Esta semana, las amenazas de tiroteos en escuelas de nuestra provincia cumplen un mes desde la primera, allá por mediados de abril. Eventualmente dejaron de hacerse, pero dejaron algo más profundo que el miedo momentáneo de alumnos y familias. Dejó al descubierto una realidad que desde hace tiempo crece silenciosamente dentro de las aulas: la soledad de muchos adolescentes, la pérdida de vínculos de contención y una violencia que ya no aparece solamente en los golpes, sino también en las palabras, en las redes sociales y en la exclusión cotidiana.
Durante años, el bullying fue reducido a “cosas de chicos”, a bromas pesadas o conflictos pasajeros. Hoy resulta imposible sostener esa mirada. El acoso escolar tiene consecuencias emocionales profundas y, en muchos casos, deja marcas que acompañan durante toda la vida. La diferencia es que ahora esas agresiones no terminan cuando suena el timbre de salida: continúan en los celulares, en grupos de WhatsApp, en redes sociales y en comunidades digitales donde la humillación puede viralizarse en segundos.
En ese contexto, las amenazas que aparecieron en distintos establecimientos educativos de Tucumán funcionaron como una señal de alarma colectiva. Aunque muchas hayan sido consideradas “bromas”, remiten inevitablemente a tragedias reales ocurridas en otros lugares del mundo. Lo preocupante es que algunos adolescentes parecen consumir esas escenas de violencia como parte de una cultura digital que mezcla morbo, anonimato y búsqueda desesperada de pertenencia.
Sin embargo, Tucumán también mostró en los últimos días una reacción necesaria. El Ministerio de Educación impulsó jornadas de capacitación, encuentros interdisciplinarios y espacios de reflexión sobre convivencia escolar, violencia y acoso. Más de 400 docentes, psicólogos, pedagogos y trabajadores sociales participaron de actividades destinadas a pensar cómo intervenir frente a situaciones complejas dentro de las escuelas.
Ese camino resulta fundamental porque el problema no puede abordarse únicamente desde el castigo o la sanción. La violencia escolar no nace de un día para otro ni aparece aislada de la realidad social. Surge en adolescentes que muchas veces se sienten invisibles, desbordados o emocionalmente solos. Especialistas advirtieron justamente sobre esa sensación de abandono y sobre la necesidad urgente de recuperar la presencia adulta, tanto en la escuela como en las familias.
Eso no implica quitar responsabilidad a quienes ejercen violencia. Cada amenaza, humillación o acto de acoso tiene consecuencias concretas sobre otros chicos. Pero sí obliga a preguntarse qué está fallando cuando tantos jóvenes buscan llamar la atención a través del miedo, la agresión o la crueldad.
Las escuelas no pueden resolver solas una problemática que atraviesa a toda la sociedad. Hace falta reconstruir límites, autoridad y diálogo, pero también tiempo de escucha y acompañamiento real.





