Una lección y no sólo de fútbol: Messi, el caudillo de perfil bajo que le marca la cancha a la política

Por Hugo E. Grimaldi - Para LA GACETA.

Una lección y no sólo de fútbol: Messi, el caudillo de perfil bajo que le marca la cancha a la política
Hace 5 Hs

Hay dos maneras de llegar a una final del mundo. Un camino es improvisar, confiar en el talento individual y esperar que aparezca un salvador, un modo “a la Argentina”, podría decirse. El otro supone construir un equipo, definir un rumbo, aceptar correcciones, exponer valores y sostener una estrategia. La Selección de fútbol llegó a esta instancia otra vez, por séptima ocasión en la historia, siguiendo el segundo camino, mientras la política argentina, en cambio, lleva demasiado tiempo tentada por el primero.

Parece casi seguro que, sea cual fuere el resultado de mañana, modificará muy poco la principal enseñanza de este ciclo futbolístico a quienes se atrevan a tomarla: planificación, disciplina, humildad para aprender de los errores y una convicción compartida que resiste los momentos de incertidumbre sin bajar los brazos. Más aún, potencia la resistencia para apretar los dientes y seguir buscando. Son virtudes tan elementales como escasas en otros ámbitos de la vida pública.

Es obvio que la política no es fútbol, pero en la semana se notaron ambigüedades y puntos de vista diferentes en relación a la Selección que va por la cuarta estrella, sobre todo en términos del agasajo que se está organizando para recibir a un grupo que ha hecho del carisma y de su mística una religión que excede el juego y que no quiere entregarse al embarrado mundo de la política. La llegada del equipo a estas instancias ha obligado al Gobierno a comenzar a pensar en la recepción, aunque la AFA como institución quizás quiera jugar su partido contra el mismísimo Presidente que intentó quitarles el negocio con la llegada de las SAD.

Para evitar el papelón de hace cuatro años que dejó afeitado y sin visita a Alberto Fernández, Milei fue entre pícaro y realista porque ofreció una Casa Rosada “vacía de políticos” para que los jugadores se muestren hacia la Plaza de Mayo. Lo notable es lo que transmite el equipo porque aunque mañana se clasifique segundo, la gente igual saldrá a la calle a recibirlo y está más que claro que el volumen que se espera será complicado de albergar frente al balcón. Quizás la alternativa más apropiada sea Palermo, como propone la Ciudad, aunque si los jugadores perciben manipulación política o ventajeo, es más que probable que se vayan de Ezeiza a sus casas.

Lo cierto es que no se quiere irritar ni a la AFA (“Chiqui” Tapia sigue ganando vidas, pese a los estropicios de su gestión), ni a los jugadores ni a Messi en particular. No es casual que, en medio de la euforia, el capitán haya recordado que “la gente la está pasando mal” y que entonces el Gobierno, a regañadientes, lo haya tenido que admitir, aunque enseguida buscó refugio en la típica explicación de la herencia recibida. El oficialismo no se animó a refutar el diagnóstico que el 10 puso en palabras simples.

El otro tema, mucho más delicado, fue la sábana pintada con aerosol que apareció en la tribuna del partido contra Inglaterra con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. La ministra de Seguridad había advertido sobre impedir banderas con consignas que pudieran provocar incidentes, pero un grupo de hinchas la confeccionó, la introdujo en la cancha y se la entregó a los jugadores, quienes la mostraron al mundo.

Lo delicado del tema terminó generando cruces internos. La vicepresidenta Victoria Villarruel se quejó de la pasividad del Gobierno al respecto y escribió en X: “Prohibieron llevarlas a la cancha y se olvidaron que las llevamos en la sangre y el corazón”. En tanto, el Presidente la desautorizó sin nombrarla y dijo que “las vamos a recuperar por la vía diplomática”. Por su parte, Patricia Bullrich, por WhatsApp, respondió al planteo de la vice sobre la llamada “Ley de Tierras”, tema que profundizó la grieta que la separa de los Milei: “Andá a chuparle las medias a Karina”, explotó Villarruel. “Alta peluquería”, hubiese dicho Aníbal Fernández.

El ruido tuvo además un condimento ideológico, ya que VV quería suspender la sesión para que los senadores “festejen en sus provincias” y no votando una ley que llamó “indignante”, debido a la permisividad hacia la compra de tierras por parte de extranjeros. La senadora se negó y al día siguiente, cuando se dio cuenta que no tenía los votos necesarios, la misma Bullrich, además disgustada porque el ministro Federico Sturzenegger la había desautorizado en materia de cambios al proyecto, pidió un cuarto intermedio porque los votos, efectivamente, no estaban.

Todos estos gestos de la interna del poder, mezclados con la pelota, dejaron expuestas a cielo abierto las diferencias que existe entre la gestión política y lo que se observa de la Selección argentina dentro de la cancha. El grueso de los ciudadanos parece tenerlo claro y sabe de sobra que, por más que los mismos políticos sueñen con venderse como tales, Messi es el mejor futbolista de su tiempo y bien podría el ídolo jugar para sí mismo, monopolizar la escena y reclamar todos los focos, tal como hace el mundo de la política.

Sin embargo, quizás su mayor virtud no sea esa, ya que el rosarino de 39 años eligió exactamente el camino contrario, ya que nunca actuó como si su talento le otorgara el derecho a jugar solo. Messi retrocede, marca, cambia de ritmo en una baldosa, asiste, cede protagonismo y hasta acepta que otro convierta el gol decisivo. El capitán entendió que el talento individual alcanza para ganar partidos, pero que los grandes títulos sólo aparecen cuando cada pieza acepta cumplir una función al servicio del conjunto.

En esa renuncia voluntaria se hace presente una lección de conducción que trasciende al deporte, ya que los verdaderos referentes no necesitan demostrar a cada instante que son imprescindibles, sino que consiguen que los demás también crezcan. Es el mejor jugador del mundo quien ha renunciado a comportarse como un salvador y ahí está la gran paradoja de toda esta historia: la Selección gana porque el único que podría actuar como caudillo ha decidido no hacerlo, confiado en otros valores. Eso es pura grandeza, valor del que la política de zancadillas -internas y externas- carece.

En paralelo, como ejemplo de gestión colectiva, aparece Lionel Scaloni, probablemente uno de los entrenadores más influyentes de la historia del fútbol argentino y, está claro, uno de los menos estridentes. El DT nunca confundió autoridad con gritos, firmeza con soberbia ni conducción con protagonismo. Corrigió cuando hizo falta, cambió nombres sin dramatismo y administró los egos sin alimentar el culto a la personalidad. Su mayor acierto fue comprender que un proyecto sólido vale más que cualquier improvisación brillante. Políticos: ¡timbre!

No deja de llamar la atención que en la Argentina vapuleada por la inconstancia. motor del péndulo desde hace décadas, muchas de esas virtudes resulten tan naturales dentro de una cancha y tan difíciles de encontrar fuera de ella. En el fútbol de alta competencia se acepta que nadie gana solo, que las reglas son innegociables, que el esfuerzo cotidiano importa más que una declaración grandilocuente y que los resultados nunca autorizan a dejar de trabajar. En la política, en cambio, y es probable que con mayor frecuencia en la Argentina, ocurre lo contrario: abundan los personalismos, las urgencias desplazan a los planes y el adversario suele convertirse en enemigo antes que en competidor.

Quizás por eso, la “Finalissima” de mañana entre los campeones de los dos continentes ofrece. para quien quiera verla, una metáfora que excede al deporte. No se trata de trasladar las recetas de vestuario a la Casa Rosada ni de imaginar que un país puede gobernarse como un equipo de fútbol. Pero sí de reconocer que hay valores -coherencia, paciencia, mérito, trabajo colectivo y capacidad de corregirse sin renegar de los objetivos- que sirven tanto para disputar una Copa del Mundo como para construir instituciones.

Lo interesante sería que la dirigencia observe que los mejores discursos sobre liderazgo no se oyen en un atril, sino que se expresan con mayor contundencia en un campo de juego. Messi mediante, claro.

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