Violencia sexual: por qué aceptar no siempre es querer

Desde el deseo hasta el consumo de alcohol, especialistas responden las preguntas que suelen aparecer en los vínculos sexoafectivos.

RETO. Registrar lo que uno siente y  expresarlo es uno de los mayores desafíos en la vida sexual.
RETO. Registrar lo que uno siente y expresarlo es uno de los mayores desafíos en la vida sexual.
Por Ariane Armas Hace 5 Hs

“¿Cuántas veces dije que sí sin quererlo?”

La pregunta le quedó dando vueltas a Ayelén S. (27) después de una noche que, en apariencia, no tuvo nada fuera de lo común.

“Llevábamos varias semanas saliendo, acepté subir a su casa y entre beso y beso quiso ir más allá. Al principio estuve de acuerdo pero después sentí angustia y dije que no. Voy a aclarar que él se lo tomó bien, incluso me preguntó cómo estaba. Fui yo la que se sintió horrible. Como una histérica”, cuenta.

La escena no encaja en los relatos más visibles sobre violencia sexual. No obstante, abre una zona incómoda y poco explorada. La distancia entre decir “sí” y realmente querer.

No alcanza con el “sí”

Para la psicóloga y sexóloga Gabriela Silva Molina, el consentimiento está lejos de ser una fórmula simple. “Es la posibilidad real de elegir participar de una situación desde el deseo, la comodidad y la libertad. No alcanza con decir ‘sí’, tiene que existir un acuerdo que se sienta genuino, sin presión ni obligación”, explica.

En la práctica, uno de los errores más frecuentes -según advierte- es pensar el consentimiento como algo permanente. “Se cree que se da una vez y habilita para siempre, como si fuera un permiso general. Esto aparece mucho en las parejas: todavía muchas personas consideran que el vínculo ya habilita al consentimiento”, señala.

Pero no es así. “El consentimiento es dinámico, puede modificarse o cambiar en cualquier momento, incluso dentro de un mismo encuentro”, subraya.

Deseo o resignación

No siempre es fácil distinguir cuándo hay deseo y cuándo simplemente se “deja que pase”.

“El deseo implica presencia, participación y registro del propio cuerpo. La persona está ahí porque quiere estar”, explica Silva Molina. En cambio, agrega, “dejar que pase” suele estar ligado a evitar conflictos, cumplir expectativas o no incomodar.

Ahí aparece uno de los nudos más complejos porque muchas personas permanecen en situaciones que no desean.

“El mayor riesgo es el silencio, la pasividad o no frenar a tiempo. Muchas veces se prioriza al otro por incomodidad, miedo o dificultad para poner límites”, advierte.

Lo “implícito”

El consentimiento no siempre se expresa con palabras. Puede aparecer en gestos o actitudes. Pero confiar solo en eso también tiene riesgos.

“La dificultad está en la interpretación del otro, o incluso en que el otro perciba el cambio y aun así continúe”, señala la especialista.

Por eso, apoyarse únicamente en lo implícito puede derivar en malentendidos.“No hemos aprendido a hablar de sexualidad de manera abierta. Persiste la idea de que el deseo debería entenderse sin palabras”, agrega.

Lejos de “arruinar el clima”, dice, hablarlo puede generar lo contrario ya que se fortalece la confianza y la seguridad.

Lo que dice la ley

En el plano legal, el consentimiento tampoco admite ambigüedades.

La abogada Andrea Liquin explica que el Código Penal argentino (artículo 119 y siguientes) lo define como la capacidad libre y voluntaria de aceptar una práctica sexual. Y establece criterios claros según la edad:

· Menores de 13 años: cualquier acto sexual es considerado abuso.

· Entre 13 y 16 años: puede haber consentimiento, pero es delito si existe aprovechamiento de la “inmadurez sexual”.

· A partir de los 16 años: las relaciones consentidas no constituyen delito, siempre que el consentimiento sea libre y sin coerción.

Además, hay factores que lo invalidan como la violencia (física, psicológica o económica), amenazas, abuso de poder o dependencia y la incapacidad de comprender o decidir libremente.

Silencio no es consentimiento

Uno de los puntos más claros desde lo jurídico coincide con lo que describen las experiencias cotidianas: el silencio no implica aceptación.

“En el derecho penal argentino, el silencio o la falta de resistencia no equivalen a consentimiento”, sostiene Liquin.

El Protocolo de Atención Integral de Personas Víctimas de Violaciones Sexuales (2021) es explícito: la ausencia de oposición no puede interpretarse como aceptación.

El silencio, en muchos casos, puede ser consecuencia del miedo, la coerción o la dependencia.

Alcohol y “zonas grises”

Otro aspecto clave es el consumo de alcohol o sustancias. “Si la persona no está en condiciones de decidir libremente, el consentimiento puede estar afectado o directamente anulado”, explica la abogada.

En esos casos se presume que no pudo consentir válidamente, o si alguien se aprovecha de esa situación, el acto puede considerarse abuso. Incluso, si el consumo fue inducido, la responsabilidad se agrava.

Liquin reconoce que existen “zonas grises”, tanto en la interpretación de los hechos como en su abordaje judicial por ejemplo en relaciones entre adolescentes, vínculos previos o de pareja, estados de intoxicación parcial, y situaciones de consentimiento condicionado

A esto se suma otro nivel de complejidad. Los prejuicios dentro del propio sistema judicial. “Los sesgos patriarcales atraviesan todo el proceso, desde quien toma la denuncia hasta los jueces. La idea de lo que es una ‘buena víctima’ condiciona cada caso”, advierte.

En los últimos años, señala Liquin, hubo avances impulsados por los movimientos de mujeres y feminismos. La incorporación de tratados como la Cedaw (Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer) y la Convención de Belén do Pará, junto con la perspectiva de género, buscan afirmar que el consentimiento debe ser “afirmativo, libre, consciente y específico”.

De todas formas, aclara, es un proceso en construcción que requiere debate social constante.

Mientras tanto, en la vida cotidiana, el desafío sigue siendo más básico y más complejo a la vez: poder registrar lo que uno siente y ponerlo en palabras.

Ayelén lo resume sin tecnicismos: “Después de esa noche no pude parar de pensar cuántas veces dije que sí sin quererlo. Siento que no se habla lo suficiente de consentimiento”.

En ese terreno, donde conviven el deseo, la culpa, el miedo y el silencio, el consentimiento deja de ser una idea simple. Y se vuelve, más bien, una conversación pendiente.

Comentarios