Cuando el árbitro marcó el final y el ascenso de Tucumán Central dejó de ser un anhelo para convertirse en realidad, Soledad González no buscó el centro de la escena. Como durante tantos años, primero miró alrededor. Necesitaba confirmar que todo estuviera en orden, que la emoción no desbordara lo que siempre fue su prioridad: cuidar al club. Recién entonces se permitió sentir. Y lo que sintió fue único.
“Gracias a Dios, esto es maravilloso. Es un momento único. Tenía mucha fe, nunca la perdí. Hay un trabajo tremendo atrás y un sacrificio enorme de todos los que estamos en el club”, dijo con la voz todavía atravesada por la adrenalina de la final que depositó a Tucumán Central en el Federal A.
A sus 41 años —los cumplió el 4 de febrero—, Soledad pasó más de la mitad de su vida en la institución de Villa Alem. Para ella, Tucumán Central no es sólo un club: es su segunda casa. Hace 25 años que conoce cada rincón, cada necesidad y cada sueño. Está en los detalles cotidianos, en la organización silenciosa y también en los días de partido, cuando llega temprano para recibir al rival, recorre el alambrado, supervisa sectores y casi no mira el juego. Su partido termina cuando todo concluye en paz. Después, se queda horas más ordenando.
Su historia con el club empezó en 2001, cuando llegó para hacerse cargo de la escuela de patín artístico. Allí formó campeonas provinciales, nacionales e internacionales y consolidó una disciplina fuerte dentro de la institución. Ese mismo año conoció a Sebastián Duarte, futbolista que estaba de vacaciones tras jugar en Bolivia. Fue, según cuenta, amor a primera vista. Él le pidió que viajara con él; ella eligió quedarse por su escuela de patín. Al día siguiente, Duarte decidió no irse. Desde entonces construyeron una familia —con sus hijos Jonás y Thiago— atravesada por el mismo sentimiento: Tucumán Central.
El vínculo con el fútbol llegó después, cuando decidieron que sus hijos se formaran en el club. La pandemia profundizó ese sentido de pertenencia y, al salir de ese tiempo incierto, Soledad, su hermana y un grupo cercano asumieron el desafío de reconstruir una institución golpeada. Empezaron desde cero, ordenando, sosteniendo y soñando paso a paso.
En 2023 alcanzaron el primer gran objetivo: el ascenso a Primera de la liga local, con Duarte como entrenador. Más tarde, ya sin él en el banco por razones laborales, el proyecto continuó. En 2024 Soledad asumió como presidenta en un contexto complejo, con el club acéfalo y sin balances presentados durante años. Hubo que normalizar la situación institucional, trabajar con la Liga Tucumana y Personería Jurídica y reconstruir la estructura dirigencial. Paralelamente, inició una diplomatura en gestión deportiva que finalizó en agosto de 2025.
Nada fue sencillo. “De afuera se ve todo fácil, pero sólo los que estamos sabemos lo que dejamos de lado para poder estar en el club”, suele decir. En su caso, incluso, implicó soltar el patín, el deporte que marcó gran parte de su vida. El sostén familiar fue clave: su mamá, Dolores, se hizo cargo de sus hijos para que ella pudiera dedicarse de lleno a la institución.
Los frutos empezaron a aparecer. En 2025 Tucumán Central ganó el Anual y sumó su primera estrella reciente. El plantel, la cancha y la estructura se construyeron con sacrificio, muchas veces postergando obras necesarias como baños, vestuarios o pintura. Pero el objetivo deportivo seguía firme.
Hoy el club tiene cerca de 800 chicos en formativas y múltiples disciplinas: patín, boxeo, gimnasia artística, newcom, futsal y vóley. El sueño es seguir creciendo. El presente, sin embargo, ya es histórico.
Porque el ascenso al Federal A no sólo rompe un techo deportivo: también marca un hito simbólico. Soledad se convirtió en la primera mujer en conducir a un club tucumano a esa categoría. Y lo hizo desde la gestión cotidiana, la paciencia y la convicción.
“El Rojo de Villa Alem merece estar en el Federal A por su gente y por todos los que ponen de su parte para que esto funcione. El apoyo de los padres y de las familias es fundamental”, remarcó.
La noche del ascenso casi no durmió. Demasiadas emociones juntas, demasiado camino recorrido. “No sé si voy a dormir, con todo el sufrimiento que tuve. Estaban mis hijos, mi mamá, toda la familia haciendo el aguante… estoy muy feliz”, confesó.
El desafío que viene será aún mayor: representar a toda una provincia en una categoría nacional. Pero si algo demuestra su historia es que los imposibles, en Tucumán Central, se trabajan.
Paso a paso.
Como lo hizo ella durante 25 años.








