Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Ahora el hombre crea la inteligencia artificial, capaz de emular la inteligencia humana, considerada su cualidad más distintiva. Es casi como haber creado un “hombre artificial”. Pero el verdadero interrogante es qué subjetividad estamos permitiendo que las megaempresas propietarias de esa tecnología contribuyan a construir. Para responderlo basta revisar algunas de las consecuencias que ya produjeron las plataformas digitales desarrolladas por esas mismas empresas. Hace poco, Mark Zuckerberg, fundador de Facebook (hoy Meta), enfrentó diversos procesos judiciales en Estados Unidos por los efectos de Facebook e Instagram sobre la salud mental de menores. Las demandas sostienen que Meta incorporó deliberadamente funciones adictivas que favorecen la ansiedad, la depresión y otros problemas psicológicos en adolescentes. Investigaciones de la Comisión Europea llegan a conclusiones similares. El documental “El dilema de las redes sociales” (2020) expuso el costado menos visible de plataformas como Facebook, Google, Twitter e Instagram y mostró cómo utilizan conocimientos sobre la psicología humana para captar la atención, generar dependencia y favorecer la polarización social. El filme muestra que el problema supera la adicción individual: escala hasta convertirse en una amenaza existencial. Se crean “burbujas ideológicas” que reducen la capacidad de diálogo y consenso, con consecuencias que pueden extenderse incluso al funcionamiento de las democracias. ¿Qué podemos esperar, entonces, del perfil que impriman a la inteligencia artificial quienes ya desarrollaron tecnologías con semejante capacidad para influir sobre la conducta humana? Sin una legislación adecuada, probablemente dentro de algunos años volvamos a encontrarnos reparando los “platos rotos”.
Jorge Ballario







