Hablar de plata todavía puede resultar incómodo en muchas familias. Cuánto se gana, cuánto se debe, qué pasa cuando no alcanza o por qué una compra tiene que esperar suelen ser conversaciones que aparecen tarde, quizás cuando el problema ya está encima.
Sin embargo, el vínculo con el dinero empieza mucho antes del primer sueldo. La plata para el recreo, el billetito que regalaba una abuela, la decisión de gastarlo o guardarlo fueron algunas de las primeras experiencias financieras de la infancia. El problema es que ese aprendizaje cotidiano no siempre viene acompañado de herramientas para entender qué hacer después con una tarjeta, un préstamo o un ingreso propio.
Paula Japaz, magíster y licenciada en Administración de Empresas, especializada en mercado de capitales y desarrollo de políticas públicas, plantea que la educación financiera debería empezar justamente en ese momento. “Desde el famoso Ratón Pérez ya tenemos nuestro contacto como niños con el dinero”, explica. La docente de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego y fundadora de Crecer para Emprender sostiene que hablar de plata debería atravesar distintas etapas de la vida y espacios como la familia, la escuela, la universidad y el trabajo.
Poner los números
Antes de hablar de tasas o inversiones, Japaz ubica una herramienta más básica: el presupuesto.
“Cuando yo registro y anoto cuánto me ingresa, qué gasto y en qué gasto, empiezo a tomar decisiones”, señala. La idea es dejar de tener todos los números en la cabeza y llevarlos a una hoja, una planilla o una aplicación.
El Banco Central considera el presupuesto personal como uno de los contenidos básicos de la educación financiera porque implica aprender a organizar el dinero, diferenciando entre ingresos fijos y variables, y también entre gastos fijos y gastos cotidianos. Eso permite saber cuánto cuesta realmente sostener un mes: alquiler, alimentación, transporte, facultad y servicios, pero también una salida, una compra en la panadería o gastos que parecen insignificantes por separado.
Luego aparecen otros conceptos básicos: capacidad de pago, ahorro y fondo para imprevistos. La capacidad de pago, por ejemplo, permite preguntarse cuánto puede comprometerse en cuotas sin dejar descubierto lo necesario para vivir. El ahorro, en cambio, no tiene que pensarse únicamente para grandes objetivos: también puede funcionar como un respaldo frente a gastos inesperados y evitar que cualquier urgencia termine automáticamente en un préstamo.
El costo real
Cuando aparece un crédito, mirar solamente la cuota puede ser engañoso. Que $30.000 por mes parezcan factibles de pagar no significa que el préstamo sea barato.
La TNA -tasa nominal anual- suele llamar primero la atención, pero Japaz advierte que no representa todo lo que se terminará pagando. Para saberlo hay que buscar el Costo Financiero Total (CFT).
Ese número incorpora intereses y otros cargos vinculados con el crédito, impuestos, seguros, gastos administrativos o comisiones. Por eso sirve mejor para comparar entre dos préstamos.
También aparecen conceptos que muchos conocen recién cuando tienen un problema: mora, cuando una obligación no se paga en el plazo previsto; refinanciación, cuando se acuerdan nuevas condiciones para una deuda que ya existe; y pago mínimo, que permite evitar el incumplimiento inmediato de una tarjeta, pero deja parte del saldo pendiente para financiar.
Entenderlos no evita por sí solo una deuda, pero permite saber qué consecuencia tiene cada decisión antes de tomarla.
Quién debe enseñarlo
Para Japaz, la responsabilidad no puede recaer en un único lugar. “La educación financiera es integral”, plantea. La familia puede incorporar conversaciones sobre dinero; el Estado y el sistema educativo deben ofrecer herramientas; y bancos, fintech y organizaciones privadas también tienen una responsabilidad a la hora de informar y capacitar.
La educación financiera ya tiene presencia en distintas iniciativas públicas. El Banco Central informó que entre 2020 y 2025 casi 38.800 docentes de 18 provincias participaron de su programa “La Educación Financiera en el Aula”, entre ellas Tucumán. En abril de este año, además, la Comisión Nacional de Valores y la Secretaría de Educación de la Nación realizaron una capacitación nacional para docentes dentro del Programa Nacional de Alfabetización Financiera.
El desafío, según la entrevistada, es que esos conocimientos no dependan solamente del interés individual o de iniciativas aisladas.
Una medición nacional del BCRA y CAF ya había mostrado una dificultad estructural: en la encuesta de capacidades financieras realizada en 2017, solamente la mitad de los argentinos dijo contar con un presupuesto familiar y la Argentina obtuvo el menor puntaje entre los seis países latinoamericanos comparados en conocimiento, comportamiento y actitud financiera. Aunque el relevamiento tiene varios años, funciona como antecedente de una discusión que sigue vigente.
Aprender no alcanza
Hablar de educación financiera también tiene un límite. Saber administrar el dinero no convierte automáticamente un ingreso insuficiente en uno suficiente. “Por más que yo sea muy creativo y organizado, la necesidad va a existir igual” cuando un salario no permite cubrir lo básico, explica Japaz. La falta de conocimientos puede empeorar una decisión, pero no explica por sí sola la informalidad, los bajos ingresos o el costo de vida.
Ese punto resulta central para no transformar la educación financiera en un reproche: no todo endeudamiento nace de una mala organización. A veces simplemente falta plata.
Deuda en un clic
Lo que sí cambió es la velocidad con la que puede asumirse una obligación. Una tarjeta puede tener un límite muy por encima del ingreso mensual y una aplicación puede ofrecer un préstamo que se acepta en segundos.
La especialista considera que ese proceso debería incorporar más instancias de advertencias: recordar cuánto se terminará pagando, cuál es el costo financiero y cuánto representa la cuota sobre los ingresos.
“A veces desde la emocionalidad, la necesidad, vamos al que primero me deja sacar y lo saco”, explica.
Por eso, llegar a los 25 años con educación financiera no significa saber de memoria fórmulas económicas. Significa poder leer una oferta antes de aceptarla, conocer los propios gastos, distinguir una urgencia de un problema permanente, saber cuándo una cuota ya no entra en el presupuesto y entender que pedir dinero siempre compromete una parte del ingreso futuro.














