En algunos hospitales prestigiosos de los Estados Unidos hay nombres que no pertenecen a próceres ni a figuras históricas. Son nombres de personas vivas que decidieron transformar parte de su fortuna en algo más perdurable que el dinero: salud, ciencia y conocimiento.
Mi reflexión surgió al descubrir que el Women's Heart Center del Cedars-Sinai Medical Center de Los Ángeles lleva el nombre de la actriz y cantante estadounidense Barbra Streisand. Inicialmente pensé que se trataba de un homenaje póstumo. Sin embargo, no fue así. En 2012, la artista realizó una importante donación destinada a impulsar la investigación de las enfermedades cardiovasculares en la mujer, y de allí nació la asociación de su nombre con ese centro.
Al profundizar en el tema aparecen otros ejemplos similares. La Icahn School of Medicine de Nueva York lleva el nombre del empresario Carl Icahn. Asimismo, diversos institutos de investigación, centros oncológicos y programas académicos recuerdan en vida a quienes contribuyeron con importantes aportes filantrópicos. Lo que a primera vista podría parecer una forma de vanidad encierra, en realidad, otra lógica. La de una sociedad que considera legítimo reconocer públicamente a quien hizo posible una obra de interés colectivo.
No se trata solamente de donar, sino también de agradecer. De dejar constancia de que determinado edificio, determinado centro médico o determinada línea de investigación existen gracias a alguien que decidió devolver a la sociedad parte de lo que recibió de ella.
En nuestro país la situación suele ser diferente. También hemos tenido grandes benefactores de universidades, hospitales, fundaciones y obras de bien público. Sin embargo, el reconocimiento visible suele ser más discreto: una placa, una mención institucional o un homenaje poco conocido. Rara vez el nombre del benefactor queda incorporado de manera prominente a la obra que ayudó a construir. Tal vez sea una cuestión cultural.
Tal vez una diferencia de idiosincrasia entre sociedades. Pero el contraste invita a pensar. Porque reconocer a quien decide donar parte de su propio patrimonio para una obra de interés público no disminuye en nada el valor de esa obra. Por el contrario, puede estimular nuevos gestos de generosidad, favorecer una cultura de la filantropía y fortalecer el vínculo entre la iniciativa privada y el bien común. Después de todo, cuando una persona contribuye con recursos propios a mejorar la salud, la educación o la investigación, el reconocimiento público no debería interpretarse como un acto de vanidad, sino como una expresión legítima de gratitud social.
Trayectoria artística
Barbra Streisand cumplió 84 años el pasado 24 de abril. Su trayectoria artística es formidable. Sin embargo, es posible que una parte de su legado perdure no solo en sus canciones y películas, sino también en una institución dedicada a la investigación de la enfermedad cardiovascular en la mujer y, en definitiva, a mejorar la salud y la calidad de vida de miles de personas.
Ojalá que algún día veamos con mayor frecuencia ejemplos semejantes en nuestro medio. No para imitar modelos ajenos, sino para comprender que la filantropía transparente, reconocida y orientada al bien común también puede ser una forma de construir futuro.










