Fe, ruta y resistencia: la historia detrás de la noche épica de Tucumán Central

Un gol en contra a los 88, una tanda interminable y un arquero decisivo marcaron una jornada que empezó con calma y terminó en celebración eterna.

Festejos después de la tanda de penales. Festejos después de la tanda de penales. LA GACETA / OSVALDO RIPOLL
Benjamín Papaterra
Por Benjamín Papaterra 15 Febrero 2026

La final no empezó a las 18. No empezó con el pitazo. Para Tucumán Central, el día de la final por el ascenso al Federal A ante General Paz Juniors comenzó mucho antes, en una mesa larga del hotel Ancasti, con tazas de café, tostadas, risas y una tranquilidad que sorprendía incluso a los propios protagonistas.

El plantel desayunó como si fuera un partido más. Música baja desde un parlante apoyado sobre una silla, anécdotas de otros torneos, recuerdos de viajes interminables por el Regional. El nerviosismo estaba, claro, pero parecía contenido por una especie de pacto interno: no dejar que la ansiedad rompiera la armonía. Algunos incluso salieron a caminar por la capital catamarqueña. Se sentaron en la plaza, miraron el movimiento de la mañana y esperaron noticias de los colectivos que traían a sus familias. El estadio de la Liga Catamarqueña quedaba a apenas unas cuadras. No había necesidad de apurarse.

En esa escena distendida hubo una postal que terminó siendo símbolo. Walter Arrieta salió del hotel con una botellita de agua bendita con la imagen de la Virgen del Valle. La llevaba con naturalidad, como quien guarda una cábala silenciosa. El día anterior había contado su historia.

“Desde un momento malo que tuvimos en el torneo, cuando perdimos dos partidos seguidos y empatamos otro, un amigo me invitó a su casa y me regaló una virgen de su madre, que había fallecido. ‘Llevala, sacala en los partidos y ella te ayudará’, me dijo. Así lo hice en todos los partidos y hoy también me ayudó. Y empezamos a levantar. Casualidad o como le llamen. Ahora nos tocó jugar en su casa. No sé si fue casualidad. Ahora tengo que cumplir la promesa y venir a peregrinar. Tendré que dejar esta virgen, que se nos rompió, y conseguir otra”, dijo después del partido.

La fe, el fútbol y Catamarca se cruzaban en un mismo punto. Después del almuerzo, el lobby del hotel se transformó en una antesala emocional. Algunos hinchas se acercaban a saludar, a sacarse fotos, a desear suerte. Los jugadores respondían con serenidad. A las 16.30 tomaron sus pertenencias y caminaron hacia el estadio escuchando música. Se los veía activos, sueltos. No había rostros tensos, sino concentración contenida.

Los hinchas 

Mientras tanto, la otra historia se escribía en la ruta. A las 9.30, dos colectivos y una traffic partieron desde avenida Juan B. Justo al 1500 rumbo a Catamarca. Se estimaba que unos 700 hinchas del “Rojo” llegarían a la capital catamarqueña.

La odisea empezó pronto. En La Merced, un control policial detuvo la caravana. Requisaron por completo los vehículos. La demora fue de horas. Luego, ya cerca de la capital, los obligaron a esperar hasta el horario dispuesto para el escoltado final. Se quedaron al costado del camino, bajo el sol, compartiendo mates, ansiedad y entrevistas improvisadas.

Allí estaba Rubén Medina, padre del delantero Bruno Medina. No necesitaba levantar la voz para transmitir lo que sentía.

“Antes de volver a Tucumán Central, Concepción del Sur le hizo una propuesta muy linda; inclusive le daban un departamento”, recordó sobre la oferta que Bruno recibió del “Cuervo” tras su paso por Sarmiento de La Banda. Pero la respuesta fue otra. “Él me dijo: ‘Yo quiero jugar en Tucumán Central porque ahí soy feliz’”, reveló.

Para Rubén, la decisión fue emocional. “No pasa por la ventaja económica. Pasa por el sentimiento, por el barrio, por la gente”, afirmó. Y luego habló del profesionalismo de su hijo: “Bruno no fuma, no toma. Es profesor y licenciado en Educación Física. A la mañana, gimnasio; a la tarde, entrenamiento. Jueves y viernes a las diez de la noche está durmiendo. Dieta balanceada todos los días. Es 100% profesional”, describió.

La voz se le quebró al final: “Yo lo acompaño desde los siete años… ahora tiene 26 y está por jugar una final para ascender al Federal A. Lo máximo para un jugador amateur. Lloro. Quiero llorar ahora”, dijo.

A unos metros, Juan Simón Barrera caminaba junto a su nieta Delfina. Padre de Franco Barrera, capitán del equipo, esperaba el partido con una mezcla de calma y deseo.

“Estoy bien, esperando que llegue el momento y puedan ascender. Eso es lo que más quiere uno”, expresó. Franco tiene 36 años. “Ojalá se le dé hoy. Puede ser el último ascenso”, deseaba. Ya había festejado con San Jorge y Juventud de Tafí Viejo. Pasó por San Martín, San José, Mitre y Sportivo Guzmán. Se reinventó de lateral a marcador central. “Como persona es muy buen compañero. Siempre apoya a los más chicos”, destacó su padre.

Franco Barrera y su familia. Franco Barrera y su familia. LA GACETA / OSVALDO RIPOLL

El ingreso a Catamarca no fue sencillo. Otro control demoró la caravana y los hinchas llegaron al estadio apenas 40 minutos antes del inicio. General Paz Juniors ya estaba allí con seis colectivos y cerca de 1.000 simpatizantes. El ingreso fue una carrera contra el tiempo.

Cuando la pelota empezó a rodar, comenzó otro duelo: el de las tribunas. Cánticos cruzados, banderas agitadas, bombos marcando el pulso. La emoción fue un vaivén constante. La frustración explotó con el gol de Juan Bonet. El silencio tucumano fue tan fuerte como el grito cordobés.

Pero el fútbol guardaba más. En el minuto 88, el gol en contra de Matías Francucci desató el estallido. El 1-1 fue un desahogo colectivo. Los penales fueron territorio de nervios desnudos. Allí emergió Daniel Moyano. Atajó, sostuvo, respondió. El duelo de arqueros se convirtió en el centro de la escena. Cada disparo era un suspiro suspendido.

Hasta que Facundo Quiroga la tiró por encima del travesaño. No hizo falta otra atajada. El campo se llenó de camisetas rojas corriendo hacia Moyano. En la tribuna, el llanto reemplazó la tensión.

Primero desalojaron a los hinchas de General Paz Juniors. Tucumán Central se quedó celebrando en el césped. Cantos, abrazos, fotos eternas. Afuera, los colectivos esperaban cerca de la ruta para escoltar al plantel de regreso a Villa Alem.

La noche ya no era tragedia. Era promesa cumplida. Arrieta deberá peregrinar. Rubén podrá llorar tranquilo. Juan Simón tendrá una historia más para contarle a Delfina.

Y Tucumán Central, después de una jornada que combinó fe, controles policiales, emociones extremas y resistencia pura, jugará el Federal A. El barrio tendrá, desde ahora, un recuerdo que no necesitará repetirse para sentirse eterno.

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