LA GACETA en el último adiós al Indio Solari: una peregrinación interminable marcada por las lágrimas, los cantos y la devoción

Miles de fanáticos caminaron durante horas por el sur del Gran Buenos Aires para darle el último adiós al Indio Solari. LA GACETA recorrió la columna humana que atravesó Avellaneda, Sarandí y Villa Domínico entre cánticos, lágrimas, flores y escenas cargadas de emoción.

ADIÓN AL INDIO SOLARI. Distintas edades, diferentes vidas, una misma pasión.
ADIÓN AL INDIO SOLARI. Distintas edades, diferentes vidas, una misma pasión. MATÍAS AUAD/LAGACETA
Por Matías Auad Hace 28 Min

Resumen para apurados

  • Miles de fanáticos despidieron al músico Carlos "Indio" Solari este domingo en Avellaneda, Buenos Aires, tras su fallecimiento el viernes a los 77 años.
  • La masiva peregrinación recorrió kilómetros de la avenida Mitre con cánticos y flores, uniendo a generaciones marcadas por el legado musical de Los Redondos.
  • Este masivo adiós consolida al Indio Solari como un mito de la cultura popular argentina y un símbolo de identidad colectiva que trascenderá a través de sus canciones.
Resumen generado con IA

Corina Calcagno levanta una mano desde su silla de ruedas y sonríe mientras los ricoteros le cantan “abuela, la la la” desde la avenida Mitre al 2274 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Tiene 87 años, vive en un geriátrico de Sarandí, padece Alzheimer y muchas veces no escucha cuando le hablan. Sin embargo, este domingo eligió salir a la vereda para saludar a la multitud que caminaba rumbo al velatorio del Indio Solari.

Corina lleva un saco rojo, una remera negra y las piernas cubiertas por una calza blanca llena de letras. A su alrededor, el geriátrico parece haberse detenido por unos minutos. Algunos fanáticos se acercan a saludarla. Otros le levantan las manos desde la fila interminable. Ella posa para las fotos y mueve los brazos siguiendo el ritmo de los cánticos.

“Le hablás y muchas veces no escucha. Vive en su mundo, es súper tranquila. Pero la música la conecta. Cuando escucha al Indio, se revive”, le cuenta a LA GACETA Ivana Leguizamón, auxiliar de enfermería.

La postal sintetiza lo que ocurrió este domingo: decenas de miles de personas caminaron durante horas para despedir no solamente a un músico, sino a una figura que muchos describían como un prócer popular, una especie de guía espiritual capaz de atravesar generaciones enteras. Para buena parte de los que hicieron la fila, el Indio no era sólo el autor de canciones que marcaron sus vidas: era alguien cercano a lo sagrado, una presencia que acompañó duelos, amores, amistades y formas de entender el mundo.

ADIÓN AL INDIO SOLARI. Un niño acompaño a su mamá al velorio del gran cantante argentino. ADIÓN AL INDIO SOLARI. Un niño acompaño a su mamá al velorio del gran cantante argentino. MATÍAS AUAD/LAGACETA

El destino final de esa peregrinación era el Polideportivo José María Gatica, ubicado dentro del Parque Domínico, en Villa Domínico, partido de Avellaneda, donde descansan los restos de Carlos “Indio” Solari, fallecido el viernes a los 77 años. La convocatoria terminó desbordando todas las previsiones y durante toda la jornada miles de personas siguieron llegando desde distintos puntos del país para darle el último adiós.

La fila que no terminaba nunca

El domingo estuvo gris. Húmedo. Frío. Apenas 14 grados en Buenos Aires. Me bajo del taxi en la esquina de avenida Mitre y 25 de Mayo. El chofer espera unos segundos antes de arrancar y mira por el espejo retrovisor. “Yo nunca puse nada en el estado de WhatsApp, pero hoy compartí algo sobre el Indio. Veo que no soy el único”, reflexiona.

Durante más de tres kilómetros, LA GACETA recorrió la columna de fanáticos que avanzaba por la avenida Bartolomé Mitre, una de las arterias principales del sur del Gran Buenos Aires. El trayecto comenzó en la zona de Mitre y 25 de Mayo, en el centro de Avellaneda, y se extendió hasta las inmediaciones de Mitre y Madariaga, ya cerca de Villa Domínico. En el camino, la fila atravesaba distintas localidades y barrios del sur bonaerense, como Avellaneda centro, Sarandí y Villa Domínico, convirtiendo a toda la avenida en una enorme procesión ricotera.

La fila es interminable. Ocupa cuadras enteras. La gente avanza pegada a la vereda este de la avenida, sobre la mano que baja de norte a sur hacia el epicentro del velorio, sin vallados, como una peregrinación improvisada que atraviesa toda Mitre. Algunos llevan flores. Otros cargan termos, mates, mochilas o banderas argentinas con la cara del Indio estampada.

Hay camperas negras, gorros de lana, camisetas de Boca, de River y de Los Redondos. Hay padres llevando chicos sobre los hombros. Hay adolescentes abrazados. Hay personas mayores caminando lento, tratando de resistir el viento helado de la tarde. La fila no está compuesta solamente por quienes vieron al Indio en la época de Los Redondos. También hay hijos, nietos y adolescentes que heredaron las canciones como se heredan ciertas historias familiares.

Entre la multitud también aparece Milton, que llegó desde Villa Domínico acompañado por Suricata, su perra de cuatro años. La sostiene en brazos mientras avanza lentamente con la fila. “El Indio es un zarpado, atravesó mi juventud, ir a verlo con amigos a Los Fundamentalistas. Me acercan valores de unión, de argentinidad, de defender lo nuestro, de la cofradía, de estar unidos”, dice.

Las gargantas ya están gastadas. De vez en cuando alguien empieza un canto y el resto lo sigue automáticamente. “Vamos Redondos, con huevo vaya al frente” y “El que no salta, votó a Milei” son las dos canciones más coreadas de una despedida que, por momentos, parece una tribuna de fútbol extendida a lo largo de kilómetros.

A las 15.49, un parlante empieza a reproducir “Flight 956” y la reacción es inmediata. La gente levanta las manos, canta, llora, se pone los anteojos de sol, toma cerveza, se abraza y se guarda las manos en los bolsillos para pelearle al frío. Algunos cierran los ojos mientras cantan. Otros simplemente miran hacia adelante, en silencio. En medio de la fila, un hombre con camiseta de Boca y campera de jean abre los brazos y canta mirando al cielo. Detrás suyo, cientos de personas siguen avanzando bajo un cielo completamente gris.

ADIÓN AL INDIO SOLARI. Una multitud despidió los restos del cantante. ADIÓN AL INDIO SOLARI. Una multitud despidió los restos del cantante. MATÍAS AUAD/LAGACETA

“Entendí todo”

Lorena Leone tiene 51 años y vino desde Lomas de Zamora. Mientras habla, se seca las lágrimas con la manga de la campera. “A los 17 años estaba en pareja con el papá de mi hijo. Él escuchaba a Los Redondos. Yo le decía: ‘¿Quién es ese pelado?’. Me dijo: ‘¿Querés entender?’. Le dije que sí. Estaba embarazada de siete meses. Me llevó al microestadio de Lanús. Entendí todo”. Hace una pausa para evitar quebrarse. “El tema ‘Tarea fina’ me conectó, me hace llegar a mi ex pareja que ya no está. Siento dolor, no lo puedo explicar, no paro de llorar desde el viernes. El Indio habló de la política, los pibes de la calle, el hambre. Cristina libre, Milei esto es para vos”.

A lo largo de la avenida, el duelo también convive con la lógica callejera de cualquier ritual masivo argentino. Por momentos hay olor a tortilla calentita. El paquete cuesta $3.000. Más adelante, el humo de los choripanes y hamburguesas con cheddar invade la avenida. El chori cuesta $10.000. Las remeras del Indio, $15.000. Los mates temáticos, $25.000.

Doña Betty vende flores sentada sobre la vereda. Llegó desde Fiorito, el barrio de Maradona, y a su lado quedan apenas algunos claveles y margaritas. “Llévense las últimas flores. Son las últimas que quedan”, dice. Vendió casi todo. Todavía mira sorprendida el movimiento de gente que pasa frente a ella. “Nunca vi tanta gente. Era un grande. Hizo llorar a todos. Esperemos que Dios nos dé vida. Sus músicas me gustaban, muy lindas. Él me calmaba con sus músicas. Tienen algo que me serena”.

“El Indio era mi viejo”

Fernando Millán tiene 38 años, es hincha de Boca y está acompañado por su grupo de amigos. Llegó a las 11 de la mañana. “Tamos contentos, estamos chupando. Adentro tenemos un dolor inexplicable. No se apaga. Quedamos solitos. Sin padre. No hay manera de llorarlo”. Hace silencio unos segundos antes de seguir. “A mí mi papá no me crió, se borró. El Indio era mi viejo”, cierra.

A pocos metros, Gustavo Masurtevic, de Roque Pérez, mira la fila avanzar y trata de explicar lo que está viendo. “El legado es esto. Cuadras y cuadras de cosas que va a dejar. Nadie va a poder entender en la vida. La rebeldía, el siempre estar ante el que te quiere dominar. Es vida. Es lucha”.

Romina y Nadia llegaron en moto. Son primas. Romina tiene 51 años y habla acelerada por la emoción. “El Indio es el pueblo por su forma de pensar, de actuar, de pensar en la gente siempre. El Indio renació. Para mí se murió un prócer. Iba más allá de la música. No hay nadie a la altura del Indio. Mirá lo que es la fila. Hay jóvenes, familias, viejos, gente adulta. Nos atravesó a todos”.

Nadia asiente mientras escucha. “Es pensar en el otro, como el pueblo, como Cristina, como Néstor. No conocí a Perón y Evita, pero Cristina, Néstor y él me enseñaron la pasión por la política. Es la esquina, es el barrio, es Bajo Flores, es Mataderos”, agrega.

La despedida de una tribu

A las 16, Alejandra ya había dejado pasar a más de 100 mujeres al baño de su casa en Sarandí. Había abierto las puertas a las 11 de la mañana. En la estación de servicio Shell de Mitre y Madariaga, el panorama era parecido. “Desde el Mundial que no veía algo así”, dice el playero Braian.

Walter Nistor observa el movimiento desde la vereda. Tiene 68 años y hace 46 que trabaja como taxista. “Esto es increíble. Nunca en mi vida vi algo así. Fui al de Perón y al de Kirchner. La cantidad de gente me emociona. No soy fanático, pero hay un montón de letras que me encantaban”, dice.

El viento pega cada vez más fuerte sobre avenida Mitre y la fila sigue avanzando. Hay personas que llevan más de cinco horas caminando. Sin embargo, nadie parece querer irse.

Porque en Avellaneda no sólo había fanáticos esperando pasar frente a un féretro. Había personas intentando despedirse de alguien que, durante décadas, les puso palabras al dolor, a la bronca, a la soledad y a la sensación de no encajar del todo en ningún lado.

Quizás por eso muchos lloraban aunque no pudieran explicarlo. Quizás por eso otros cantaban. Quizás por eso Corina, desde su silla de ruedas y su mundo atravesado por lagunas mentales, también salió a saludar a los ricoteros. Como si incluso ahí, en algún rincón donde la memoria empieza a desarmarse, las canciones del Indio todavía siguieran encontrando la forma de quedarse.


Comentarios