Resumen para apurados
- Guillermo Rodríguez presenta su muestra escultórica "Albor" en Biomba Galería, Tucumán, para reivindicar el mestizaje cultural y defender la naturaleza.
- El artista ofició de guía durante la exhibición, explicando el sentido y origen de cada una de las piezas que componen este conjunto de deidades protectoras.
- La exposición busca consolidar el arte regional como un medio de concientización ecológica y preservación de la identidad histórica en el norte argentino.
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De movida sorprende que las esculturas no ocupan el lugar que habitualmente se les asigna, arrinconadas contra una pared o distribuidas para ser rodeadas con prudencia. Lucen en el centro, alineadas, mirando hacia la calle, como si avanzaran en procesión por barrio Norte. Un séquito de figuras protectoras arribadas desde un territorio donde se cruzan la yunga, el arte religioso, las tradiciones populares, la imaginería y la memoria del norte argentino.
Todo esto es “Albor”, muestra que Guillermo Rodríguez montó con su habitual y artística quietud en Biomba Galería (Santa Fe 240). Y a la cabeza aparece Juan del Monte, figura que Rodríguez identifica como el líder del cortejo, acompañado por un séquito de coloridas, potentes e irresistibles pseudodeidades protectoras.
Varias de estas piezas ya habían pasado por el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo (Córdoba) y algunas se vieron en la reciente Feria Artuc. “Albor” viene a ser el cierre de este viaje. “Hace mucho que no exponía en Tucumán”, destaca Rodríguez, seguro de que Biomba era el espacio adecuado para dar el paso.
Rodríguez decidió alinear una comunidad de personajes que avanzan juntos. Figuras nacidas de materiales, colores y formas asociadas con la región, dispuestas a plantarse en un presente marcado por la crisis ambiental.
“En estos tiempos tan complejos de los cambios climáticos y del abuso del uso de la naturaleza, creo que mi lugar de lucha es este -afirma-. Mi herramienta es la obra; el exponer, el pedir, el hacer. Por ahí, cuando parece que las fuerzas no dan, necesitamos hacer este tipo de cosas, que son como protectoras de la naturaleza”.
“Trabajé con maderas del norte: cedro, álamo, cardón -añadió-. Todas hacen a nuestra identidad. Lo mismo con la coloración. Trato de ubicarme en estos tonos del arte popular, del arte religioso, y hago como una fusión, un mestizaje de formas y de colores”.
Casi todas las esculturas contienen, además, una pequeña intervención que permanece parcialmente oculta, una suerte de relicario en el que se acurruca el alma del personaje. Por eso, lo que está dentro importa tanto como el esplendor que puede observarse desde afuera.
Protagonistas
El artista invita a entremezclarse con el cortejo y la sensación es de movimiento. Como un avance silencioso e ininterrumpido del que todos pasan a formar parte. Juan del Monte, el líder de la procesión, es un personaje escultórico pero también pictórico. En él aparece la yunga, paisaje que Rodríguez habita en su casa de La Sala y forma parte de su experiencia cotidiana. Justamente, detrás asoma Nuestra Señora de Las Yungas, con la apariencia reconocible de ciertas vírgenes y el rol de protectora de las selvas tucumanas. Incorpora, además, un elaborado trabajo de diseño textil.
A La Vertiente, Rodríguez la concibe como una protectora del agua dulce, recurso en constante riesgo. El movimiento ondulante del ropaje alude al agua y en el centro se ve un corazón de cuarzo. El mineral está alojado dentro de una pequeña cavidad donde pueden colocarse pedidos. En este caso, hay unas hojas de coca, una ofrenda mínima, íntima, que completa el sentido de la pieza.
Dos esculturas aparecen relacionadas. Una es el Guardián de las Noches Largas; la otra, el Guardián del Fuego que Purifica. Fuego que tiene esa doble condición de amenaza y de transformación, pero aquí aparece asociado a la protección.
Luego viene el Espíritu de la Hierba que Crece. Rodríguez encuentra su forma en aquello que observa en su casa: “como los helechos que salen enroscados y después empiezan a abrirse”. La pieza recupera una referencia al arte plumario de los antiguos habitantes de la región, pero en lugar de plumas lo empleado es madera de cardón, cuya estructura permite producir “esa transparencia a través de sus huecos”.
En una escala menor llega “La Niña Santa”, pisando el territorio del realismo mágico y asociada con la capacidad de Gabriel García Márquez y de Lucrecia Martel para representar lo extraordinario. La Niña está coronada con una suerte de resplandor y en su interior puede verse una almita de color azul. Está colocada sobre una angarilla, esos pequeños bancos utilizados para sostener imágenes religiosas como ofrendas.
No todas las esculturas proponen rasgos humanos. Algunas carecen de cabeza y de brazos; apenas queda la estructura. Rodríguez relaciona el procedimiento con las imágenes religiosas de vestir, donde el caballete permanecía oculto bajo las ropas. Recuerda una frase de Griselda Barale: “vos sos el que anda levantando la falda los santos”. Según Rodríguez, allí aparece “lo oculto del culto”.
Una de estas piezas conserva sólo una parte de la figura que puede leerse como femenina, una cadera y, en el vientre, una esfera. Esa esfera es la “savia”, aquello que está “engendrando una savia nueva”. El tocado de pequeñas hojas completa una imagen asociada a la regeneración.
Las producciones más pequeñas también prolongan la idea de protección. Para Nuestra Señora de los Cardonales, el artista tomó ramas de cardón que se habían secado y las incorporó porque, en su mirada, incluso aquello que parece muerto puede adquirir otra existencia.
La Señora de los Humedales aborda otro territorio amenazado. Rodríguez encontró allí un exquisito efecto entre el cardón, el color y el movimiento. Le sumó una pequeña manija para que la pieza pueda moverse, apelando de ese modo “a la curiosidad humana de poder intervenir”. El gesto lúdico no distrae de lo esencial, que es la protección de los humedales y la denuncia del riesgo al que están sometidos.
En otra escultura, hojas y llamas se confunden. La imagen remite al riesgo provocado por la quema del monte. Una vez más, la naturaleza aparece como algo vivo pero vulnerable, y la creación artística como una forma de advertencia.
El recorrido concluye con una figura que recupera elementos de la tradición popular y festiva, como es El Diablero. Rodríguez la vincula con el Yastay y con el universo de la Pachamama, pero la representa mediante un caballito. Los cuernos están hechos con una rama y los ojos son pequeñas piedras de la zona. Los colores remiten nuevamente al arte regional. “Está vestido de caballero -explica-; haciendo una simulación como en una fiesta popular”.
Un sentido
La clave de “Albor” radica en el microcosmos elaborado por el conjunto de esculturas y la forma en la que dialogan para contar una historia. La primera intención de ese texto, según Rodríguez, es sentar una presencia del lugar, en este caso del norte argentino, dentro de la plástica.
Rodríguez se interesa por las mezclas que construyeron culturalmente la región. Habla de las migraciones vinculadas con la caña de azúcar, de aquella multitud de identidades que se reunían en cada zafra, y las propone como pequeños puntitos que fueron sumando a la creación de un todo. Por eso, cuando llega el momento de definirse como artista, rechaza las categorías cerradas.
“No soy ni un aborigen ni soy un europeo -resalta-. Me considero un gaucho auténtico de estas zonas, donde asumo mi mestizaje haciendo esto y comunicando lo que siento por la naturaleza y lo que vivo en ella”.
Mestizaje termina funcionando como una clave para leer “Albor”. Es madera del norte, imaginería religiosa, arte popular, referencias literarias, rituales, naturaleza y memoria reunidas sin necesidad de quedar separadas. Personajes que protegen la yunga, las vertientes, los humedales, los cardonales y el monte.
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Como el albor, esa primera luz del día justo antes de salir el sol, metáfora del momento en que el lenguaje se convierte en experiencia simbólica, pero también estética: la obra de Guillermo no sólo alumbra nuestro rincón en el planeta, sino que se extiende rápidamente al amplio mundo del arte en el que constelan el mito, el juego y el rito. (Del texto de sala, elaborado por Carlota Beltrame)







