Perderlo todo, incluso a uno mismo: historias de lucha contra la adicción al juego

Atravesaron deudas, mentiras, pérdidas y situaciones extremas. El pedido de ayuda y el acompañamiento familiar les permitieron volver a empezar

Perderlo todo, incluso a uno mismo: historias de lucha contra la adicción al juego
Álvaro Medina
Por Álvaro Medina Hace 1 Hs

Son hijos, padres, parejas y trabajadores. También jugadores compulsivos en recuperación. Llegaron por caminos diferentes a una diversión que terminó ocupando sus pensamientos y vínculos. Atravesaron deudas, mentiras, rupturas familiares y situaciones extremas por el juego problemático.

Cuentan sus historias con voz grave y pausada, pero cuando hablan de sus familias, A., E. y R. cambian el tono hacia una ternura alegre. A. disfruta cada segundo junto a sus hijos. E. recuerda el amor que le brindaron siempre los suyos. R. se quiebra al hablar de su esposa que, luego de años difíciles, aún permanece a su lado: “Sigue creyendo que puedo ser una persona que la haga feliz”, alcanza a decir conmovido.

El Mundial amplificó la exposición a las apuestas y los riesgos de recaída. En ese contexto, LA GACETA recogió testimonios para mostrar cómo avanza esta adicción muchas veces invisible y el valor de pedir ayuda para enfrentarla. A., E. y R. son las iniciales utilizadas, a pedido de los entrevistados, para preservar su identidad.

Perder la familia

“Antes del juego era un chico normal, quería progresar y estar bien con mi familia”, cuenta A.. Apostó por primera vez a los 16 años. Al principio jugaba los sábados; después sumó otros días. Cuando consiguió trabajo, el problema se agravó. A los 25 años ya debía dinero en tarjetas y préstamos. Lograba cancelar las deudas y volvía a jugar. “El problema no era la plata, era algo que iba por dentro”, explica. Se casó, tuvo hijos y construyó una empresa. Durante años creyó que controlaba la situación. Sin embargo, la pandemia y una crisis de pareja intensificaron el proceso. Llegó a apostar sabiendo que perdería, como una forma de hacerse daño.

En aproximadamente un año perdió la empresa, la mercadería y los vehículos. Se alejó de sus amigos y quedó debiendo a clientes. Los más cercanos se habían cansado de las mentiras y promesas. “La tragedia más grande fue perderme a mí mismo”, relata. Uno de los pocos amigos que permanecían cerca consiguió que fuera internado. Durante ese período A. atravesó una crisis suicida y estuvo a punto de quitarse la vida. Sobrevivió. “Tuve una segunda oportunidad. Creo que esa oportunidad es la que vale hoy”, dice.

Después de la internación ingresó a un grupo de recuperación. Volvió a la casa de sus padres, consiguió empleo e inició otro emprendimiento. Lleva cerca de tres años sin jugar. Aún conserva parte de las deudas pero trabaja intensamente para reparar el daño. “Hoy con mis hijos disfruto cada momento, cada segundo. Lo mejor que me pasó fue perdonarme y aceptarme como soy, porque estar bien primero conmigo me permite estar bien con el resto, avanzar y poder cumplir con los compromisos”.

El mundo de los sueños

E. comenzó a jugar a la quiniela a los 10 años. Con una primera ganancia compró cosas para sus amigos y creyó que el juego podía darle todo, permitirle ser el centro de atención. A los 12 años apostó el dinero de un alquiler familiar que debía cobrar y tuvo que trabajar luego de la escuela para devolverlo. El juego se instaló alrededor de una promesa: ganar una suma extraordinaria y darle lujos a su familia. “Yo lo llamo el mundo de los sueños, que nunca existió”, dice. Con los años comenzó a mentir y pedir dinero. Su familia pagaba las deudas y él volvía a apostar. En su trabajo se quedó con una recaudación, la jugó y dijo que había sufrido un asalto. Sus empleadores eran familiares. Una parte decidió denunciarlo. Se fue de Tucumán por temor a caer preso.

Estaba llorando en una plaza de otra provincia, cuando un sacerdote se acercó, lo asistió y le aconsejó regresar, pedir perdón y buscar ayuda. E. llamó a una tía. Su familia aceptó que volviera y lo acompañó hasta un grupo de recuperación. “La constancia fue lo que más me sirvió: unca dejé de ir”, recuerda. Pasó varios años sin apostar, pero después de la pandemia se alejó del grupo porque se creyó recuperado. La recaída fue más profunda: perdió el trabajo, se alejó de su familia y acumuló deudas con 18 prestamistas.

Esta vez la familia no pagó por él. Sus hermanos administraron su sueldo y E. trabajó extra y pudo cancelar las deudas. “Creía que nunca iba a terminar. Hoy me siento libre. He vuelto a ser yo”, afirma. Actualmente, lleva un año y dos meses sin apostar.

Estar y no estar

R. comenzó a apostar hace unos 15 años. Empezó los fines de semana; después aumentaron la frecuencia y los montos. “Cuando te das cuenta, ya estás adentro”, sostiene. La primera persona a la que se lo contó fue su esposa. Creyeron que podían resolverlo solos. R. pasó un par de años sin jugar, pero volvió y cada recaída fue más profunda. Las pérdidas materiales fueron importantes, aunque él prefiere hablar de otra cosa: “La parte económica se recupera con trabajo y constancia. Lo que no recuperás es el tiempo”. Recuerda reuniones familiares en las que estaba físicamente, pero su cabeza permanecía en el juego. Se alejó de amigos y abandonó el deporte. “Estaba y no estaba. Es una enfermedad invisible. El jugador crea un personaje que demuestra que todo está bien”.

El teléfono acortó todavía más la distancia entre el impulso y la apuesta, y el Mundial multiplicó los estímulos. Sin embargo, R. considera que una recaída comienza antes de volver a jugar. “Cuando empezás a dejarte estar y a despreocuparte de tu situación, abrís las puertas para que la enfermedad vuelva”, afirma. Durante su recuperación tuvo pensamientos de juego. Aprendió que, cuando aparece la angustia, debe hablar con su esposa, un amigo o un compañero del grupo. Lleva alrededor de un año sin apostar. Su esposa lo acompañó, estuvieron separados, pero volvieron a encontrarse. “Valoro muchísimo que siga al lado mío. De esto no se sale solo”, dice R..

Una esperanza distinta

Los tres tardaron años en reconocer el problema. A. estuvo a punto de morir. E. huyó por miedo a terminar preso. R. agotó las soluciones que conocía. Ninguno presenta la recuperación como un triunfo definitivo: hablan de abstinencia, recaídas, reparación y de transitar un día a la vez. Hablan de no bajar los brazos.

Para todos, la clave está en el amor de los seres queridos, en pedir ayuda y en la búsqueda de un grupo de contención: “Si pedís ayuda alguien te va a acompañar y buscar un grupo de quienes hayan pasado por lo mismo también es clave”, afirman. Los tres todavía enfrentan consecuencias, pero reconstruyen sus relaciones, trabajan y aprenden a confiar. No volvieron a la vida anterior al juego: construyen una nueva. A. valora con intensidad esta “segunda oportunidad”. E. va paso a paso, con firmeza, pero un día a la vez, “solo por 24 horas”. R. propone reemplazar la esperanza de una ganancia por otra esperanza: “El jugador vive esperando ganar, pero hay una esperanza mucho más pura: creer que existe una vida mejor y que se puede vivir sin jugar”.

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