Análisis, cábalas y maldiciones pueden ser fruto del buen o mal uso de las estadísticas. Ejemplos de que los hechos no hablan por sí solos. Y como el Mundial de Fútbol ya termina, que sirva como excusa.
El sentido común dice que como para ganar hay que hacer más goles que el rival entonces hay que tirar hacia el arco contrario y evitar que el oponente lo haga contra el propio. Es posible dar precisión a esa perogrullada usando las estadísticas de la FIFA. Ellas recogen que hasta ahora la selección argentina hizo 113 remates hacia el arco rival (no necesariamente a los tres palos) y 19 goles. Eficiencia, 17 por ciento. España, 120 remates y trece goles. Eficiencia, once por ciento. Esto es, en promedio Argentina debió patear unas seis veces para hacer un gol y España alrededor de nueve.
¿Esas cifras muestran probabilidad de tantos? Más o menos. Con un diseño aleatorio es fácil, como el lanzamiento ideal de un dado o de una moneda. Para un número específico del dado la probabilidad es un sexto, para un lado de la moneda un medio (división de casos favorables sobre casos posibles). La realidad es más complicada y entonces se toma la historia como indicador de probabilidad. Nada más que indicador. Al lanzar una moneda se espera que tras muchos volados salga aproximadamente el mismo número de caras que de cruces, aunque no debería extrañar que tras diez tiros haya siete de un mismo lado y sólo tres del otro. Luego de un millón de lanzamientos se esperaría otra proporción. Vale para el fútbol. Aunque un gol cada diez disparos sea la historia, no deberían extrañar dos tantos tras dos tiros. Si bien no es una serie aleatoria, seguramente en otros partidos aparecerán muchos intentos sin aciertos.
Una especulación desde allí diría que en la final del Mundial debe impedirse que los españoles pateen mucho porque lo necesitan para anotar. Sin embargo, si eso implica priorizar la defensa tal estrategia suele terminar en entregar el terreno al otro y en consecuencia darle más chances de tirar. Entonces, debe plantearse al revés: si uno hace goles con pocos disparos y los otros con muchos se podría intentar atacar aunque parezca descuidarse la retaguardia porque la probabilidad de que los tiros ajenos entren es baja. Pero las defensas también juegan. Y así como Argentina recibió siete goles hasta ahora, España sólo uno. Bien podría bajar el promedio de goles argentinos por disparo, por lo tanto, hay que intentar más. De paso, un viejo consejo: si la defensa se cierra, a probar de afuera. Algún tiro entrará, y si los defensores comienzan a ver como peligrosos los disparos es posible que salgan para taparlos y se pueda tocar.
Por supuesto, interviene mucho más que la historia para definir un partido y entonces aparece un mal uso de las estadísticas: las cábalas y su inmensa variedad. Por ejemplo, Boca Juniors ganó campeonatos mientras Rubén Osvaldo “el panadero” Díaz (ayudante de campo) le palmeaba la espalda con la mano entalcada al DT, Alfio Basile, cada vez que Boca hacía un gol. El Xeneize ganó cinco títulos de cinco disputados entre 2005 y 2006 con “el Coco” como técnico. Pero durante el Apertura 2006 Basile fue reemplazado por Ricardo La Volpe y no se logró el campeonato. ¿Por abandonar el talco o por cambiar el estilo de juego?
Los cabuleros confunden correlación con causalidad. Si dos resultados aparecen juntos en una serie, correlación, hay tres posibilidades: uno es causa del otro, los dos son efectos de un tercer fenómeno o casualidad. Así, ejemplo tomado de Internet, consumo de helados y ataques de tiburones aumentan y disminuyen simultáneamente. ¿Enfurece a los tiburones que los humanos tomen helados? No: estacionalidad. En verano hay más consumo de helados y más personas se meten al mar (incremento de probables víctimas), en invierno al revés.
Creer que las cábalas funcionan es confiar en el efecto mariposa (caos mal interpretado por los no especialistas). Que, por caso, cruzar las piernas de cierta forma al ver el partido en que hubo un triunfo de alguna manera influyó en el resultado y la posición debe repetirse. ¿Y las cábalas ajenas? ¿Influencia única, conjunta, contrarrestada? Las cábalas calman a quien las practica y son útiles si éste es quien debe actuar. Si con ellas alcanza confianza o tranquilidad, ese sentimiento puede influir en el resultado. Pero si no es el actor, es sólo mal uso de correlaciones y teoría del caos.
Algo similar ocurre con las maldiciones, incluyendo las políticas. Una, la de Tecumseh, antiguo jefe shawnee: desde William Henry Harrison los presidentes de EEUU elegidos en un año terminado en cero morían en el cargo. Harrison, elegido en 1840, falleció en 1841. Contándolo fueron siete mandatarios (de ocho muertos en ejercicio) hasta que Ronald Reagan triunfó en 1980 y entregó el mando en 1989. Otra, desde James Garfield (asesinado en 1881) hubo tres senadores en funciones elegidos presidente; todos fallecieron antes de concluir su período… hasta Barack Obama (2009-2017). Y está la maldición de Buenos Aires: desde Bartolomé Mitre (1862-1868) ningún gobernador bonaerense fue elegido presidente (Eduardo Duhalde no cuenta, fue designado por el Congreso).
Algunas rachas duran más, otras menos, pero concluyen en algún momento, lo que alivia la febril búsqueda de coincidencias mundialistas. Porque Argentina tiene tres Copas, 1978, 1986 y 2022, con tres presidentes de la Nación bigotudos: Jorge Videla, Raúl Alfonsín y Alberto Fernández. También tres finales perdidas, 1930, 1990 y 2014, con Hipólito Yrigoyen, Carlos Menem y Cristina Fernández. El primero de bigote muy ralo, los otros sin bigotes. Y Javier Milei tampoco tiene. Además, hace 64 años que una selección no obtiene dos Mundiales consecutivos (Brasil, 1958 y 1962).
Calma. No hay mostachos mariposa y las rachas pueden cortarse. Déjese a los futbolistas hacer su trabajo y el resto disfrute del partido.










