En la entrada nomás de la Facultad de Filosofía y Letras, los amigos de la hemeroteca han instalado una biblioteca (me refiero a esas cosas de madera que no son muebles ni pared), llena de libros que puede uno llevarse con el único compromiso de leerlos y pasarlos. El proyecto se llama algo así como “mano en mano”. Vale la palabra nomás, o sea, no lo van a perseguir ni pedir hablar con el libro que se ha llevado un mes antes. Hay tantas cosas ridículas como en cualquier parte, pero está lleno de pequeñas joyas. Eso sí, están más bien baqueteados porque son donaciones repetidas, reemplazadas por ejemplares más dignos y menos marcados.
Levanté varios en muchas ocasiones y me avergüenza, ciertamente, lo mucho que desconozco. Me pasó, pueden y deben reírse, con un libro de Amado Nervo. Sí, es como si les dijera Platero y yo.
Amado Nervo y yo pasamos el día completo y me sentí el burro que soy, no suave y peludo, sino encantado con la compilación Mis filosofías. Vamos a ver si puedo explicar lo bien que la pasé.
Primero propone una resignada y sonriente forma de llevar la condición humana con aplomo. No digo con alegría, ni con más fe, ni siquiera con más valentía. Digo con más aplomo: una forma de estar en el mundo sin creer del todo que el mundo nos pertenece. Amado Nervo es un cauto respecto de estas ulterioridades, como solía llamar a estos asuntos el profesor Schkolnik. Decía Nervo, en un renglón subrayado por algún lector pretérito, que “la vida es la interinidad por excelencia”.
No somos dueños titulares de nada. Somos interinos: del cuerpo, del cargo, de la casa, de los afectos, del prestigio, de la juventud, incluso de nuestras convicciones más firmes. Todo nos ha sido confiado por un rato. Y quizás buena parte de la sabiduría consista en no confundir interinato con un cargo vitalicio.
La frase de la vida como interinato tiene, desde luego, una polisemia extraordinaria y giros irónicos, ya que, como se sabe, nuestro poeta fue embajador del Porfiriato mexicano y con la Revolución Mexicana fue removido del cargo, lo que fue, digamos, una pequeña confirmación civil de su metafísica. A fin de cuentas, como él mismo lo dice: “Si de alguna manera se definiese aún al hombre [...] nosotros lo definiríamos: un animal irónico, o un animal que ríe”.
En aquel libro hay joyas de este animal, como aquel cuento del resucitado que es vuelto a la vida contra su voluntad y que debe pagar los honorarios del resucitador, las disquisiciones sobre el imperio de los microbios y consejos para ser amables con los fantasmas. Nervo era un hombre que miraba lo alto desde abajo. Aplomo.
¿Cómo entender, si no, que diga con maestría que una mujer bien calzada es como una ciudad bien pavimentada porque todo lo luce? “Por eso en Francia, patria del buen gusto, lo primero que atisban los ojos curiosos es el calzado, la media; después se juzga lo que aquellos cimientos sustentan”.
¿Que resalte la utilidad de frases cotidianas como el “quién sabe”?: “Palabra excesivamente útil es nuestro delicado, vago y amplio ‘quién sabe’. Porque hay infinidad de circunstancias, casi todas, en que sin pecar de indiscreto ni de necio podemos responder con esas palabras a no importa cuál interrogación... No compromete a nada y es siempre elocuente.”
Dicho sea de paso, Amado Nervo pidió licencia en su puesto de Amado Nervo exactamente un día 24 de Mayo, hace más de un siglo (107 años si no me falla) a la edad de 48 años. Con más razón, aproveche su puesto y vaya por la Facultad, busque, lleve y lea. Por ahí es lo que necesita. Quién sabe.







