
Quedan 100 días para el inicio del Mundial 2026. Una cifra redonda que, en tiempos normales, funcionaría como cuenta regresiva festiva. Pero el calendario no avanza en el vacío: la escalada bélica tras los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán alteró la hoja de ruta de la FIFA y sembró dudas deportivas, políticas y logísticas a menos de cuatro meses del puntapié inicial en Norteamérica.
La Copa más grande de la historia —48 selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones— se enfrenta a un escenario impensado. Y la selección argentina, vigente campeona, no queda al margen.
Irán y el dilema diplomático
La posible ausencia de Irán dejó de ser una hipótesis remota. Su presidente federativo, Mehdi Taj, deslizó que el contexto dificulta pensar con normalidad en la participación mundialista. El problema no es menor: el equipo asiático tiene previsto disputar sus tres encuentros de fase de grupos en Estados Unidos, país directamente involucrado en el conflicto.
El reglamento contempla sanciones económicas severas y la devolución de fondos si una federación clasificada decide no presentarse. También habilita a la FIFA a designar un reemplazante “a su entera discreción”. Irak aparece como el mejor posicionado dentro del esquema de repesca asiática, aunque el antecedente histórico demuestra que las vacantes mundialistas suelen resolverse con criterios más políticos que deportivos.
Incluso si Irán compite, el panorama es delicado: sus hinchas no tendrían autorización para ingresar a territorio estadounidense y el cruce con Egipto ya había generado controversia por su inclusión en el marco del fin de semana del orgullo, un gesto simbólico que incomodó a ambas federaciones.
El fútbol, otra vez, en el centro de una tensión geopolítica.
La Finalissima en suspenso
La guerra también impacta en la esperada Finalissima entre Argentina y España. El estadio Lusail, en Doha, había sido elegido como sede neutral y las casi 89.000 entradas se agotaron en apenas dos horas. Sin embargo, la suspensión de actividades deportivas en Qatar encendió las alarmas.
Aunque las autoridades qataríes aclararon que el partido no está cancelado, el contexto obliga a replantear escenarios. Desde España ya sugieren buscar otra sede si el conflicto se prolonga. Miami apareció como alternativa, pero cuestiones logísticas lo complican. Londres, Roma o París suenan con más fuerza.
El duelo entre Lionel Messi y Lamine Yamal, símbolo del cruce generacional, hoy depende más de la diplomacia que del calendario FIFA.
Entradas, precios y barreras invisibles
Mientras tanto, la organización avanza con la venta de entradas. Más de dos millones ya fueron adjudicadas y la demanda superó los 500 millones de solicitudes en la segunda fase. Pero el acceso real al Mundial parece cada vez más restringido.
El precio mínimo prometido de 21 dólares quedó lejos: el más bajo ronda los 60, y para partidos de selecciones de peso —como Argentina— los valores superan ampliamente los 200 dólares. La final, en su categoría más económica, parte desde los 2.000.
A eso se suman vuelos, alojamiento, transporte y visados. Un estacionamiento puede costar hasta 300 dólares en Los Ángeles. Incluso algunas fan zones, tradicional refugio popular, tendrán ingreso pago.
A 100 días del Mundial, la pregunta no es solo quién levantará la Copa. También es quién podrá estar allí para verlo. Porque el mayor espectáculo del planeta enfrenta un desafío que trasciende la pelota: sostener su universalidad en un mundo cada vez más fragmentado.







