Resumen para apurados
- Charo López y Noelia Custodio presentaron con éxito "Qué olor en vivo" a sala llena en el Teatro Rosita Ávila de Tucumán para conectar con su público sin filtros digitales.
- La función, nacida de su proyecto de streaming, prohibió el uso de celulares y se centró en la improvisación, el humor absurdo y relatos íntimos aportados por los asistentes.
- La propuesta consolida el traslado de figuras del streaming al teatro presencial, priorizando experiencias exclusivas, íntimas y libres de registros en redes sociales.
En Tucumán tenemos un tema bastante particular con el olor. Más de una vez salimos a la calle, respiramos y nos preguntamos: “¿Qué olor es ese?”. Puede venir del ingenio, de la basura o de algo que nadie termina de identificar, pero que lamentablemente nos caracteriza. Aunque ellas nunca lo mencionaron, el nombre del show acá tenía un sentido extra.
Y un show que nació en el streaming arrancó con una indicación un poco contradictoria: guarden los celulares. Antes de que Charo López y Noelia Custodio aparecieran en el escenario del Teatro Rosita Ávila, la pantalla lanzó una advertencia en letras grandes: “WARDA”. Debajo, el pedido de no grabar ni sacar fotos y, en lo posible, dejar el teléfono guardado durante la función.
Por una hora y media, lo que pasara en esa sala debía quedar ahí. No era un capricho. “Qué olor en vivo” nació, justamente, de todas esas cosas que ellas no pueden decir con la misma libertad frente a las cámaras. Sin celulares apuntándolas ni frases esperando convertirse en el próximo clip, se armó una especie de intimidad compartida. Una intimidad bastante particular, eso sí: unas 300 personas escuchando, opinando y contando experiencias que quizás no repetirían ni en una reunión familiar.
Las luces se apagaron poco después de las 21 y Charo y Noelia entraron ante una sala llena. El primer acercamiento con Tucumán llegó por el camino más seguro: la comida. Las empanadas y el sánguche de milanesa llevaron a Charo a una rápida conclusión: “Los tucumanos tienen el estómago fuerte”. Y alcanzó para soltar las primeras risas.
En ese arranque también se colaron el sexo, la política y la actualidad. Javier Milei, Fantino y la coyuntura nacional aparecieron en la conversación sin que la función se convirtiera en un discurso. Un tema llevaba al otro, una observación terminaba en un chiste y, cuando parecía que la charla podía ponerse seria, alguna de las dos encontraba la manera de correrla hacia otro lado.
Cuando la sala entró al show
Lo que vino después no fue una obra ni una rutina tradicional de stand up. Había una estructura, sí, pero podía cambiar en cualquier momento. Alcanzaba con que alguien levantara la mano, gritara una respuesta o agregara un dato que nadie había pedido.
El público no fue solamente a mirar: también llevó parte del material. Uno de los momentos centrales fue la consigna de la noche: contar experiencias de “mal viaje”. Noelia abrió la ronda con la historia de unas gomitas con marihuana. El problema no terminó con el efecto de las gomitas: después tuvo que ir a trabajar a su programa en Olga e intentar seguir como si nada.
Charo aclaró que no consume, aunque sí tiene su propio método para buscar sensaciones intensas. Contó una experiencia entre saunas, piletas heladas y cambios bruscos de temperatura que, a medida que avanzaba, sonaba cada vez más peligrosa, pero el coro de risas se mantuvo más de un minuto y terminó en aplausos.
Después llegó el turno de las butacas. Varias personas se animaron a compartir sus experiencias y los detalles empezaron a crecer con cada relato. Hubo marihuana, paranoia, sexo, decisiones dudosas y escenas que seguramente fueron mucho menos graciosas mientras estaban ocurriendo.
Charo bajaba con el micrófono y recorría la sala en busca de cada historia. Noelia, desde el escenario, preguntaba y sumaba comentarios. Entre las dos iban encontrando los remates, aunque muchas veces el propio relato ya venía con todo lo necesario.
Ninguna historia terminaba donde parecía. Cuando alguien estaba por cerrar, surgía un detalle más. Después otro. Y a veces una aclaración que nadie había pedido, pero que cambiaba por completo lo que acabábamos de escuchar.
El público tucumano tampoco se quedó corto. Opinó, respondió y agregó comentarios durante casi toda la noche. En un momento, ellas mismas tuvieron que señalarlo: “Chicos, hablan mucho”. La frase generó todavía más risas y, por supuesto, no consiguió que la sala hablara menos.
La marihuana entró al Rosita Ávila como una consigna. Esa noche se habló del tema en voz alta, desde un escenario y frente a una sala llena. En la provincia todavía suele despertar cuestionamientos y miradas incómodas, pero acá no pasó inadvertido y cada experiencia terminó llevada hacia el humor.
Regalos útiles, dudosos y completamente inesperados
Cada persona que participó recibió un premio. Hubo vino, una picada, pan, maní, una manta, una bolsa de agua caliente y un batidor de huevos. También apareció un jabón líquido para la ropa.
Porque una persona puede contar un mal viaje con marihuana frente a 300 desconocidos y volver a su casa con un Ariel bajo el brazo.
Los regalos no tenían ninguna relación entre sí y ahí estaba buena parte de la gracia. Nadie sabía qué iba a salir de abajo de la mesa. Cada objeto parecía más inesperado que el anterior, pero todos encontraban rápidamente una utilidad posible o, al menos, un comentario.
Lanzaron alfajores hacia las butacas y durante unos minutos el teatro se convirtió en una competencia para ver quién atrapaba uno. Algunos cayeron en las manos correctas; otros obligaron a estirarse un poco más de la cuenta.
Cuando llegó el club de lectura, el elegido fue Guillote, el libro autobiográfico de Guillermo Coppola. Noelia intentaba avanzar con un pasaje en el que una monja contrataba a un taxi boy y después se quejaba porque no había quedado conforme con el servicio.
Mientras ella leía, Charo interpretaba a la religiosa. Cada nueva queja venía acompañada por un gesto, una cara o una reacción distinta. Noelia trataba de sostener la lectura y Charo hacía cada vez más difícil que pudiera continuar sin reírse.
Ahí también estaba una de las claves del show. Los temas aparecían sin demasiada preparación: marihuana, sexo, política, una monja disconforme, un jabón para la ropa. Todo podía entrar en la misma noche y convivir sin que nadie tuviera que explicar demasiado la relación entre una cosa y la otra.
Cerca de las 22.30, la función terminó y los celulares volvieron a salir. Charo y Noelia habían anticipado que después se quedarían para tomarse fotografías, y cumplieron. La mayoría del público no se fue. Se formó una fila larga que avanzó lentamente hasta ellas.
Nadie parecía demasiado apurado. Después de haber compartido historias, regalos, alfajores y comentarios desde las butacas, faltaba esa última parte: acercarse, saludarlas y llevarse una imagen de la noche. Pero entre una foto y la otra quedó algo que ningún celular registró: una conversación ácida, absurda que solamente tuvo sentido para quienes estuvieron ahí.









