Quienes estudiamos medicina en la década de 1970 y comienzos de los años 80 fuimos testigos de una realidad que las nuevas generaciones de médicos, afortunadamente, conocen mucho menos. Era habitual ver pacientes con las secuelas de un accidente cerebrovascular: hemiplejías, trastornos del habla y la característica marcha del segador, que formaba parte del paisaje cotidiano de hospitales, consultorios e incluso de nuestras calles. Hoy esos pacientes siguen existiendo, pero son menos frecuentes. Y esa es una de las mejores noticias que la medicina puede ofrecer. Mucho antes de ingresar a la Facultad de Medicina, esa realidad ya había golpeado a mi propia familia. Recuerdo a mi querido abuelo, inmigrante italiano, quien sobrevivió durante diez años a un ACV sufrido a mediados de la década de 1950, cuando no existía la tomografía computada, el diagnóstico era exclusivamente clínico y los tratamientos eran muy limitados. Quedó con una hemiplejía faciobraquiocrural derecha. Para un hombre que había sido un excelente dibujante, perder el dominio de su mano derecha fue una tragedia. Falleció en 1966. Aquella imagen permanece intacta en mi memoria, como nieto y también como médico. Hoy las estadísticas internacionales muestran una realidad diferente. Durante las últimas cinco décadas, el accidente cerebrovascular, especialmente el hemorrágico asociado a la hipertensión arterial, ha disminuido significativamente. Probablemente sea uno de los mayores logros de la medicina preventiva moderna. Durante muchos años la hipertensión fue conocida como “el asesino silencioso”. Millones de personas convivían con cifras elevadas de presión arterial sin saberlo, hasta que la enfermedad se manifestaba con una hemorragia cerebral, un infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca o daño renal. El gran cambio ocurrió cuando medir la presión arterial se convirtió en una herramienta fundamental de prevención. A ello se sumó el desarrollo de medicamentos cada vez más eficaces: betabloqueantes, inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, antagonistas de los receptores de angiotensina II (ARA II) y antagonistas cálcicos, entre otros, que permitieron controlar la hipertensión incluso en personas sin síntomas. Los resultados fueron notables. El registro poblacional de Rochester, Minnesota, mostró una disminución cercana al 75 % de la mortalidad por ACV desde la década de 1950 hasta los años 80. El South London Stroke Register confirmó esa tendencia entre 1995 y 2018, con una reducción cercana al 50 % en la incidencia del ACV, asociada al mejor control de los factores de riesgo cardiovascular. Detrás de esos números hay historias humanas. Son millones de personas que conservaron la posibilidad de caminar, hablar, leer, escribir, trabajar y mantener su independencia. Personas que evitaron las secuelas permanentes de una enfermedad que no solo afecta al paciente, sino también a toda su familia. Sin embargo, la batalla continúa. La obesidad, el sedentarismo, la diabetes, el envejecimiento poblacional, el consumo excesivo de sal y el estrés de la vida moderna siguen siendo desafíos para el control de la hipertensión arterial. Cada vez que recuerdo a mi abuelo, inmóvil en su silla y consciente de que nunca volvería a expresar su pasión por el dibujo, comprendo la verdadera dimensión del progreso alcanzado. Detrás de las estadísticas hay rostros, nombres y familias. El ACV en la actualidad es predominantemente isquémico: representa aproximadamente entre el 80 y el 85 % de los casos. En cambio, el accidente cerebrovascular hemorrágico ha disminuido de manera significativa gracias al mejor control de la hipertensión arterial. Entre las causas más frecuentes del ACV isquémico se encuentran la fibrilación auricular, la enfermedad aterosclerótica de las arterias carótidas y la obstrucción de arterias cerebrales. La prevención continúa siendo la herramienta fundamental: controlar la presión arterial, reducir factores de riesgo como el colesterol elevado, la diabetes y el tabaquismo, y detectar precozmente las arritmias que pueden favorecer la formación de coágulos. Ante síntomas como la disminución de la fuerza de un lado del cuerpo, la alteración del habla o la desviación de la cara, cada minuto es determinante. El diagnóstico y el tratamiento precoces pueden cambiar el pronóstico y evitar secuelas permanentes. La trombolisis y la extracción mecánica del coágulo mediante trombectomía han transformado el tratamiento del ACV isquémico cuando se realizan a tiempo. Porque las mayores victorias de la medicina no son solamente las enfermedades que cura, sino aquellas que logra prevenir.22 de julio: Día Mundial del Cerebro.
Juan L. Marcotullio
Marcotulliojuan@gmail.com







