Irrespetuosos

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La política ha naturalizado el agravio, la humillación y hasta la violencia como herramientas de construcción de poder. Byung-Chul Han acaba de publicar un libro que propone mirar el fenómeno desde un lugar más elemental: una sociedad deja de estar ordenada cuando sus integrantes dejan de respetarse

Hace muy pocos días apareció en las librerías la nueva obra del filósofo seulense con apellido difícil de recordar. Se titula “Sin respeto” y se subtitula: “Una crisis social”. Byun-Chul Han defiende la idea de que una sociedad bien ordenada requiere el respeto entre sus integrantes.

Apenas comienza el libro, el ensayista recurre a la “Teoría de la Justicia” que el estadounidense John Rawls escribió en 1971, época donde toma mucha fuerza el hedonismo y a la que el escritor Tom Wolfe denominó “la década del yo”. Rawls interpreta ese presente y arroja al mundo la idea de que quien no tiene respeto por uno mismo, no tiene autoestima o quien se odia despreciará también a los demás. Por lo tanto -regresemos al párrafo anterior- una sociedad ordenada necesita del respeto mutuo entre sus integrantes.

Estos últimos días que vivimos en este siglo XXI dejaron en claro que vivimos en el desorden. Y, por lo tanto, quedó al descubierto la incapacidad de expresar nuestra valoración por el otro. Dice Han que “la sociedad bien ordenada no es una sociedad del rendimiento, sino una sociedad del respeto”.

Todos rezan

El Niño, que ahora parece tener superpoderes, se ha convertido en la principal preocupación de la vida pública. Todos están atentos a sus llantos, berrinches y hasta a la cambiada de pañales. En cualquier momento pega el grito y hay que salir corriendo. Por ejemplo: el viernes a las 11.45 la temperatura se desplomaba y obligaba a ponerse la bufanda y, a la siesta el sol invitaba salir a la calle con una remera mangas cortas. Ni hablar del lunes que en algunas zonas (La Candelaria en el límite con Salta) la granizada había sido tal que dejó la ruta convertida en pista de patinaje sobre hielo.

Oficialistas, opositores, técnicos, expertos y meteorólogos están muy atentos al niño, lo curioso es la reacción que unos y otros tienen cuando entra a llorar. A principios de semana cuando la tormenta empezaba a llenar las calles no había una reacción común como propondría Rawls para tener una sociedad ordenada. No salieron todos a mecer la cuna para que el niño se calmara. Unos se pusieron a rezar para que la tormenta desatara el desastre universal y por lo tanto quedara flotando una mala gestión que diera réditos electorales. Los otros también se pusieron a rezar con el objetivo de que fuerzas celestiales evitaran que el meteoro hiciera desastres y por lo tanto no habría malos pensamientos en la cabeza del votante. Hasta los nuevos activistas de las redes sociales -de ambos lados- se quedaron pensando -y con posteos escritos- para capitalizar -o defender- el desastre.

¿Y el respeto?

Bien, gracias.

“Rawls -dice Byung Chul Han- sostiene que todos se benefician al vivir en una sociedad donde se estima el deber de mutuo respeto. Para que se pueda mostrar ese respeto hacia los otros se necesita contar con la capacidad de contemplar la situación de los demás desde su punto de vista, desde la perspectiva de su concepción del bien”. Es decir sin egoísmos.

La violencia

El diputado nacional Gerardo Huesen se ha convertido en el actor principal de la vida pública de los últimos días. Hace pocas jornadas el rodaje parecía una película del lejano oeste con caminos -sin asfalto- y donde la ley la impartía el sheriff de turno. Huesen terminó refugiado en la comisaría y con denuncias cruzadas en un municipio donde la intendenta tiene el poder aunque no habla ni asoma. Esta semana, en tanto, el filme se desarrolló a 1.200 kilómetros, exactamente al frente del monolito donde empiezan todas las rutas nacionales en la plaza Mariano Moreno. Allí, en el interior del Congreso de la Nación. No fue su alocución ni su proyecto lo que quedó guardado para la historia. El guión volvía a ponerlo como protagonista de un escena donde se destacaban los improperios y el enfrentamiento personal. No tuvo un papel protagónico, compartió cartel con Juan Grabois quien no hizo nada por enaltecer el rol de representante del pueblo. Muy por el contrario, su actuación fue para el olvido.

Hace más tiempo ya, Huesen había participado en otra película, pero en esa brilló por su ausencia debido a una comida que le había provocado diarrea y lo había sacado de escena y por lo tanto no había podido sentarse en su banca de diputado de la Nación.

En ningún momento el director que le dio estos papeles en la vida del tucumano puso el valor del respeto en el centro de la discusión. Inclusive, días después del último episodio en el Congreso justificó su enojo y prepotencia en la violencia del otro -Grabois y su desquicio, en este caso- sin poder él mismo hacer su aporte a una sociedad ordenada no sólo como lo fomenta Byung-Chul Han, a través de Rawls, sino como seguramente exige el bien común.

Polleras y pantalones

La política de los últimos tiempos no se ha destacado por el debate profundo ni por el reparto de ideas para la comprensión o el enriquecimiento de las discusiones. Por el contrario, los políticos se han ajustado a las leyes de la moda del desacato veloz y filoso de los posteos virtuales. Se entretienen y disfrutan con el agravio rápido que suele desatar el aplauso y la risa cómplice de los adláteres y los titulares acríticos de los medios. En ese marco es que la disputa a la que nos tienen acostumbrado las principales figuras políticas del peronismo tucumano se han visto “enriquecidas” con las delicias de la moda.

Osvaldo Jaldo ha descubierto -así se lo comentó en LG Play, el canal televisivo de LA GACETA- que su discusión con Juan Manzur no le afecta a su electorado, por el contrario -dicen los sondeos que le hacen llegar- aporta a las mezcolanzas de la oposición. Envuelto en esa guerrilla, cuando Jaldo vio la foto de su ex amigo Juan con Cristina Fernández lo trató de “pollerudo”. Casi al instante, aparecieron pintadas anónimas de quienes prefieren ser pollerudos a la utilización de pelucas. Pero esas idas y vueltas se toleraron mientras estuvieron subsumidas en la comarca. “Es que forman parte del folklore político”, podría decir el presidente del Concejo Deliberante, el siempre engelado Fernando Juri, quien ha levantado vuelo público en las últimas apariciones. El problema surgió cuando el jefe del Ejército kirchnerista César Milani le agregó un capítulo más a la disputa y sugirió que prefería las polleras a bajarse los pantalones ante el presidente Javier Milei. Esa fue la gota que rebalsó el vaso y generó más de un enojo en las huestes jaldistas y -seguramente- en el conductor. “Quien por sus culpas padece, vaya al infierno a quejarse”, podría inferir la sabiduría y la filosofía de cualquier abuela. El propio Jaldo se metió en un laberinto y terminó incómodo con la peluca y la “pollera-pantalón”, un invento que en el siglo XIX pusieron de moda Amelia Jenks Bloomer y Elizabeth Smith Miller.

Volviendo a Han y a Rawls: “el respeto deriva en buena medida de la comunidad: los proyectos de vida de los individuos deben conjugarse entre sí hasta constituir un proyecto global de sociedad que todos puedan apreciar y disfrutar”. Algo que no parece ocurrir por estos lares.

Otra música

Antes de que se despida la semana, en un encuentro con público empresario, el candidato de la Libertad Avanza se presentó como el próximo gobernador de Tucumán. Lisandro Catalán no es el único que desparrama confianza. El peronismo asegura que la reelección del mandatario provincial es una profecía cumplida. El primero se apoya en una teoría que defienden una gran mayoría de las consultoras. Ellas sostienen que el electorado respalda a los “nuevos” que saltan al ruedo político. El peronismo en tanto sigue apostando a la conquista del voto en los terruños más recónditos y al precio que fuere.

Pero el respeto hasta ahora no ha salido a la campaña. Es la violencia la que aparece encarnada en dirigentes intolerantes que cierran los caminos o tiran cabezazos contra la humanidad del contrincante. También asoma en el espíritu joven que rompe la maqueta de la Legislatura como un reclamo a los derroches legislativos que los mismos legisladores de su partido no son capaces de proponer su derogación. Hay un interés -y una defensa o exaltación- de la violencia. Está como deificada; aparece en todas partes. La mayoría de las cosas que asoman en esta antesala electoral se tiñe de violencia, tanto en las redes sociales como en cualquier foro donde el compromiso es minúsculo o en las mismísimas voces de los protagonistas donde la responsabilidad es mayúscula. No hay vergüenza.

“En cambio -concluye Han, nuestro filósofo inspirador- quien haga caso omiso de todo concepto de valor actuará sin sentir vergüenza alguna. La creciente desvergüenza que podemos observar en nuestros días constituye un signo de la decadencia social, un indicio del avance del hundimiento de los valores”.

Han imagina una sociedad como una banda de jazz: cada músico conserva su voz, improvisa, discute con los otros instrumentos, pero sabe que ninguno puede convertir la pieza en un concierto propio. La democracia tampoco exige que todos toquemos la misma nota. Exige algo mucho más difícil: escuchar al otro mientras hacemos sonar la nuestra. Por ahora, la campaña tucumana parece haber elegido otra música. Cada uno toca más fuerte para no escuchar al de al lado. Y el ruido, como suele ocurrir, termina pareciéndose demasiado a la violencia.

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