Cartas de lectores: Los 70, Agnese Moro y Adriana Faranda: ¿reparar lo irreparable?

Hace 5 Hs

En una de las plataformas de series que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana encontré una producción italiana de seis capítulos sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro. Volver sobre aquellos dramáticos 55 días de 1978 resulta inevitablemente perturbador. Pero la serie me llevó también a otra historia, posterior y quizá todavía más conmovedora: la de Agnese Moro, hija de Aldo Moro, quien había sido dos veces primer ministro de Italia y que, al momento de su secuestro, era presidente de la Democracia Cristiana, y Adriana Faranda, integrante de las Brigadas Rojas. Agnese tenía apenas 25 años cuando secuestraron a su padre. El 16 de marzo de 1978, un comando de las Brigadas Rojas emboscó en Roma el automóvil en el que viajaba Moro. En pocos minutos fueron asesinados los cinco hombres de su custodia. Moro fue secuestrado y permaneció 55 días en poder de sus captores. El 9 de mayo apareció asesinado en el baúl de un automóvil, en la calle Caetani. Cuesta imaginar lo que significó para aquella joven perder de esa manera a su padre: verlo desaparecer, conocer durante 55 días sus súplicas y cartas y finalmente recibir la noticia de su asesinato. Por eso conmueve saber que, muchos años después, Agnese decidió sentarse frente a Adriana Faranda, integrante de la organización que había secuestrado a su padre. Faranda no fue quien ejecutó a Moro y durante el cautiverio se opuso a que fuera asesinado. Pero había pertenecido a las Brigadas Rojas y tuvo un papel importante en el secuestro. Fue condenada y posteriormente recuperó la libertad. ¿Cómo puede una hija conversar con una persona vinculada al secuestro y asesinato de su padre? Agnese lo hizo. Desde aproximadamente 2009 comenzó con Faranda un proceso de encuentros en el marco de experiencias de justicia reparativa. No para olvidar ni para justificar, sino para mirar de frente el dolor y preguntarse qué puede hacerse después de un crimen que ya no puede repararse. Y aquí aparece la extraordinaria personalidad de Aldo Moro. Moro fue un hombre profundamente religioso. Católico convencido, perteneció desde joven a la Tercera Orden Dominicana y vivió su fe con intensidad. Pablo VI lo llamó durante su cautiverio “hombre bueno y honrado” y pidió de rodillas a sus secuestradores que lo devolvieran a su familia. Después de conocer su asesinato, lo recordó como un hombre bueno, sereno, culto y piadoso, de excelentes sentimientos religiosos, sociales y humanos. Después de su muerte se promovió la posibilidad de estudiar una eventual causa de beatificación. En 2018 fue designado un postulador para esa tarea. Sin embargo, posteriormente el Vaticano aclaró que no existía una causa formalmente abierta ante el Dicasterio para las Causas de los Santos. No puede hablarse, por lo tanto, de una beatificación en curso. Más allá de ello, queda la imagen de un hombre de fe que, en sus últimos días, no dejó como legado el odio. Las Brigadas Rojas fueron una organización terrorista clandestina. Mataron a los hombres de la custodia de Moro, lo secuestraron y finalmente lo asesinaron. Resulta comprensible que muchos consideren insuficientes las penas recibidas por algunos de sus responsables. Mario Moretti, uno de los principales dirigentes y figura central del secuestro, fue condenado a seis cadenas perpetuas. En 1997 obtuvo el régimen de semilibertad, después de años de prisión. No fue un indulto presidencial, sino un beneficio penitenciario. La pregunta sigue siendo inevitable: ¿puede una pena reparar semejante crimen? Probablemente no. Pero tampoco el perdón puede devolver la vida a los muertos. Agnese Moro no puede devolverle la vida a su padre ni a los cinco hombres asesinados aquel 16 de marzo. Puede, sin embargo, decidir qué hacer con el dolor que quedó. Uno puede pensar que jamás sería capaz de sentarse frente a quien participó en el crimen de un ser querido. Es una reacción perfectamente humana. Agnese eligió hacerlo. No para olvidar a Aldo Moro, sino quizá para que el odio no tuviera la última palabra. Y quizás, al terminar esta historia italiana, sea inevitable mirar hacia nuestro propio pasado. También en la Argentina vivimos en los años 70 una época de violencia política, asesinatos, secuestros, desapariciones y heridas que, para muchas familias, todavía permanecen abiertas. ¿Seríamos capaces, como sociedad, de intentar algún día un camino semejante al que emprendieron Agnese Moro y Adriana Faranda? ¿Podrían encontrarse víctimas y antiguos protagonistas de aquella violencia, no para borrar responsabilidades ni confundir víctimas con victimarios, sino para hablar del dolor, del arrepentimiento, de la memoria y, eventualmente, del perdón? No sé si estamos preparados. Pero quizás algún día debamos intentarlo. Porque una sociedad no puede vivir eternamente prisionera de sus muertos, aunque tampoco puede construir la paz sobre el olvido. La historia de Agnese Moro nos recuerda que perdonar no significa olvidar, y recordar no necesariamente significa seguir odiando.

Juan L. Marcotullio                                  

Marcotulliojuan@gmail.com

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