A más de 20 años, el caso “Pantriste”: quién era Javier Romero y qué fue de su vida
A más de dos décadas del ataque en Rafael Calzada, el caso de “Pantriste” vuelve a escena cada vez que la violencia escolar conmociona al país. Quién fue Javier Romero, qué resolvió la Justicia y qué se sabe —o no— sobre su vida después del crimen.
A más de 20 años, el caso “Pantriste”: quién era Javier Romero y qué fue de su vida

La reciente conmoción por un nuevo episodio de violencia escolar en San Cristóbal reactivó recuerdos que parecían lejanos, pero que siguen latentes en la memoria colectiva. Entre ellos, uno de los casos más impactantes de la historia argentina: el de Javier Romero, conocido como “Pantriste”, el joven que a comienzos del 2000 protagonizó un ataque armado en una escuela de Rafael Calzada. Más de dos décadas después, la pregunta persiste: qué fue de su vida tras aquel hecho que marcó a toda una generación.
Un episodio que anticipó una problemática
El 4 de agosto de 2000, la rutina escolar en una institución de Rafael Calzada se quebró de forma abrupta. Javier Romero tenía 19 años y cursaba el Polimodal. Su figura no pasaba desapercibida: delgado, callado, con dificultades para integrarse, había sido apodado “Pantriste” por sus compañeros, en alusión a su carácter retraído.
Con el tiempo, ese apodo se transformó en una marca de identidad. Testimonios posteriores coincidieron en que el joven atravesaba situaciones de aislamiento y hostigamiento dentro del ámbito escolar. Sin embargo, en aquel momento, esas señales no generaron intervenciones profundas.
La jornada que terminó en tragedia
Ese día, Romero llevó a la escuela un revólver calibre .22 que había tomado de su casa. Durante horas permaneció en el establecimiento sin que nadie advirtiera la presencia del arma.
El ataque ocurrió al finalizar la jornada, en la vía pública, cuando los alumnos comenzaban a retirarse. Según reconstrucciones judiciales, el joven se detuvo, miró a sus compañeros y pronunció una frase que quedó grabada en el expediente: “Me voy a hacer respetar”.
Luego disparó.
El primer tiro impactó en la cabeza de Mauricio Salvador, de 16 años, quien fallecería días después. Un segundo disparo dejó gravemente herido a otro estudiante, que logró sobrevivir. La escena derivó en corridas, gritos y desesperación, mientras alumnos y vecinos intentaban ponerse a resguardo.
Tras el ataque, Romero huyó, descartó el arma en un arroyo cercano y se refugió en la casa de un familiar. Horas más tarde fue detenido por la policía.
Un proceso judicial atravesado por la salud mental
El caso avanzó rápidamente hacia los tribunales del partido de Lomas de Zamora, donde se desarrolló un juicio que puso el foco en un aspecto clave: el estado mental del acusado.
Los peritajes psicológicos describieron a un joven con aislamiento extremo, angustia acumulada y posibles trastornos no tratados. La discusión central no fue si había cometido el hecho —algo nunca puesto en duda— sino si comprendía la gravedad de sus actos al momento de disparar.
En abril de 2003, el fallo del Tribunal Oral N° 6 marcó un punto de quiebre. Romero fue declarado inimputable. Los jueces concluyeron que había atravesado un brote psicótico, lo que le impedía comprender la criminalidad de su conducta.
La decisión generó un fuerte impacto social. Mientras algunos sectores la consideraron ajustada al marco legal, otros la vivieron como una respuesta insuficiente frente a la gravedad del hecho.
Internación, silencio y desaparición del espacio público
Tras la sentencia, Romero fue derivado a una institución psiquiátrica bajo régimen de seguridad. Allí permaneció durante años, sometido a tratamientos y evaluaciones periódicas.
A diferencia de otros casos que permanecen en la agenda mediática, su historia fue desapareciendo progresivamente del debate público. No hubo reconstrucciones constantes ni apariciones posteriores. El sistema judicial y sanitario optó por preservar su identidad y su proceso clínico.
Con el tiempo, su figura se diluyó.
Qué se sabe hoy sobre “Pantriste”
El destino de Javier Romero está rodeado de un marcado hermetismo. Fuentes judiciales y reconstrucciones periodísticas coinciden en algunos puntos generales:
Permaneció internado durante un período prolongado bajo supervisión médica. Su eventual externación estuvo condicionada a informes psiquiátricos y no volvió a tener exposición pública relevante.
Sin embargo, no existen datos oficiales sobre su vida actual, lugar de residencia o situación personal. Este silencio responde, en parte, a la legislación vigente en materia de salud mental, que prioriza la confidencialidad de los pacientes.








