El tiempo se detiene. O al menos, eso parece. La familia Arizu te abraza, te acoge y te guía por algunas de las cientos de hectáreas que la finca tiene en Maipú, Mendoza. Esa calidez que se respira, la música que emociona, la explosión de sabores y los vinos que no dejan de sorprender le valieron a El Paraíso la Medalla de Oro en los Best of Wine Tourism 2026, en la categoría Experiencias Innovadoras.
Luigi Bosca fue elegida "Mejor Bodega del Nuevo Mundo" en la gala de los Wine Star Awards, que otorga la revista estadounidense Wine Enthusiast, a principios de año. El Paraíso, donde nace la fruta que luego se convierte en vino, está a unos 45 minutos del centro de la Ciudad de Mendoza. Es la finca más antigua y extensa de una familia que llegó desde Europa a finales del siglo XIX.
"El paraíso existe y está aquí, en Maipú", dice la voz mendocina que da la bienvenida mientras sirve en las copas un blend de blancas. Vides por donde se mire. Olivos centenarios. Pájaros que cruzan el cielo sin apuro. En el medio, una imponente casona de estilo ecléctico (en arquitectura es una mezcla de italianizante y otras corrientes) que invita a quedarse. El tiempo transcurre más lento, como remarca Alberto Arizu en el audioguía que acompaña el paseo. No interrumpe. No invade. Solo susurra al oído la historia de una familia, con las voces de su padre Leoncio y de su hijo Alberto, actual presidente ejecutivo de la firma.
La propuesta enoturística “Raíces” tiene cuatro paradas. En cada una, un vino distinto espera. La primera es "La residencia", con un Chardonnay que abre la conversación. Sigue "Las vides", con un Cabernet Franc que muestra el carácter del terruño. Después llega "El Mirador", donde el Malbec se disfruta desde la altura, con la Cordillera de los Andes como telón de fondo. Y cierra "Los Olivos", con un Cabernet Sauvignon y una cata de aceite de oliva Essencia Extra Virgen de producción limitada, casi un secreto de la casa. En cada punto, un pasaporte se sella para certificar el paso de los visitantes.
La idea queda retratada en una parte del audio que acompaña el recorrido. "Cuando diseñamos esta experiencia pensamos en el paraíso que queríamos obsequiarte a vos. Uno muy cercano, de gran vegetación, lagunas, frutales, flores, fauna y abundancia. Intento que cada persona se encuentre reflejada en nuestra labor, porque un vino ante todo tiene que tener corazón", afirma Alberto Arizu (h).
Cada propuesta está pensada desde lo sensorial. Cada vino, cada aroma, cada rincón de la finca apela a los sentidos y se conecta con el patrimonio emocional de la marca, con sus raíces, con esa historia que empezó hace más de un siglo y sigue viva en cada copa. "Lo más valioso que un ser te puede dar es el fruto de su tiempo", señalan los Arizu para resaltar el respeto que tienen por las plantas.
Esta finca y la casa familiar que se levantó en 1905 fueron un motor de investigación e inspiración. Allí se combinaron naturaleza, arte, ciencia e instinto para dar forma a algunos de los hitos más importantes de la historia de la marca. En sus viñedos crecen Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Petit Verdot, Pinot Noir, Syrah, Pinot Meunier, Chardonnay, Pinot Blanc, Sauvignon Blanc, Viognier y Gewürztraminer.
"El espíritu pionero de Leoncio está también en mi hijo Alberto, mi papá cosechando y mi hijo subiendo de un avión a otro incansablemente recorriendo el mundo. Esto es lo que quería compartir, porque de alguna manera, algo que nos toca a todos: ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? ¿Qué nos dieron y qué vamos a hacer con eso que nos dieron? ¿Cómo lo vamos a mejorar? En definitiva, ¿qué va a quedar de nosotros en esta línea de tiempo?", se pregunta don Alberto en grabación que acompaña al recorrido.
Mendoza es la capital del vino argentino y concentra cerca del 70% de la producción nacional. Su red de enoturismo, la más extensa de América Latina, reúne unas 900 bodegas, de las cuales más de 250 están abiertas al público. La provincia recibe visitantes de todo el mundo, pero son los brasileños los que llegan en mayor número. Dejan atrás la ligereza de la cerveza y la frescura de la caipiriña para sentir el terroir en la copa, con las montañas de fondo.
Bienvenidos al banquete
La experiencia "Fuegos" es una de las paradas opcionales para seguir conociendo a los Arizu. Tiene una duración de aproximadamente cuatro horas. Comienza con pequeñas preparaciones a fuego abierto. Entre ellas, los chorizos con especias que elaboran los propios cocineros y las empanadas mendocinas. El chef Pablo del Río cuenta que estas se distinguen de las tucumanas por llevar más cebolla que carne picada, un pequeño toque de pimentón y comino, y mucho orégano. Lo más curioso es que se maridan con un espumante de Luigi Bosca que limpia el paladar, equilibra la salinidad y realza los sabores de los condimentos sin competir con ellos.
Luego, un giro sorprendente traslada a los visitantes al invernadero, donde los espera un menú especialmente elaborado, maridado con vinos seleccionados por Pablo Cúneo, elegido como el mejor enólogo de 2026 por el crítico británico Tim Atkin. El winemaker explica cómo se hizo cada varietal, qué decisiones se debatieron durante la producción y por qué los elige para acompañar los platos que prepara el equipo de Del Río.
El gran protagonista es el chivo mendocino, uno de los productos insignia de la gastronomía cuyana. Del Río destaca que se cocina a fuego lento y que su sabor intenso lo convierte en uno de los platos estrella de la experiencia.
La otra opción es la experiencia "Canasta", que se disfruta al aire libre, en los jardines de la finca. Incluye una canasta privada con una selección de platos del chef, pensados para compartir y maridados con la bebida nacional. Una invitación a recorrer sabores y paisajes sin horarios, sin protocolos, a otro ritmo.
"Hoy tuve el honor de acompañarte por la finca en la que nací, crecí y aprendí todo lo que sé sobre vid y vida, para contarte nuestro legado y para que vos nunca dejes de luchar por el tuyo", cierra el mensaje de don Alberto en los auriculares. La frase perdura durante el almuerzo en el invernadero, se cuela entre las copas, se repite en las conversaciones y se instala, sin permiso, en la memoria. Cuando el visitante se va, ya no recuerda solo los vinos. Recuerda que alguien le habló de luchar por lo propio.












