Primero fue la amenaza. Después, el arma dentro de la mochila. Ahora también hubo un disparo en plena clase. La sucesión de episodios registrados en escuelas tucumanas obliga a detenerse en algo más profundo que el estupor que provoca cada caso: la violencia está escalando y la escuela, que debería ser uno de los espacios más protegidos de la sociedad, empieza a convivir con situaciones que hasta hace poco parecían inimaginables.
Hace pocos días, una adolescente de 12 años llegó a una escuela de Alderetes con un revólver cargado. Dijo que lo había llevado porque había sido amenazada y temía lo que pudiera ocurrir a la salida. El arma tenía seis proyectiles operativos y otros dos percutados. Casi simultáneamente, otro adolescente ingresó armado a una escuela de San Miguel de Tucumán y efectuó un disparo durante una clase. No hubo heridos. Pero sería un error tranquilizarnos por el desenlace. Que nadie haya resultado lesionado no convierte estos hechos en episodios menores.
La pregunta urgente, entonces, no es solamente cómo impedir que un estudiante lleve un arma a la escuela. Es cómo se llegó hasta esto. La psicóloga Silvina Cohen Imach advierte que la presencia de un arma en manos de un adolescente no puede entenderse como un hecho policial aislado, sino como un “síntoma social agudo”. El arma puede transformarse, según explica, en una suerte de “prótesis de poder” frente a la fragilidad, el bullying, la frustración o la indefensión. Allí donde no alcanza la palabra para expresar el sufrimiento, aparece el acto.
Cecilia López agrega una cuestión todavía más incómoda: los chicos dan señales, pero los adultos deben aprender a leerlas. Cambios abruptos de humor, aislamiento, silencio, fascinación por la violencia, comentarios agresivos, desesperanza. No siempre son visibles, ni siempre anuncian una tragedia. Pero ignorarlos tampoco puede ser la respuesta. Por eso, reducir el debate a revisar mochilas, aumentar la custodia policial o endurecer las sanciones sería confundir la consecuencia con la causa. La sanción pone un límite; la prevención intenta cambiar una historia antes de que llegue al límite.
También hay una responsabilidad adulta que no puede diluirse. Un arma cargada no aparece mágicamente en las manos de un niño. Hay una familia, un hogar, una cadena de custodia y decisiones que hicieron posible que ese objeto llegara hasta una escuela.
El establecimiento educativo tampoco puede resolverlo solo. Hace falta una red entre familias, docentes, equipos de orientación, Salud y comunidad. Hace falta educación emocional, espacios para hablar y adultos disponibles. Porque el verdadero fracaso no comienza cuando se escucha un disparo. Comienza mucho antes, cuando un chico siente que no tiene dónde llevar su miedo, su enojo o su desesperación. Si no somos capaces de escuchar ese silencio, ninguna puerta de escuela será suficientemente segura.







