Ningún atajo: el desarrollo se construye empresa por empresa

Martín López Cruz - Director General de López Cruz & CO

LIMÓN TUCUMANO. Una industria entera se volvió de clase mundial porque un grupo de empresas se decidió a hacer bien las cosas.
LIMÓN TUCUMANO. Una industria entera se volvió de clase mundial porque un grupo de empresas se decidió a hacer bien las cosas.
Hace 2 Hs

El desarrollo de una provincia casi nunca se decide donde lo buscamos. Buena parte se juega en una sala sin ventanas, cuando una familia se sienta por primera vez a poner por escrito las cuentas que hasta ayer vivían en la cabeza del fundador. Lo vi varias veces. Y, tarde o temprano, en esa escena menor, se juega buena parte del futuro de Tucumán.

Acá tenemos tierra buena, azúcar, limón, un clima que acompaña. Todo eso es un punto de partida. Pero después de años de mirar empresas por dentro me quedó una convicción: lo que termina de hacer rica a una provincia es la calidad de las empresas que la habitan. La tierra da la materia prima; el nivel de las empresas decide cuánto de esa materia prima se convierte en trabajo, en arraigo y en futuro.

Empiezo por lo que más se siente acá. Todos los años, Tucumán forma gente joven y buena: ingenieros, contadores, técnicos, chicos que estudiaron acá o volvieron de Córdoba y Buenos Aires con un título bajo el brazo. Lo que decide si esa gente se queda es bastante simple: si encuentra una empresa donde crecer. Una empresa profesionalizada ofrece una carrera de verdad, un puesto que existe, un sueldo de mercado, un camino para subir por mérito propio, y ese es el tipo de lugar donde un joven arma su vida. Cada empresa del norte que se ordena es una razón más para que un tucumano construya su futuro acá, en vez de mandar el currículum a otra provincia.

Sigo por algo que aparece en los números y casi nunca en los discursos. Siete de cada diez empresas familiares no sobreviven al paso de la primera a la segunda generación, y apenas una de cada diez llega a la tercera. Y una encuesta global de PwC apunta a la causa de fondo: en América Latina, solo un tercio de las empresas familiares tiene un plan de sucesión. El resto queda atado a que el fundador siga estando. Cada una que se apaga cuando se va su fundador deja un hueco concreto: puestos que desaparecen, proveedores que pierden un cliente, una cadena de relaciones que se corta, plata que dejaba de moverse en la provincia. Una empresa que se profesionaliza cruza ese momento y sigue viva. Tucumán conserva lo que costó décadas levantar, y una economía que retiene sus empresas crece encima de lo que ya logró, generación tras generación.

El norte ya tiene la prueba puertas adentro. La industria del limón salió a competir al mundo y, para entrar en los mercados más exigentes, tuvo que ordenar cada proceso y abrir la puerta a que la miraran de afuera: trazabilidad, certificaciones, estándares que un comprador pide antes de firmar. Esa exigencia de unas pocas empresas bajó por toda la cadena. El que vendía los cajones, el del flete, el ingeniero del campo: todos subieron el nivel para seguir adentro. Hoy “limón tucumano” significa algo en una góndola de Europa, y detrás de esas dos palabras hay miles de empleos, técnicos que se forman y se quedan, y un nombre de provincia que pesa. Una industria entera se volvió de clase mundial porque un grupo de empresas se decidió a hacer bien las cosas.

Y esto ya pasó cerca nuestro. Mendoza convirtió al vino en una industria de nivel mundial y, de paso, se reinventó como provincia: cambió lo que produce, a quién le vende y hasta la imagen que tiene de sí misma. Córdoba hizo algo parecido con el software. En los dos casos alcanzó con un puñado de empresas que se decidió a jugar en serio, se ordenó para competir afuera y terminó arrastrando al resto.

El ejemplo es contagioso. En una provincia, una empresa que se profesionaliza y le va bien, crece, exporta, se lleva a la mejor gente, es la mejor campaña posible: el vecino la mira, ve que funciona y se anima a dar el mismo paso. Así se levanta el piso de todos, una decisión a la vez.

Ese orden tiene un premio que se cobra en serio. El capital es miedoso: va a donde puede ver los números.

Un banco, un fondo, un cliente grande de afuera, todos preguntan lo mismo antes de poner una firma: mostrame cómo funciona esto. Una provincia llena de empresas que pueden contestar esa pregunta se vuelve un lugar donde vale la pena invertir.

Cada empresa que se ordena vuelve un poco más creíble a la provincia entera, y la confianza que cada firma construye con su nombre, sumada muchas veces, termina siendo el nombre de Tucumán.

Y acá está lo que quería llegar a decir, que se dice poco. El desarrollo de una provincia se construye de a una empresa por vez, en las salas menos vistosas: una familia que se sienta a ordenar sus cuentas, un dueño que contrata al primero de afuera, una empresa que aprende a caminar sin depender de que esté siempre la misma persona.

Las decisiones

Cada una de esas decisiones, chica y privada, pone un ladrillo en algo que es de todos. Una provincia se desarrolla cuando sus empresas se desarrollan. No hay atajo.

Hay un punto en el que todas esas decisiones sueltas se pueden volver un proyecto común. Cuando las empresas, las universidades, los medios y las instituciones de una provincia empujan en la misma dirección, el esfuerzo privado de cada familia se convierte en una manera de trabajar de toda la región, y esa manera termina siendo la marca del lugar. Eso una provincia lo puede decidir a propósito. Tucumán tiene la tierra, la gente y los ejemplos a la vista. Falta lo más difícil y a la vez lo más al alcance de la mano: decidir que va a jugar en serio, y hacerlo entre todos.

Por eso me detengo en cada familia que se anima a dar ese paso. Cree que está resolviendo un problema suyo, de puertas adentro. Y lo está resolviendo.

Pero ordenar una empresa para que camine sin depender de una sola persona nunca es del todo un asunto privado: es una decisión sobre qué queda parado en la provincia cuando esa persona ya no esté. Esa es la distinción que se dice poco.

El desarrollo no se anuncia. Se contabiliza, empresa por empresa.

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