MICRO. Gran parte de la sociedad tuvo que resignar gastos en ocio para ajustar el presupuesto.
A las puertas del quinto mes del año, los escándalos políticos no logran disipar el malestar que la sociedad alimenta por la falta de recuperación del poder adquisitivo de sus ingresos. Los propios datos oficiales dan cuenta que el salario todavía no le puede ganar a la inflación y que, en las negociaciones paritarias, prevalece la idea de que las remuneraciones acompañen el ritmo de los precios al consumidor. Los datos sobre economía doméstica, canalizados en un sondeo de la consultora Zentrix, terminan de darle cuerpo concreto a ese malestar: el 81,6% de los consultados reconoce que en los últimos seis meses tuvo que resignar algo para sostenerse, desde salidas, ocio o consumos no esenciales hasta compras habituales del hogar y, en los casos más delicados, gastos básicos como alimentos, salud o servicios.
El ajuste, así, dejó de ser una discusión abstracta sobre variables macroeconómicas para convertirse en una experiencia cotidiana de privación, donde una parte importante de la sociedad ya no está recortando excedentes, sino aspectos centrales de su vida diaria. Sobre esa base material se monta buena parte del desgaste político que hoy exhibe la gestión del presidente Javier Milei: cuando el 86,6% siente que su salario no le gana a la inflación y el 60,4% afirma que sus ingresos le alcanzan sólo hasta el día 20 del mes, la tolerancia social frente al ajuste empieza a depender cada vez más de la credibilidad del Gobierno, indica la consultora. Y ahí es donde las denuncias por corrupción adquieren un efecto mucho más corrosivo: no irrumpen sobre una sociedad estable, sino sobre hogares que ya vienen haciendo esfuerzos, resignando consumos y administrando privaciones. En ese contexto, la percepción de que el Gobierno podría estar reproduciendo prácticas asociadas a la misma “casta” que prometía combatir termina agravando la decepción y trasladándola al plano de la evaluación política, acota. “Por eso, la caída en la aprobación no parece responder a un único episodio, sino a la combinación entre malestar económico cotidiano y pérdida de autoridad moral, una mezcla que ayuda a explicar por qué la desaprobación viene creciendo sostenidamente desde febrero”, explica.
El termómetro oficial
En otro tramo del sondeo, Zentrix remarca la sensación social respecto del termómetro oficial. En abril, la distancia entre la economía que informa el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) y la economía que viven los hogares volvió a ampliarse. El 70,3% de los consultados considera que el dato oficial de inflación no refleja adecuadamente la variación de precios que percibe en su vida cotidiana, un salto importante respecto de enero, cuando esa mirada alcanzaba al 56,4%, el valor más bajo de la serie. No se trata sólo de una discusión sobre metodología o sobre cómo se construye un índice: lo que aparece es una crisis de validación social del dato público. Cuando la inflación oficial deja de coincidir con la sensación cotidiana de encarecimiento, el problema deja de ser estadístico y pasa a ser político, porque se debilita la confianza en una de las referencias centrales con las que el Gobierno busca reforzar el debate económico. Esa desconfianza encuentra una explicación concreta en el bolsillo. Según Zentrix, el 86,6% afirma que su salario no le gana a la inflación, el peor registro de toda la serie reciente, por encima del 74,7% de enero y del 83,9% de marzo. Ahí está el núcleo del problema: la sociedad no compara el dato oficial con una abstracción, sino con el resultado material que deja en la vida diaria. La inflación ya no se mide en decimales, sino en cuánto dura el ingreso, cuánto margen queda después de pagar lo básico y hasta qué fecha del mes se puede sostener el consumo habitual. Por eso, cuando el índice baja, pero el salario sigue sin recomponer poder de compra, el dato pierde capacidad de persuadir. El número oficial puede ordenar la macro, pero si no corrige la experiencia real del hogar, deja de ser creíble para una mayoría social, considera la consultora.
El punto se vuelve todavía más delicado porque esa desconfianza no aparece aislada, sino en una sociedad que ya viene recortando gastos y ajustando hábitos de consumo. En informes anteriores, Zentrix ya había mostrado que el deterioro de los ingresos empujaban a los hogares a una lógica cada vez más defensiva. En abril, esa tendencia no se revierte: el 60,4% dice que sus ingresos le alcanzan sólo hasta el día 20 del mes. “En ese contexto, el dato del Indec deja de funcionar como una herramienta de representación de la realidad y empieza a leerse, para una parte creciente de la sociedad, como una cifra que no captura el verdadero ritmo al que se encarece la vida. La brecha, entonces, no es sólo entre inflación oficial e inflación percibida, sino entre la narrativa económica del Gobierno y la experiencia concreta de los hogares”, finaliza el reporte privado.









