en una etapa tan vulnerable y determinante del desarrollo humano. Y es justamente por eso que le escribo, estimado lector. No para convencerlo de que la inteligencia artificial es una amenaza, ni para despertar una nostalgia absurda por tiempos pasados. Le escribo porque considero que hay preguntas que, como sociedad, estamos tardando demasiado en hacernos. Porque mientras discutimos hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial, quizás estamos prestando muy poca atención a lo que sucede con quienes recién comienzan a descubrir hasta dónde pueden llegar por sí mismos. No tengo la certeza de que estas herramientas comprometan el desarrollo intelectual de un niño. Pero tampoco creo que debamos esperar a tener todas las respuestas para empezar a crear las preguntas. Y mientras la inteligencia artificial parece no encontrar límites en su desarrollo, no puedo evitar preguntarme: ¿hasta dónde llegaremos nosotros.

Martina Troitiño                                     

martinatroitino@gmail.com

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