Desde lo semántico nadie deja de comprender el significado de la palabra guerra, aunque también se tiene internalizado que la palabra puede ser utilizada en otros ámbitos. Y, además, con innegable sentido metafórico: “Guerra de precios”, “de vanidades”, “de protagonismos”, etc.
Claro que en el terreno de las relaciones entre estados soberanos la palabra guerra tiene un significado que se retroalimenta de los hechos que los involucren y que están a la vista. Cuando el 22 de febrero –ya hace más de cuatro años- Rusia invade el territorio de Ucrania se consolidan los perfiles de una guerra que tiene particularidades que la distinguen: entre países linderos que alguna vez y por mucho tiempo constituían ese imperio que fue la URSS (hasta 1991) como una coalición singular de 15 repúblicas socialistas soviéticas.
Vale traer aquí lo que fue (y sigue siendo) una visión que Putin se empeña en consolidar como una verdad irrebatible: su acción (de la que se empeña en no llamarla “guerra”) es para desnazificar Ucrania, desmilitarizarla y para proteger a los ruso-parlantes de la zona Donbás. Y aquí, explicita su concepto de que se estaba produciendo un “genocidio”. Además, su invasión militar procuraba frenar as pretensiones del gobierno de Kiev deseoso de pertenecer a la alianza de la OTAN, todo lo cual significaba para Rusia una inaceptable situación estratégica que vulneraba su capacidad de defensa.
Si alguien dijera, suelto de palabra, que la guerra ruso-ucraniana es sólo entre Ucrania y Rusia estaría soslayando una realidad comprobada y disponible para el conocimiento global. La decisión prudente y estratégica de los popes de la OTAN fue hacerle saber al presidente ucraniano Volodimir Zelenski que “todavía” no era el tiempo de incorporar a su país a la OTAN. Claro, por aquello del famoso artículo 5 que señalaba que un ataque a uno de sus miembros involucraba la respuesta defensiva de todos.
No obstante esa previsión -y prevención- de la OTAN de 30 países (de la UE y de EEUU y Canadá) el apoyo logístico de todo tipo (armamentos, municiones y financiamiento) lo viene recibiendo Ucrania de un total de 50 naciones, incluidos los 30 miembros de la OTAN.
Desplazados
Esta guerra puede ser nombrada, sin fallar, como “Guerra Mundial”. El número de desplazados de la población ucraniana da cuenta de la situación límite de su población. Según la Organización Internacional de las Migraciones: desplazados internos en lugares donde no impacta la guerra, 3,9 millones. Refugiados internacionales, entre 5,7 y 5,9 millones. Semejantes datos dan cuenta mejor que ninguna otra información de la intensidad y naturaleza de esta guerra donde los únicos que tienen asegurada la sobrevivencia son sus “dueños”: Putin y Zelensky. Nadie más que ellos. Que desde su caldera al rojo vivo alimentan una “muestra gratis” de una IIIGM.
Mientras el más egocéntrico de los mandatarios “de Occidente” -entre otras variadas, controvertidas y ocurrentes ideas sobre geopolítica- intenta el Nobel de la paz a cualquier precio. Ya sea afanándose de guerras terminadas por “su gestión” mientras inicia otras con cualquier “pólvora” (hasta la arancelaria) bombardeando país soberano (Irán) aunque “enemigo” suyo y de su amigo-asesor Netanyahu. Y todo en una gestión que se califica como “guerra de agresión” sin previa “declaración de guerra” y mientras en Ginebra -todavía funcionaba la mesa de análisis con participación de ministro iraní y enviados de EEUU y de países mediadores Omán, Catar y Pakistán. El mismo día 28 de febrero de 2026, en simultáneo con Ginebra los EE.UU e Israel bombardearon Irán. La Medialuna Roja informó de 201 muertos. La mayoría niñas de una escuela.
Operaciones con nombre
La refinada maldad de las guerras es campo propicio para los creadores publicitarios. La agresión desde los EE.UU., “Operación épica”. Desde Israel se denominaba “Operación León Rugiente”. La defensa de Irán, “Operación Justicia Verdadera”. Entre ellas el carnaval sangriento y deshumanizado de la violencia guerrera. Lo que comenzó como un “crimen de agresión” en contra de un estado soberano (con el que todavía se estaban cursando negociaciones diplomáticas en Ginebra, como ya señalamos) viró hacia una guerra abierta cuando Irán se defendió atacando bases de los EE.UU. y sitios del territorio israelí.
Rusia-Ucrania
Este fin de semana enviados del presidente Trump intentarán lograr acuerdos en Kiev y en Moscú para ponerle fin a una desgastante y dolorosa guerra en su cuarto año. Claro que ya sabemos que de la mano de Trump vienen premios o castigos. No existen expectativas que alienten buenos resultados. Una gestión presidencial como la del “dueño” de la White House no inspira sino el interés en bucear (entre sus dichos y acciones) la intención o el propósito central del acto. Nos permitimos, con referencia a este personaje de la política mundial, a lo “Oscar Wilde”, imaginar una obra teatral: “La importancia de llamarse Trump”. Baste seguir su determinación por construcciones y lugares con su nombre (al Centro Cultural Kennedy en Washington le agregó su sombre. La justicia ordenó quitarlo, por ilegal y por quejas de la familia Kennedy). Intenta construir un arco de triunfo cercano al cementerio de Arlington, más grande que el de París. De 76 metros de altura, para perdurar en la memoria tras su desaparición, según sus expresiones difundidas por la prensa estadounidense. Ése es el presidente de la pretendida y auto-sostenida primera potencia mundial, secundando -por propia decisión- a Rusia y China.
Gaza: la “Guerra”
Desde distintos centros de interpretación de política y derecho internacional la destrucción en Gaza de viviendas, infraestructura, escuelas, hospitales, y viviendas de gazaties por el accionar de las poderosas fuerzas de defensa israelíes no son en rigor consecuencia de una guerra tradicional. Por la desproporcionada relación entre fuerzas armadas de extraordinaria disposición de recursos bélicos y organizaciones guerrilleras, si bien armadas, no poseen ni aviones, ni tanques, ni vehículos militares ni sistemas de defensa. Una guerra híbrida, si se quiere. Sólo la comparación de las bajas de uno y otro lado dan la pauta clara de esta “guerra” entrecomillada. De Gaza, algo más de 70.000. De las FDI algo menos de 500 soldados muertos y un poco más de 6.000 heridos.










