El Evangelio según Juan
El escándalo protagonizado por Juan Grabois, los insultos presidenciales y las advertencias del arzobispo de Buenos Aires nos impulsan a reflexionar sobre la degradación del debate público. La libertad de expresión protege incluso aquello que incomoda u ofende, pero no nos exime de preguntarnos qué hacemos con esa libertad. Entre el agravio y la censura se juega algo más profundo: la calidad de nuestra convivencia.
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En el principio era el Verbo.
Así comienza el Evangelio de Juan. Es una de las frases más célebres y enigmáticas de la Biblia. El término griego logos, traducido como Verbo, significa palabra, pero también razón, pensamiento, sentido.
Casi dos mil años después, vivimos una época de sobreabundancia de palabras y, paradójicamente, de degradación de su valor. Todos portamos nuestras llaves de acceso a la expresión a través de nuestros celulares. Nunca escribimos, opinamos, comentamos y replicamos tanto. Pero esa multiplicación no mejoró nuestra capacidad para entendernos, que fue lo que nos llevó a imponernos como especie. Las palabras pueden iluminar, persuadir y acercar. También pueden humillar, descalificar y destruir cualquier posibilidad de diálogo.
Otro Juan nos lo recordó esta semana.
El diputado Juan Grabois protagonizó una escandalosa discusión durante un plenario de comisiones de su Cámara. Caminaba prepotentemente entre las mesas y las sillas en las que se distribuían legisladores, llamaba ¨manga de chorros, vendepatria, soretes, coimeros¨ a muchos de ellos y terminó insultándose cara a cara con el diputado tucumano Gerardo Huesen. Durante el episodio bochornoso, Grabois llevaba colgada del cuello una cruz que le había regalado el papa Francisco, quien hizo de la “cultura del encuentro” una de las ideas centrales de su pontificado.
Horas más tarde, supuestamente ya calmado, llamó ¨salames¨ a los colegas con los que se cruzó en un programa de televisión y reivindicó la agresión como parte de su libertad de expresión. “Nosotros vamos a ser peores –anunció-, yo represento a un montón de gente que está enojada, la cultura del encuentro no es la de la rosca”.
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, describió esta semana el país que encontrará León XIV cuando visite la Argentina: “una Argentina herida, dividida, con esa famosa grieta”, en la que “la descalificación y la intolerancia están a la orden del día”.
La verdad de las mentiras
¿La función de un dirigente es representar las emociones de quienes lo votan o, sobre todo, procesarlas? Si una sociedad está indignada, ¿su representante debe amplificar esa indignación o transformarla en argumentos? El Congreso, se supone, entre otras cosas existe para que las pasiones y los conflictos sociales puedan convertirse en deliberación.
La discusión, de todos modos, es interesante. Una democracia debe proteger una libertad de expresión lo suficientemente amplia como para tolerar incluso palabras que nos disgustan u ofenden. Pero la cuestión jurídica no agota la cuestión. Hay otra, acaso más importante para la convivencia: qué elegimos decir cuando nadie puede impedírnoslo.
El insulto, nos recordaba Borges, siempre es una digresión, una falacia. Nunca importan, en un debate honesto, las características personales de los interlocutores. Lo relevante es la solidez de los argumentos. El insulto siempre está en la frontera más lejana del diálogo. Habita el umbral que lo separa de la violencia física. Es su sublimación pero también su preámbulo.
Por eso es llamativa la admiración que despiertan algunos cultores del agravio como supuestos epítomes de la autenticidad. Mario Vargas Llosa reivindicaba el valor de ciertas “mentiras”, como las convenciones sociales, para preservar la armonía necesaria que nos permite acceder a las verdades que buscamos. La cooperación a gran escala es la clave del progreso humano. Y el agravio suele ser la primera causa del fracaso colectivo, del enfrentamiento y de los proyectos de anulación del otro o directamente de su exterminio.
Los argentinos y las malas palabras
En su incursión televisiva, Grabois mencionó la divertida y magistral defensa de las malas palabras que hizo Roberto Fontanarrosa, en 2004, en el Congreso de la Lengua en Rosario. Pidió una amnistía para algunas de ellas a las que consideraba, por su sonoridad o su capacidad de síntesis, insustituibles. “No es lo mismo decir que una persona es tonta o sonsa que decir que es un pelotudo”, planteaba el recordado humorista.
Hay un arraigo de ciertas malas palabras en la idiosincrasia argentina. Son marcas de nuestra conocida irreverencia. El politólogo Guillermo O´Donnell señalaba que la frase ¨¿Sabe usted con quién está hablando?¨ revelaba un rasgo profundo de la sociedad brasileña y también del resto de Latinoamérica. Pero, apuntaba, los argentinos exhibían un notorio contraste con ese rasgo que se resumía en otra frase: ¨¿Y a mí qué carajo me importa?¨
Es una frase que desafía la solemnidad o que puede pretender desacralizar al poder, motorizado por el ¨impulso igualitario¨ argentino descripto por el sociólogo Juan Carlos Torre. Ese desparpajo pretende acortar distancias, no humillar o degradar al otro. No funciona, no es gracioso ni valiente, cuando el que la emplea es el poderoso o el fuerte contra el subordinado o el débil.
El Presidente y los espectadores
“No me gustan los perdedores…No es un héroe de guerra, fue capturado y a mí me gustan los que no fueron capturados”. Donald Trump hizo estas declaraciones en medio de una entrevista televisiva, durante los inicios de su carrera electoral hacia la presidencia, refiriéndose al senador John McCain, ex candidato presidencial republicano y piloto de la Marina cuyo avión fue derribado, permaneciendo más de cinco años en una precaria cárcel vietnamita en la que fue torturado y en la que se negó a aceptar una liberación mientras otros compañeros continuaran prisioneros. “No tengo por qué disculparme; cuando salí del estudio, recibí una ovación”, contó Trump.
Javier Milei también ha convertido el insulto en una herramienta habitual de su comunicación. Esta semana llamó a la periodista Maru Duffard “basura corrupta inmunda”. En un solo día republicó más de 50 mensajes contra esa y otros periodistas. Un relevamiento de FOPEA detectó 16.806 reposteos y posteos con insultos en su cuenta de X en los primeros dos años de gestión. Una industrialización del agravio en la que recicla una limitada gama de adjetivos y sustantivos con particular inclinación por referencias excrementicias.
Hay algo anómalo en un Presidente que hace bullying. No porque quien ocupa la Presidencia deba quedar privado del derecho a responder, polemizar o indignarse. Puede criticar con toda dureza una información que considera falsa, exhibir los errores de un periodista o cuestionar sus interpretaciones. Pero el hombre con mayor poder institucional de un país, millones de seguidores y una extraordinaria capacidad para amplificar un señalamiento no ocupa la misma posición que aquel a quien señala.
El bullying requiere una platea. Una carcajada, un aplauso, la celebración del golpe verbal le proporcionan una recompensa al agresor. Las redes llevaron esa platea a una escala gigantesca. El espectador ya no solamente mira: pone un like, comparte, agrega otro insulto, convierte el agravio en tendencia y devuelve al agresor la confirmación de que su actuación funciona.
¿Y qué hacemos nosotros? ¿Nos escandalizamos cuando el insultado pertenece a nuestro bando y festejamos cuando el destinatario está enfrente?
Las redes se han convertido en lo que definimos alguna vez como una “usina hiperinflacionaria de agravios”. En el ecosistema digital los insultos suben en ascensor mientras los argumentos lo hacen por la escalera. Primero las redes reprodujeron las peleas de la política. Ahora la política parece reproducir la lógica de las redes.
Entre dos extremos
Pasamos de una época en que el ¨derecho¨ a ofenderse parecía no encontrar límites, activando políticas de cancelación, a tiempos en los que se extiende un supuesto ¨derecho¨ a agraviar sin frenos. Una corrección política asfixiante y una celebración de la difamación nos llevan a la censura o a la erosión del tejido social. La calidad de nuestra convivencia se mide por la calidad de nuestro diálogo. Su grado más precario, el que la coloca en la frontera de la violencia física, aparece cuando las opiniones y los argumentos son reemplazados por ofensas y amenazas. Pero el extremo contrario también es peligroso: una sociedad silenciosa, temerosa de expresarse, sometida a un discurso único. El desafío consiste precisamente en preservar una discusión vigorosa sin convertir al adversario en enemigo.
Tal vez esa sea una de las paradojas de nuestro tiempo. Hemos conquistado una libertad para expresarnos que durante siglos fue excepcional y, cuando finalmente disponemos de ella, degradamos la palabra que esa libertad protege.







