En lo alto de un valle verde y silencioso de Tucumán, donde el tiempo parece transcurrir con otra cadencia, el monasterio benedictino Cristo Rey del Siambón cumple setenta años. Allí, entre montañas, bosque y piedra, una pequeña comunidad de monjes levantó con sus propias manos un lugar de oración que con el paso de las décadas se transformó en parte de la memoria espiritual de la provincia. En quichua, Siambón significa “valle que se asienta en las alturas”. En ese paisaje apartado se establecieron los monjes benedictinos enviados desde la Abadía del Niño Jesús de Victoria, Entre Ríos. La inauguración oficial del monasterio se realizó el 7 de abril de 1956, aunque los primeros religiosos habían llegado un año antes, en febrero de 1955, después de un largo viaje en camión desde el litoral argentino. Las tierras donde se levantaría la abadía fueron donadas por familias tradicionales de Tucumán, gesto que permitió el nacimiento de esta comunidad monástica en el Siambón. Los benedictinos siguen la regla de San Benito de Nursia, nacido hacia el año 480 en Italia y fallecido en el 547 en Montecassino. Su consigna espiritual “ora et labora”, reza y trabaja, marcó durante siglos la vida de innumerables monasterios en Europa y luego en América. El primer grupo estuvo encabezado por el prior padre Juan Vicente, quien decidió que el monasterio debía construirse con materiales de la región. Así, con piedras extraídas de los ríos cercanos y con maderas de los bosques de la zona, comenzó a levantarse el edificio, en gran parte gracias al trabajo manual de los propios monjes. En aquellos años el aislamiento era grande y la vida austera, pero el proyecto avanzó con paciencia benedictina. El altar del templo tiene una historia singular: es una gran roca traída desde el río Grande, a unos ocho kilómetros del monasterio, trasladada hasta allí por una empresa privada. En 1964 el artista porteño Ballester Peña pintó los murales que aún hoy acompañan el clima espiritual del lugar, inspirados en la vida monástica, la reflexión y el retiro. Al atravesar sus puertas, el visitante tiene la sensación de ingresar a un claustro que evoca a la Europa medieval. Con el tiempo, los monjes desarrollaron también tareas productivas, como la elaboración de dulces y otros alimentos, siguiendo la tradición benedictina del trabajo manual. Mi vínculo con el monasterio tiene también una dimensión personal. Estuve allí con mis padres en la década de 1960, cuando el lugar todavía era relativamente nuevo. Muchos años después regresé y me sorprendió comprobar que la emoción era exactamente la misma. En esa visita recorrí también el pequeño cementerio del monasterio. Allí tuve una sorpresa que me conmovió profundamente: encontré la tumba de quien había sido mi profesor de Clínica Médica en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán, el doctor Carlos Raúl Landa. Su sepultura es sencilla y humilde, como si hubiese querido descansar en silencio junto a los monjes. Recordé entonces sus palabras el día en que me recibí de médico: “Doctor, usted ya es médico. Lo felicito”. Años más tarde, cuando trabajaba en Buenos Aires en la Academia Nacional de Medicina, el reconocido clínico José Emilio Burucúa me dijo una frase que nunca olvidé: “Ustedes, los tucumanos, tienen a un gran sabio: Carlos Landa”. Incluso me contó que Landa había obtenido la medalla de oro cuando ambos eran estudiantes en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y me pidió: “Si lo ve cuando viaje a Tucumán, dele mis saludos”. El destino quiso que ese saludo quedara en el recuerdo. Hoy los restos del doctor Landa descansan en el pequeño cementerio del monasterio del Siambón. Tal vez por eso, cuando uno se detiene en ese valle de las alturas, entre campanas y silencio, comprende que el monasterio no guarda solamente la historia de los monjes que lo construyeron: también custodia, discretamente, la memoria de quienes dejaron allí una parte de su vida.
Juan L. Marcotullio







