Por José María Posse - Abogado/escritor/historiador.
A la una de la tarde del viernes 11 de febrero de 1859, a los 80 años, dejó de existir en Tucumán el doctor José Eusebio Colombres, en ese momento Obispo electo de la diócesis de Salta (aunque en vida aún no habían llegado las bulas pontificias a sus manos). El fundador de la industria azucarera en 1821, era el único sobreviviente de los congresales de 1816, quienes nos dieron libertad e independencia.
Por orden del entonces gobernador Marcos Paz fue enterrado en la Iglesia Matriz con todas las honras oficiales que señalaba el protocolo de entonces y que incluía “una división de las tres armas” para rendirle “los honores que corresponden al elevado carácter que investía”.
En la ocasión, el doctor Salustiano Zavalía, en emotivo discurso, expresó que: “… con Colombres, acaba de entrar en el sepulcro aquel Congreso ilustre que sancionó la independencia”, ya que era “como el postrer linde de aquella generación de gigantes”. Pero decía: “no sólo el patriotismo ennobleció el corazón de Colombres, sino también la caridad cristiana, la pureza de costumbres y el celo por el progreso de su tierra”.
Subrayaba “el gran servicio rendido a su patria”, con “la introducción y propagación de la valiosa industria del azúcar en esta provincia”. No sólo tenía el mérito “de haber fundado, el primero, una hacienda de azúcar formal con todos los productos que le son propios”, sino que “exhortó a sus conciudadanos a imitarlo, distribuyendo gratuitamente la semilla”, aparte de explicar los procedimientos y hacerla popular. “No hubiera procedido así un especulador egoísta”, hacía notar Zavalía. Es que, afirmaba, “es en Tucumán el vencedor de la miseria”.
Recordemos que la provincia había soportado en soledad buena parte de los gastos de la guerra por la Independencia (Batallas de Tucumán y Salta), el mantenimiento del Ejército del Norte en La Ciudadela y los del Congreso de 1816. Las arcas del Cabildo estaban exhaustas y se vivía en una “digna pobreza general”. La introducción del cultivo de la caña de azúcar, fue el lento despertar económico de una provincia devastada por décadas de guerras fratricidas.
Reconocimientos
En 1839, una ley de la Sala de Representantes de la Provincia declaró “Ciudadano Benemérito” al Dr. José Eusebio Colombres, por haber aclimatado en Tucumán la caña de azúcar. Además, lo eximían del pago del diezmo durante 20 años.
El dictamen, que fue firmado por Benito Zavaleta, expresaba que la “nueva industria” difundida por Colombres, “es incontestable que ha aumentado nuestra riqueza de un modo notable. Ella, sin exageración, produce anualmente como 50.000 pesos, y suministra medios de subsistencia a una porción considerable de nuestra sociedad, que se ocupa en los muchos establecimientos que ya tenemos”. Agregaba que “prescindiendo del aumento de la riqueza y de la comodidad en que se hallan algunas familias, debido sólo a ese ramo de industria”, el beneficio ya “sería suficientísimo para que la Honorable Sala de Representantes acordase algún premio al autor de tantos bienes”.
Si las penas y las recompensas eran del resorte de los legisladores, estas últimas debían acordarse a “los hombres filantrópicos y amigos de la humanidad, aunque no sea más que por lo raros que son. ¿Y quién podría disputarle aquellos títulos al benemérito ciudadano doctor don José Colombres?”. El pueblo había sabido apreciar sus servicios. Tributaba a Colombres “estimación y respeto”, y “preciso es que sean muy pronunciados los bienes que se hagan a un pueblo, para que se obtenga aquella recompensa”. En cuanto a la eximición del diezmo, se basaba en el principio de que “los promotores de establecimientos útiles se animan con el aliciente del premio”.
Vida azarosa
Hijo de un español de buena posición económica y de una criolla de antiguas familias, fue llamado a la vida sacerdotal desde temprana edad, y ordenado como clérigo en 1803 para luego doctorarse en cánones en la Universidad de San Carlos en Córdoba. En sus primeros años fue enviado a Catamarca, a la localidad de Piedra Blanca, donde plantó unos retacillos de caña de azúcar, cuya procedencia es discutida.
Fue elegido como representante de esa provincia para el Congreso de Tucumán, en 1816; tuvo la dicha de firmar el Acta de la Independencia. A su regreso a la provincia de su nacimiento, fue nombrado párroco de la Iglesia Matriz de Tucumán y comenzó a dedicarse también a la actividad política, formando parte de la sala de representantes provincial.
El pionero
Como ya dijimos, en 1821 (en tiempos de la efímera República del Tucumán) en su quinta familiar del Bajo, hoy Parque 9 de Julio, fundó la primigenia industria azucarera. Posteriormente, sufrió las consecuencias de las diferentes invasiones del federal Juan Facundo Quiroga a Tucumán, y su establecimiento fue saqueado por la soldadesca en reiteradas oportunidades.
Ello lo llevó a ser parte de la Liga del Norte contra Juan Manuel de Rosas, cuyo desastroso final en 1841, luego de la batalla de Famaillá, le valió persecuciones y embargos. Durante la vigencia de esa coalición, había sido ministro general y gobernador interino de Tucumán. Tuvo que exiliarse en la ciudad altoperuana de Tupiza, donde permaneció varios años. Regresó a Tucumán a fines de 1845 gracias al indulto del gobernador Celedonio Gutiérrez, cuya hija se había casado con un sobrino de Colombres. Parecía que finalmente había encontrado un remanso de paz, junto a sus familiares y amigos de toda la vida, pero las cosas irían a cambiar radicalmente con la caída de Rosas.
Más persecuciones
La época de tranquilidad que creía iniciada se trastornó, a fines de 1853, por la persecución oficial de que se lo hizo objeto, a causa de su relación de parentesco político con el depuesto gobernador rosista Gutiérrez. El nuevo gobierno, encabezado por José María del Campo, caudillo liberal, enemigo acérrimo de los gutierristas, y resentido con Colombres, quien desde el púlpito lo fustigaba, inició una serie de asechanzas y confiscaciones en su contra.
Eso lo llevó a refugiarse en Salta, donde el Cabildo Eclesiástico lo designó “Canónigo Magistral”. No sospechó que ingresaba a un ámbito en extremo complicado. Como las relaciones de la Confederación Argentina con la Santa Sede estaban interrumpidas, la diócesis de Salta carecía de Obispo. De ella dependían Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca, Santiago del Estero y también Tarija, en la actual Bolivia.
Peripecias
En su documentada “Historia de la Iglesia en la Argentina”, el padre Cayetano Bruno, proporciona abundantes referencias a las peripecias que debió sortear el tucumano. El problema era que el Gobierno de la Confederación, distanciado de la autoridad eclesiástica romana, se arrogaba la facultad de nombrar sacerdotes en los cargos jerárquicos de la Iglesia. Se vulneraba así, las normativas del Papado. Por decreto del presidente Justo José de Urquiza, del 21 de agosto de 1855, “presentó” a Colombres al Cabildo Eclesiástico de Salta, en calidad de “obispo electo” de esa jurisdicción, nombramiento cuya aprobación definitiva se había pedido al papa Pío IX. Muy a su pesar, el Cabildo respetó la voluntad de Urquiza y José Eusebio Colombres empezó a ejercer su función. Según lo expuso el tucumano en carta a Roma, a monseñor Marino Marini, sus primeros trabajos “se dirigieron a regularizar las costumbres del sacerdote, para fundar sobre esta base la restauración de la disciplina eclesiástica”. Con ese propósito, convocó el clero secular a ejercicios espirituales. Se le rebeló entonces uno de los miembros del Cabildo, el canónigo Agustín Bailón y otros dos sacerdotes. Desconocieron la convocatoria y, además, hicieron correr el rumor de que Colombres, en realidad, estaba excomulgado por haber recibido su autoridad del Gobierno y no de la Iglesia como correspondía.
La renuncia
José Eusebio Colombres, advertido de que había aceptado el obispado antes de que se cumplieran los pasos canónicos que mandaba la Iglesia, puso su renuncia a disposición del Papa: “si la Santa Sede juzgara que mi proceder no ha sido acertado, pues no es mi ánimo desviarme de los santos principios que en ella rigen sus destinos”. La sede de Roma terminaría aceptando los descargos del prelado tucumano. Pero Colombres, entretanto, presentó el 4 de setiembre de 1856 su renuncia formal a la función. El Cabildo Eclesiástico salteño la aceptó dos días más tarde, y el 16 nombró al presbítero Alejo Ignacio Marquiegui como Vicario Capitular y Gobernador Provisorio de la diócesis de Salta, cargo que aquel juró de inmediato.
El 27 setiembre de 1856, monseñor Escalada, obedeciendo instrucciones de la Santa Sede, pasó por encima de las disposiciones del Cabildo de Salta y designó a Colombres Vicario Capitular de la diócesis, o sea, gobernador del obispado “en sede vacante”. El doctor José Eizaguirre arribó a Salta para ejecutar esa disposición. Pero Marquiegui no se resignó. Presentó notas objetando el nombramiento, y hasta hizo intervenir al gobernador de Salta, José María Orihuela, quien propuso -sin éxito- llegar a una transacción. El Gobierno de la Confederación intervino entonces en apoyo de Colombres. Un decreto del vicepresidente Salvador María del Carril declaró que el Cabildo no había debido aceptar la renuncia del prelado tucumano. Pero los adversarios de este no cedieron. Escribieron al Papa, haciendo varios cargos a Colombres y afirmando que “por su vejez, sordera y ceguera” no estaba en condiciones de gobernar la diócesis.
Ante la acefalía del cargo, en noviembre de 1856, el doctor Colombres informó al Cabildo que: “reasumía la autoridad eclesiástica” sobre la diócesis de Salta, como su legítimo gobernador. Su postura fue confirmada por el Gobierno de la Confederación; el obispo Escalada lo reconoció, y lo mismo hizo el Arzobispo de Charcas. Durante la administración de Colombres, que se extendió a poco más de un año, soportó diversos embates de sus enemigos declarados en el seno mismo de la Iglesia. Sin amilanarse, a pesar de su edad y mala salud, recorrió en visita pastoral toda su diócesis y dictó numerosas y acertadas disposiciones sobre el clero y la feligresía, que sirvieron como modelo en los años siguientes. Mientras en los pasillos de Roma se tramitaba con extrema lentitud su designación como obispo titular de Salta.
Bulas tardías
En enero de 1859 el ya venerable Colombres enfermó, subdelegó su autoridad y viajó a Tucumán, buscando refugio en su familia, quien lo cuidó amorosamente en sus últimas semanas de vida. Murió pocos días después, en la casa de 24 de Setiembre 565, sede hoy del Museo Folklórico Provincial. No pudo enterarse de que dos meses atrás, el 23 de diciembre de 1858, Pío IX había firmado las bulas que lo designaban obispo de Salta en propiedad, y que llegaron a Tucumán después de su muerte.
Era el último de los congresales vivos y el único que logró ser fotografiado con la técnica de daguerrotipo, que se conserva en el Museo Histórico Nacional. Una sencilla urna guarda sus restos en la Iglesia Catedral de Tucumán.








