Un médico tucumano casi muere en la pandemia y escribió un libro para no olvidar

El médico Luis Aguinaga presenta “Del otro lado del respirador”, en el que relata su experiencia. Homenaje a los profesionales fallecidos.

DOBLE PERSPECTIVA. Aguinaga pasó de atender pacientes con covid a convertirse él mismo en paciente crítico en terapia intensiva. DOBLE PERSPECTIVA. Aguinaga pasó de atender pacientes con covid a convertirse él mismo en paciente crítico en terapia intensiva.
Lucía Lozano
Por Lucía Lozano Hace 6 Hs

“Estuve a punto de morir. Durante años fui quien tomaba las decisiones con respecto a los pacientes, quien explicaba el pronóstico, quien ajustaba el tratamiento. De pronto era yo quien miraba el techo blanco de una habitación, esperando resultados... Sentí miedo real. No el académico. El miedo visceral”.

Con esas palabras comienza uno de los capítulos más conmovedores del libro “Del otro lado del respirador”, que escribió el médico Luis Aguinaga, una obra atravesada por la pandemia, la memoria y la experiencia íntima de haber estado al borde de la muerte.

No es un texto escrito desde la distancia académica ni desde el análisis frío de los datos epidemiológicos. Es, ante todo, un testimonio humano. La narración de alguien que conoció el covid 19 desde dos lugares radicalmente distintos: primero como profesional de la medicina y después como paciente crítico internado en terapia intensiva, con un compromiso pulmonar cercano al 90% y un respirador preparado al lado de su cama.

“Al principio fui quien explicaba riesgos y tomaba decisiones clínicas. Después fui quien miraba un monitor esperando que la saturación no descendiera más. Esa doble perspectiva me cambió profundamente”, señala.

La necesidad

Aguinaga explica que la necesidad de escribir apareció tiempo después de haber sobrevivido. “Mientras estaba enfermo, mi objetivo era simplemente respirar, volver a mi casa y abrazar a mis hijas”, recuerda. Pero con el tiempo sintió una mezcla de necesidad íntima y responsabilidad moral. Así nació el libro. Como una forma de ordenar emocionalmente una experiencia devastadora y, al mismo tiempo, dejar testimonio de lo vivido por toda una generación de trabajadores de la salud.

Porque una de las ideas centrales de la obra es justamente esa: detrás de cada estadística hubo personas reales, apunta. Durante meses, la pandemia se narró a través de curvas, porcentajes y números de fallecidos. Pero más allá de los números había historias concretas. Médicos agotados. Enfermeros sosteniendo manos. Familias despidiéndose por videollamada. Profesionales que se aislaban de sus hijos por miedo a contagiarlos. Colegas que murieron mientras cuidaban pacientes, enumera.

Aguinaga recuerda que uno de los mayores temores de aquellos días no era solamente enfermarse, sino convertirse involuntariamente en un puente entre el virus y las personas amadas.

“Muchos colegas dejaron de abrazar a sus hijos durante meses. Algunos dormían separados de sus familias. Otros directamente se aislaron. Había médicos que terminaban una guardia agotadora y aun así sentían que quizá no era suficiente para proteger a los suyos”, relata el médico cardiólogo tucumano.

El otro miedo

Pero además existía otro miedo silencioso: “no alcanzar con las camas. No alcanzar con el oxígeno. No alcanzar emocionalmente frente a tanto sufrimiento acumulado”, describe.

La obra reconstruye esa atmósfera opresiva de los primeros meses de la pandemia, cuando todavía no existían tratamientos consolidados y la medicina avanzaba en medio de una incertidumbre absoluta.

“Trabajar era como ejercer la medicina en medio de una niebla espesa”, describe. Las discusiones médicas cambiaban semana a semana. Se debatía sobre anticoagulación, corticoides, plasma de convaleciente, intubación precoz. Lo que parecía correcto en abril podía revisarse en junio. Y mientras la evidencia científica se construía, los pacientes seguían llegando.

“Todos los médicos del mundo estábamos aprendiendo al mismo tiempo. No había expertos absolutos. Y aun así había que decidir”, recuerda.

La pandemia, sostiene, obligó a ejercer una medicina más humilde. A aceptar públicamente algo que muchas veces cuesta: que el conocimiento científico también es dinámico y que incluso la medicina puede convivir con la incertidumbre, resalta.

Uno de los aspectos más conmovedores del libro sea el homenaje a los médicos tucumanos que murieron durante la pandemia. Aguinaga intenta reconstruir sus historias porque sintió que existía el riesgo de que el tiempo terminara reduciendo aquella tragedia a una estadística. “Detrás de esos nombres había vidas completas, familias, vocaciones, pacientes que confiaban en ellos. Muchos murieron cuidando”, afirma.

Imagen impactante

La imagen que más lo impactó fue el homenaje realizado por el Colegio Médico, que plantó un árbol por cada profesional fallecido. “Me pareció una metáfora profundamente poderosa: raíces, memoria, continuidad”, explica. En ese gesto encontró también el espíritu del libro: preservar memoria. Porque sobrevivir, dice, también implicaba contar la historia de quienes no regresaron a sus casas.

Entre los capítulos más difíciles de escribir aparece uno especialmente íntimo: la despedida de sus hijas antes de la internación definitiva. “Las miré sabiendo que existía la posibilidad real de no volver”, recuerda.

La falta de aire apenas le permitía hablar. Tampoco podía abrazarlas. Y aun así intentaba transmitir tranquilidad mientras internamente comprendía la gravedad de su cuadro.

El libro vuelve una y otra vez sobre esa experiencia de fragilidad extrema. Sobre el momento en que el médico deja de ser quien decide y pasa a convertirse en paciente. Sobre la sensación de perder control incluso teniendo pleno conocimiento de lo que sucede. “Como médico, entendía perfectamente lo que significaba 90% de compromiso pulmonar. Y quizá por eso el miedo era aún mayor”, explica.

Las noches de terapia intensiva ocupan un lugar central en la narración: los monitores, las alarmas, el oxígeno de alto flujo. Sin embargo, el relato no queda atrapado únicamente en el dolor. También aparece la solidaridad como gran protagonista.

Secuelas invisibles

Aguinaga reflexiona además sobre las secuelas invisibles que dejó la pandemia en los equipos de salud: burnout, estrés postraumático, fatiga moral y agotamiento emocional. “No fue una crisis breve. Fue una exposición prolongada al miedo, al sufrimiento y a la muerte”, sostiene.

Muchos médicos siguieron funcionando mientras internamente estaban quebrados, remarca. Algunos endurecieron emocionalmente como mecanismo de defensa. Otros cargan todavía escenas imposibles de olvidar: despedidas por videollamada, pacientes muriendo aislados, colegas internados.

El autor insiste en que la sociedad aún no dimensionó completamente ese impacto. “Durante mucho tiempo se asumió que el médico debía soportarlo todo. La pandemia demostró que nadie puede atravesar algo así sin consecuencias”, afirma.

El libro también analiza similitudes entre el covid 19 y episodios como la peste negra o la gripe española. Y hay patrones que se repiten: incredulidad inicial, miedo colectivo, desinformación, búsqueda de culpables, colapso sanitario y tensiones sociales. Entre tanta oscuridad, el autor rescata algo que considera esencial: la capacidad humana de cooperar incluso en circunstancias extremas. La experiencia, asegura, transformó profundamente su manera de vivir y de ejercer la medicina. “Después de haber sido paciente, escucho distinto. Miro distinto. Entiendo distinto el miedo”, dice. Hoy asegura valorar cosas que antes parecían automáticas: respirar sin esfuerzo, compartir una comida familiar, dormir sin escuchar alarmas de monitores, caminar normalmente. Todo se vuelve más consciente, reflexiona.

Esa idea atraviesa todo el libro. Más allá de la pandemia, el texto habla de algo universal: la fragilidad humana. “Después de haber estado cerca de perder la vida, entendí que respirar, cuidar y recordar son privilegios profundamente humanos”.

Memoria colectiva: el libro se presentará el 29 de mayo, durante un congreso de cardiología

El libro “Del otro lado del respirador” se presentará el próximo 29 de mayo, en el marco del Congreso Nacional de Cardiología, que se desarrollará en Rosario. El texto cuenta el prólogo del reconocido cardiólogo español Josep Brugada. La presentación será, más que un acontecimiento literario, un ejercicio colectivo de memoria: una forma de volver sobre aquellos años en los que la incertidumbre dominaba hospitales, consultorios y hogares; en los que el miedo convivía con el agotamiento y en los que el sistema sanitario quedó sostenido por profesionales que trabajaban bajo una presión extrema.

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