Nunca pensé que este momento iba a llegar. O, mejor dicho, nunca quise aceptarlo. Me niego a pensar que fue la última vez que Luis Miguel Rodríguez pisó mi césped. ¿Cuántos recuerdos compartimos, “Pulguita”? ¿Cuántas veces fui testigo privilegiado de una de tus genialidades? Te vi llegar cuando apenas empezabas a escribir tu historia en 25 de Mayo y Chile, te vi crecer como futbolista y como hombre y, ayer, después de tantos años juntos, me tocó despedirte. Todavía me cuesta creerlo.
Tengo que admitir, eso sí, que me prepararon como correspondía. Desde hacía varios días sabía que volverías para que el pueblo “decano” pudiera homenajearte y mis tribunas empezaron a cargarse de expectativa. Este sábado me vistieron especialmente para vos: aparecieron banderas, murales y recuerdos en cada rincón. Yo también quería estar a la altura de una noche semejante, porque sabía que no iba a ser una jornada cualquiera.
Y después comenzaron a entrar viejos conocidos. Javier “Satanás” Páez, Claudio “Cape” Sarría, Martín “Vikingo” Granero, Sebastián Longo, César Montiglio, Juan Pablo Pereyra… ¡Si me habrán hecho disfrutar! Volver a verlos sobre mi césped fue como abrir de golpe uno de esos álbumes que uno guarda durante años. Ahí estaba buena parte de aquel equipo de 2008 que me hizo vibrar con un ascenso inolvidable. Qué conjunto aquel. Y, por supuesto, ahí estabas vos, “Pulga”, empezando a convertirte en protagonista de esta historia.
La emoción se repitió cuando aparecieron los muchachos de 2015. Leandro González, Emanuel “Mago” Molina, Pablo Cáceres, Nery Leyes… También los recuerdo perfectamente. Ese equipo consiguió otro ascenso y armó una base que poco tiempo después llevaría a Atlético hasta lugares que alguna vez parecían imposibles, incluso la Copa Libertadores. Tenerlos otra vez conmigo fue un mimo para esta vieja alma de cemento.
Pereyra parece no haber envejecido, “Cape” todavía conserva esa calidad y el “Vikingo” sigue teniendo esa potencia y personalidad que lo hacían tan reconocible. Cuando los vi asociarse otra vez, tocar de primera y buscarte a vos, sentí que durante algunos minutos el tiempo había retrocedido. No tanto, en realidad, porque todavía tengo demasiado presentes aquellas tardes. Qué felices fuimos juntos y qué lindo fue volver a verlos compartir una cancha.
Pero entre tantos reencuentros era imposible no mirarte especialmente a vos. Desde que apareciste en el campo supe que esta noche era distinta. Y cuando hablaste con esos hinchas que tantas veces llenaron mis tribunas, sentí que todo adquiría todavía más sentido. “El hincha de Atlético tiene un corazón enorme. Fuimos tan pero tan felices en este campo de juego. Siempre voy a ser hincha de Atlético. Es la camiseta que amo, me dio muchas alegrías. Digo pocas palabras, pero los amo, Atlético Tucumán”, les dijiste con esa simpleza que siempre te caracterizó. No sé si los estadios lloramos, pero juro que aquella noche sentí una lágrima recorrer alguna de mis tribunas.
Y después empezaste a jugar. Ahí sí, “Pulga”, me acordé de todo. De aquella cintura con la que empezabas a desparramar rivales cuando todavía estabas dando tus primeros pasos. De los goles del ascenso. De la llegada a Primera. De las noches internacionales. De tu gol contra El Nacional por la Copa Libertadores. De aquella picadita a Augusto Batalla contra Tigre. De tantas jugadas que comenzaron con la pelota en tus pies y terminaron con miles de personas abrazándose en mis tribunas.
Siempre estuve ahí y vos siempre encontraste alguna manera nueva de sorprenderme. Por eso, cada intento desde mitad de cancha me devolvía algún recuerdo. También tu primer gol de la noche y esa corrida hacia el alambrado para treparte, por fin, como tantas veces seguramente habías imaginado. Después llegó el penal y apareció otra marca registrada: ese pequeño salto antes de golpear la pelota. Los pases de primera, las pisadas, alguna picardía y, por supuesto, esa sonrisa tuya que parecía decir que todavía seguías jugando en un potrero de Simoca.
Buena parte de la historia reciente de Atlético la escribimos juntos. Yo fui el escenario y vos, muchas veces, uno de sus protagonistas principales. Quizás por eso hubo algo especialmente simbólico cuando terminó tu homenaje: casi sin tiempo para bajar la emoción, comenzaron los festejos por los 124 años del club. Primero tu despedida. Después el cumpleaños de Atlético. Todo en la misma noche, sobre el mismo césped y frente a las mismas tribunas.
Música, luces, fuegos artificiales y miles de hinchas celebrando. Y no hubo competencia entre una cosa y la otra, porque ambas historias están unidas. Tu nombre ya forma parte de la del club. Por eso, más que una despedida, la noche pareció una forma de recordar todo lo que hiciste para que esta casa también se volviera más grande.
Así que gracias, “Pulga”. Gracias por cada jugada que me dejó boquiabierto, por cada picardía, por los goles, por las vueltas olímpicas y por tantas noches en las que mis tribunas temblaron gracias a vos. Pero, sobre todo, gracias por haber ayudado a hacer más grande este lugar que los dos aprendimos a querer.
No quiero decirte adiós después de todo lo que vivimos. Acá siempre vas a tener un lugar, porque esta también va a seguir siendo tu casa.
Hasta pronto, “Pulga”.
Firma: el Monumental José Fierro.








