De pirata a corsario (y mecenas)

De pirata a corsario (y mecenas)
Por Santiago Garmendia 28 Junio 2026

Escuchar nota

Tu navegador no soporta HTML5 audio

En 1935, Borges publicó la Historia universal de la infamia, un libro breve sobre piratas, impostores, traficantes y asesinos. Sus personajes eran esa mezcla genial de realidad y ficción: probables, entonces. No le interesaba explicar la maldad. Elegía unas pocas escenas de grandes casos y dejaba que la infamia se narrara sola.

La Fundación Juan March tiene un sitio fantástico en la red, una fuente casi inagotable de charlas sobre historia, arte, música y filosofía. Fue creada en 1955 por el financiero Juan March Ordinas con la misión de fomentar la cultura en España. Hace poco encontré allí Borges en el laberinto del tango, un espectáculo sobre el escritor y esa música que él asociaba con arrabales, compadritos y cuchillos. Entonces reparé en el nombre de la institución y pensé que había cierto guiño del destino: Juan March debería figurar en cualquier historia universal de la infamia que se precie. Lo llamaron el último pirata del Mediterráneo, aunque con el tiempo se convirtió en algo más cercano a un corsario.

March nació en 1880 en Santa Margalida, Mallorca, dentro de una familia modesta dedicada al comercio. Tuvo poca escuela, pero aprendió pronto que una misma mercancía podía valer poco en una orilla y mucho en la otra. Esa diferencia fue su educación. Empezó con productos agrícolas y terminó en el contrabando de tabaco entre África, Baleares y la costa española. Comprendió que una prohibición no elimina un negocio: modifica su precio.

En aquel comercio ya participaba otra familia de Santa Margalida, los Garau. March intentó arruinarlos; los Garau respondieron. Ninguno logró destruir al otro y en 1909 hicieron lo que a veces hacen dos enemigos que se conocen demasiado: se asociaron. El asunto se complicó porque Leonor Servera, la mujer de March, se enamoró de Rafael Garau, el hijo de aquel socio forzoso. Borges habría apreciado la simetría.

En septiembre de 1916 encontraron a Rafael junto a las vías del tren, cerca de Valencia. Había recibido dieciséis puñaladas, pero todavía llevaba dinero y un reloj valioso. Los asesinos, si eran ladrones, eran muy malos. Pero parece que eran otra cosa. Sus últimas palabras habrían sido en mallorquín: M’han mort, mals amics. Me han matado, malos amigos. La frase es demasiado perfecta y conviene desconfiar de ella. Las últimas palabras suelen recibir una cortesía literaria que la agonía no permite. Fue el sospechoso perfecto pero no se probó nada.

Europa estaba entonces en guerra y España se había declarado neutral. March interpretó la neutralidad con amplitud: hizo negocios con los aliados, colaboró con los británicos y abasteció también a submarinos alemanes. Más tarde vendería armas a los hombres de Abd el-Krim, que combatían contra soldados españoles.

La República lo encarceló en 1932 pero al año siguiente escapó sin túneles ni escaleras. Otra empresa borgiana: el laberinto perfecto de Borges no necesita paredes. La fuga perfecta consistió en sobornar a las personas precisas y tener un automóvil con chofer esperando en la puerta.

Y así siguió: financió a Franco y después colaboró con Churchill; compró periódicos, bancos y empresas a precio vil.  Murió en 1962 (accidente de auto, para seguir viendo historias en todos lados) dejando una enorme fortuna y  una fundación que asoció su apellido con la cultura. Un infame de su talla no se redime con conciertos buenísimos, muestras y conferencias espectaculares. Pero, claro, algo es algo.

Temas Tucumán
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios