Recuerdos fotográficos: 1910. Lo que impresionó a Clemenceau en Santa Ana

En este espacio de “Recuerdos” procuramos revivir el pasado por medio de imágenes que se encuentran guardadas en ese tesoro que es el Archivo de LA GACETA.

El chalet del ingenio Santa Ana, donde se alojó Clemenceau.
El chalet del ingenio Santa Ana, donde se alojó Clemenceau.
Por Roberto Delgado y Jorge Olmos Sgrosso 13 Agosto 2026

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Político veterano y avezado periodista, el francés Georges Clemenceau pasó cinco días de visita en Tucumán en agosto de 1910. Fue recibido por el gobernador José Frías Silva y por la comunidad francesa, y visitó uno de los ingenios más importantes de la provincia, el Santa Ana, de Clodomiro Hileret, en Río Chico. Un año después publicaría sus impresiones en su libro Notas de viaje por la América del Sur. Argentina. Uruguay. Brasil. En la antología Miradas sobre Tucumán de la Fundación Miguel Lillo (2016) se publican esas impresiones en el texto “Un célebre francés en Tucumán y en Santa Ana”.

El ingenio del sur tenía un atractivo especial. El viajero Manuel Bernárdez lo describió como “colosal” en la crónica “La nación en marcha”. Allí fueron llevadas en esos tiempos las visitas ilustres, como el vicepresidente Victorino de la Plaza (1911), el presidente Roque Sáenz Peña (1912) y el ex presidente de EEUU Theodore Roosevelt (1913).

Clemenceau dejó tres impresiones de su paseo por el gigantesco ingenio y sus tierras: la extrema pobreza de los obreros, la cacería de los loros y la belleza de las mujeres que habitaban estas tierras. Habla de la “hospitalaria casa en la que se revela el gusto de un arquitecto parisién”, de los “parques y jardines artísticamente plantados” y de la fábrica “admirablemente establecida”, que “ocupa 2.000 obreros mestizos en su mayor parte, y algunos indios de pura sangre”. Se sorprende de las aglomeraciones de pequeñas casas obreras, “donde toda noción de higiene y hasta de la más rudimentaria comodidad parece despiadadamente desterrada”. Son “guaridas de refugio” en las que habitan “mujeres y viejos encenagados en el polvo y con la bombilla en los labios”. “Según nuestras ideas de Europa, estas gentes son miserables. Sin embargo, el clima les aporta facilidades de vida donde parece que encuentran alegrías”.

Dice que “las leyes de protección obrera son desconocidas en la Argentina: esto se explica por la medianía del desarrollo industrial” y añade: “no puedo creer que grandes fábricas como las que he visto puedan subsistir largo tiempo sin que la cuestión obrera sea planteada ante los legisladores”. En los campos de caña, donde trabajan los obreros con machetes, hay chozas “donde prospera la abundante progenitura de algunos cortadores de caña... por todas partes se ven chiquillos, puercos, asnos y demás viviendo en familia”. Gente sin muebles y vistiendo harapos.

RECEPCIÓN. El segundo de la izquierda es el gobernador Frías Silva y a la derecha, el ministro Próspero Mena. Entre los dos, en segundo plano, el cónsul francés, Emilio Bec. RECEPCIÓN. El segundo de la izquierda es el gobernador Frías Silva y a la derecha, el ministro Próspero Mena. Entre los dos, en segundo plano, el cónsul francés, Emilio Bec.

La cacería

Luego relata que Edmond Hileret (hijo de Clodomiro, que había fallecido un año antes) los invitó a una “caza del tapir”. Pero, como un miembro de la Sociedad Protectora de Animales “me había representado vivamente la vergüenza de arrojar los perros sobre un animal inofensivo”, se decidió salir a cazar loros, en lo cual él no participó sino como espectador.

“¡Loros amigos míos, marchaos con rápido vuelo, y poneos fuera del alcance de la horda enemiga”, escribe, pero reconoce que el loro se complace en quedarse en los claros del bosque en busca de alimento, y allí es cazado. Le llama la atención la charla de los loros. “Ignoro lo que tengan que decirse, pero si he de juzgar, por el ruido que hacen, como en nuestras cámaras, la cosa debe ser importante... En fin, un rasgo notable de carácter, es que el loro es altruista al más alto grado, puesto que afronta atrevidamente el peligro”. Al término de la excursión, un loro verde de cabeza roja es abatido. “La bandada que ha echado a volar al oír el disparo, vuelve con un ruido infernal al lugar del crimen, injuriando al cazador e invocando la justicia de los dioses sordos”.

El francés Georges Clemenceau.       El francés Georges Clemenceau.

Por otra parte, el veterano viajero, que había observado que Tucumán era una “tierra colonial”, en cuya población no se habrían atenuado aún los “rasgos del indígena”, queda impactado por una joven “de ojos de obscuridad flamígera”. La describe como “una mestiza de igual distancia entre las dos razas” y dice que tiene una simplicidad “semisalvaje”. Ella aparece con una cinta rosa en el pelo y una cotorra en el hombro y se acerca a ver el espectáculo. Él intenta hacer volar la cotorra y ella la sostiene con sus dedos y se queda impávida, sin decir palabra, con lo que Clemenceau interpreta concluido el paseo de caza.

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